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Opinión

Cuadros de espiritualidad, abril 2015, por la laica Araceli de Anca

Cuadros de espiritualidad, abril 2015, por la laica Araceli de Anca

 

Bendito el silencio exterior porque, facilitando el necesario silencio interior del corazón, nos permite escuchar a Dios.

 

Silencio de las cosas…, silencio interior…

Sin el silencio no hubiera podido Elías escuchar al Señor en “el silbo de un vientecillo tenue” (I Reyes 19, 12), ni Samuel escuchar la voz de Dios en el silencio de la noche (cfr. I Samuel 3, 11), ni san José, los distintos mensajes del Cielo.

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                                    “Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con Él (con Dios) -ha escrito san Juan de la Cruz-, pues le tienes tan cerca. Deséale ahí; adórale ahí; no vayas a buscarle fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás ni le podrás gozar con más certeza, ni más presto, ni más cerca que dentro de ti”

(CANTICO ESPIRITUAL 1, 8).

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Es el silencio aliado nuestro si queremos escuchar a Dios en lo profundo de nuestro corazón y hablar confidencialmente con Él.

Y si el alma se presta, como dice el profeta Oseas, el Señor la atraerá y la conducirá al desierto y allá, en ese silencio, le hablará al corazón (cfr. Oseas 2, 14).

 

 

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Ser cireneos, no víctimas.

 

En el camino del Calvario vemos mucha gente que llora, que acompaña al Señor, que se compadece de Él.

Y vemos a Simón de Cirene, el cireneo, que junto a Jesús va soportando el peso de la Cruz.

Mas, sabemos que el cireneo no es la víctima que el Padre Celestial aceptará para la Redención, sino que la Víctima del Calvario que nos merecerá la Salvación es una sola: Jesucristo.

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Después, cada uno de nosotros, si en el camino de la vida acompañamos a Jesús uniendo nuestros sufrimientos a los suyos, aceptando contrariedades, ¡soportando la Cruz con Jesús!, nos alegraremos de saber que por medio de todo ese dolor ¡podemos ayudar al mismo Cristo Señor nuestro!: Única Víctima propiciatoria, agradable al Padre y capaz de hacer agradables la ayuda que nosotros le prestamos.

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Que sea nuestro gozo como el de san Pablo: sufrir por la Iglesia siendo nuestro anhelo ofrecer cuanto podamos por este Cuerpo Místico de Cristo.

                                    “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros -dice el Apóstol-, y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1, 24).

 

 

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Al corazón solamente se le puede liberar de su soledad llenándolo de Dios.

 

Se lamentaba uno que sentía presionada su vida por su clan familiar:

-¡Dichoso aquél que vive su vida con independencia, porque nadie le presiona ni fiscaliza sus idas y venidas!, ¡dichoso el que no padece soledad estando en compañía!

-¿Dichoso?… Él no sabe lo que es soledad -pensó otro que carecía de calor humano-. ¡Bendita la compañía aunque a veces haya de pagarse un precio por ella!

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Acompañar la soledad -la mayor de las pobrezas- y no sólo la de los solos, sino la de quienes nos rodean: esa es una gran obra de amor fraterno.

La soledad del corazón humano, que es una realidad y un misterio, se mitiga tanto más cuanto más cerca nos encontremos de Dios.

Así, habrá quien por tener a Dios en su corazón, no sienta soledad viviendo solo; y habrá quien porque se alejó de Dios, aun rodeado de cariño, sienta en su corazón un vacío.

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Jesucristo nos abre su Corazón cuando al acercarse la hora de su Pasión, sabiendo que sus discípulos le iban a abandonar, les confía: “…me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo” (Juan 16, 32).

 

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Del espíritu cristiano se desprende el Amor-Caridad que         identificará al Pueblo de Dios.

 

Canta la copla: “Moneda que está en la mano,/ quizá se pueda guardar./ La monedita del alma/ se pierde si no se da.”

Se pierde el amor si no lo damos de corazón, y es una pena, pues experimentamos que el hombre puede vivir en la pobreza pero no sin amor: sin amor se hunde en una miseria moral más terrible que la material.

Y pues amor reclama nuestra naturaleza sociable, sin ser amado y sin poder amar nos ahogaríamos de soledad al no poder aspirar ni espirar amor.

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Y cuando se da de verdad el corazón, se nota; y lo nota quien lo recibe. Calidad tiene el amor cuando es sacrificado, y es lo que cuenta, contando también para Dios. Mas como ante Él nos sabemos pequeños, y sólo cosas pequeñas le podemos ofrecer, pondremos mucho amor en todo cuanto hagamos.

Y un amor grande, y amor fraternal, es el que se exige a los fieles de la Iglesia, del que se alimenta el espíritu cristiano, el mismo que a finales del siglo II -como escribe Tertuliano- hacía decir a los paganos al ver la vida de los primeros cristianos: “Mirad cómo se aman”.

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Cuando se respira amor fraterno, allí aletea la Vida divina del Espíritu de Cristo. Así, en la primera Epístola de san Juan, leemos: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un homicida; y sabéis que ningún homicida tiene en sí la vida eterna” (I Juan 3, 14-15).

 

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Lo que se le da a Dios nadie lo podrá quitar, y por nada se podrá perder al quedar depositado en una peculiar como “caja fuerte” del Cielo.

 

Veamos en qué acaba el trabajo del cristiano y los amores y afanes de su vida.

El cristiano, que, como dice san Josemaría Escrivá, necesariamente ha de estar, “en el cielo y en la tierra, siempre. No entre el cielo y la tierra, porque (es) del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez!” (Pilar Urbano. EL HOMBRE DE VILLA TEVERE, cap 16)…, en su interior, se escapará con frecuencia a ofrecer el trabajo con todo amor al Señor de los Cielos…, habrá tocado el Cielo.

Y cuando sus manos hayan terminado el trabajo contratado y reciba en pago la moneda acordada… estará pisando la tierra.

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Así, el ofrecimiento de su trabajo…, el amor de Dios con que lo hayan realizado…, el afán de servicio hecho en amistad con Dios, lo habrá llevado al Cielo, guardándolo los santos Ángeles después de haberlo contabilizado en el Libro de su vida.

De modo que aunque un ladrón pudiera robarle las monedas ganadas con su esfuerzo, se llevaría como botín una cosa, ¡mas sólo una cosa tangible!, si bien necesaria para este mundo.

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Además, el cristiano podrá llevar a la “caja fuerte” del Cielo, por su alma sacerdotal, no sólo lo que él hace, sino también lo que hacen los demás.

Así, san Gregorio Magno dirá: “Nuestro corazón es un altar de Dios” (Moralia in Iob, 25, 7, 15). ¿Y por qué un altar?…, la razón la da san Pedro: “…-como piedras vivas- sois edificados como edificio espiritual en orden a un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo” (I Pedro 2, 5).

 

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Lo dañino que puede resultar para la vida interior el despreciar la lucha en lo pequeño.

 

No, no puede dar igual tener un virus más o un virus menos, porque aunque no los podamos ver, es seguro que dañar, dañan, y que socavan, poco a poco, los tejidos sanos. Por eso, es más terrible un virus destructor, imperceptible a la vista, que una fiera, porque viéndola venir nos podemos defender de ella.

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Por lo mismo, el cristiano ha de temer más los descuidos pequeños en su vida interior -actitud del “qué más da”- que al mismo pecado, porque de éste se está alerta. Además de que no luchar en lo pequeño, en aquello que apenas se le da importancia, puede significar un desprecio al Amor de Dios, y esto es ya tan grave que poco a poco, socavaría la vida santa del cristiano.

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A conseguir este fin se dirige la súplica de la Esposa, en el Libro Sagrado del Cantar de los Cantares: “Vosotros, oh amigos, cazadnos esas raposillas, que están asolando las viñas; porque nuestra viña está ya en flor” (2, 15).

 

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“Dios que te creó sin ti -dice san Agustín- no te salvará ti”

(Sermón 169, 13).

 

¿Responsable el robot de unos datos que provocaron graves trastornos…

…o el perro del pastor porque no pudo contra una manada de lobos…

…o quizá el huracán, el fuego o el agua, de no se sabe cuantos desastres?

¿Responsables?…, ¿de qué?, si carecen de libertad.

Responsables ante Dios, los hombres y las mujeres, únicos seres de la tierra, que por estar dotados de libertad y poder actuar con responsabilidad ante el bien y la verdad, pueden merecer castigo o acceder al eterno Gozo de la Gloria.

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Porque en este mundo la infinita Misericordia de Dios impera sobre su infinita Justicia, el hombre, decimos, es dichoso en su peregrinar terreno.

                                    “…toda la tierra está llena de la misericordia de Dios”, dirá el salmista (Salmo 32, 5).

Y es Misericordia que Dios concede al pecador por su arrepentimiento, ya sea por la contrición -dolor por amor de haber ofendido a Dios-, ya sea por la atrición -contrición “imperfecta” por temor de condenación eterna-. Contrición y atrición que disponen a obtener el perdón en el Sacramento de la Penitencia

(cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1453).

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Por el profeta Ezequiel, Dios nos manifiesta su Voluntad de salvación, invitándonos al arrepentimiento, pues dice el Señor: “…no quiero yo la muerte del que muere; arrepentíos, pues, y viviréis”

(18, 32).

 

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Porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene, el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables (cfr. Romanos 8, 26).

 

                       Los gemidos de la Naturaleza.

Por los pecados contra la Ley Natural que hacen gemir a la naturaleza humana y a toda criatura, Dios Padre busca como purificación, mártires de la Creación: sus gemidos de petición, escuchados en toda la tierra, son promesas de Salvación.

Estos mártires, víctimas del egoísmo ajeno, de la ambición… de los siete pecados capitales…, ¡que tengan Esperanza en la verdadera Vida!, pues dice san Pablo: “…sabemos que la creación entera gime y sufre toda ella con dolores de parto hasta el momento presente. Y no sólo ella, sino que nosotros, que poseemos ya las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8, 22-23).

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                        Los gemidos del Pueblo de Dios.

Por los pecados contra la Fe, que hacen gemir a Jesucristo, Él, Dios Redentor, busca mártires de la Fe con derramamiento o no de sangre para corredimir con Él. Gemidos de sufrimiento que se unirán al lamento que Cristo lanzó momentos antes de su Pasión y Muerte: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Marcos 14, 34).

¡Que se alegren estos mártires porque sus sufrimientos serán semilla de cristianos!

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                        Los gemidos del Espíritu Santo.

Por los pecados contra el Reino de Dios que hacen entristecer al Espíritu Santificador (cfr. Efesios 4, 30), este Espíritu divino busca mártires de su Espíritu. Los gemidos de estos mártires serán solamente escuchados por Dios, sin posibilidad de hacer participar a nadie en un dolor difícilmente comunicable.

Estos mártires son los que atraviesan las “noches oscuras del alma”, en las que, desconcertados, se preguntan con Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27, 46).

Que ellos aceleren la Venida gloriosa de Quien es, como dice el Apocalipsis, “Rey de reyes y Señor de Señores” (19, 16), entregándose totalmente al Amor; nosotros, con ellos, diremos con la petición que nos muestra el Apocalipsis: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 22, 20).

 

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Encarnar la vida sobrenatural en la vida humana.

 

Curiosa realidad la que experimenta nuestro cuerpo: pierde la sensación de frío en pleno verano y la de calor en el crudo invierno. Semejante sensación es la que experimenta el astronauta fuera de la gravitación de la tierra: pierde la medida del peso de su cuerpo y de cada cosa.

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Y en otro orden, en el espiritual, el cristiano perdería el sentido trascendente de su paso por la tierra, cuando inmerso en las tareas de su trabajo y de su vida social y familiar, viviera al margen de la vida sobrenatural. Además, dejaría sin valor y profundidad su vida cristiana si se abandonara a las influencias mundanas, a los dichos y hechos mundanos, haciéndose un producto más del mundo.

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El Santo Padre ha dicho de una manera inequívoca: “La característica fundamental del proceso de evolución del laicado es la toma de conciencia de la dignidad de la vocación cristiana. La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe” (Ecclesiam suam. Parte I).

 

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No defraudar a Dios.

 

Frágil la vida de la flor balanceada por el viento en su débil tallo.

Frágil la inspiración del poeta trastornada por el ruido de las cosas.

Frágil la vida del hombre sobre la tierra.

Frágil el amor.

Frágil la esperanza en lo humano.

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Y frágiles son los pasos que da el cristiano en su camino hacia la santidad si sólo confía en su voluntad de hierro…, frágil la continua conversión que le lleva a aspirar cada vez más a una mayor pureza de la mente y del corazón…, frágil la lucha por conseguir la humildad en el desapego de los bienes de la tierra.

Mas, nuestra vida no se quebrará si la fortalecemos en la Esperanza de la Gracia de Dios, si somos fuertes en la Fe y si perseveramos en el Amor para no defraudar a Dios, para ser lo que Él espera de nosotros.

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¡Dejando hacer a Dios! -haciendo nosotros con Dios- veremos cómo se compagina fragilidad y fortaleza, humildad y confianza en Dios, tal como descubrimos en las palabras de san Pablo: “…llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se reconozca que la sobreabundancia del poder es de Dios y no proviene de nosotros”

(II Corintios 4, 7).

 

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“Si alguno no peca de palabra -dice el apóstol Santiago-, ése es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo su cuerpo”

(Santiago 3, 2).

 

Paseo por el campo. Comienza a llover, y medito:

Si maldita es la sequía que deja la tierra improductiva…

bendita es la lluvia oportuna que la colma de fruto…

y si inútil y dañina es el agua que cae a destiempo…

terrible la que encharca terrenos, desborda ríos y destroza cosechas, prometedoras de fruto abundante.

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De modo semejante, si bendita hubiera sido la palabra que de haber sido pronunciada habría comunicado la buena doctrina, consolado o hecho feliz el entorno familiar, pero habiendo sido callada quedó maldita…

…bendita será la palabra oportuna, la que aconseja, la que acompaña, la que aporta calor a la convivencia…

…e inútil, la palabra lanzada sin ser pensada, la que da opiniones que no le piden y la que vomita una berborrea que espanta.

Pues aún peor, por dañosa será tenida la palabra negativa, la altanera, la irónica y la del guasón, que confunde el buen humor con la broma hiriente.

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El Antiguo Testamento dirá:

                                    “De temer en la ciudad es el hombre locuaz, y el insolente por su boca es aborrecido” (Eclesiástico 9, 25).

                                    “Flauta y salterio hacen el canto placentero, pero más que ambas cosas una lengua agradable” (Eclesiástico 40, 41).

 

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Y pues porque Cristo es mi “camino” (Juan 14, 6), iré “por Él, con Él y en Él” a la Casa del Padre.

 

Recordemos la prodigiosa imaginación de Julio Verne. Ideó viajes por mundos desconocidos y jamás explorados. Después, astronautas de nuestro tiempo harían realidad muchos de sus sueños y siguiendo las leyes que marca la Física y obedeciendo a cerebros diseñados por la electrónica, realizaron espléndidas aventuras en el espacio…

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Sin embargo, ni punto de comparación tienen las maravillas ideadas por el Amor de Dios. Desde toda la Eternidad proyectó que el paso del hombre por la tierra fuera por caminos divinos, según su Plan de Salvación.

De modo que el hombre, andando esos caminos dentro de la Ley Natural promulgada por el Único Cerebro Creador, Sabiduría divina, y según lo que la Providencia de Dios ideara para cada uno, llegará a la Casa del Padre, por Cristo y con la fuerza del Espíritu Santo.

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                                    “Si buscas por donde ir -dice santo Tomás-, sigue a Cristo, porque es el camino (…). Y es mejor caer en el camino que correr fuera de él. Porque quien cae en el camino, por poco que avance, algo se acerca al término; quien en cambio anda fuera de él, cuanto más corra más se aleja del término” (Coment. Evang. S. Juan, 14).

Y que sólo hay un camino para ir a la Gloria del Cielo, en el que mientras caminamos por él pregustamos el futuro Gozo divino, lo repite Jesús una y otra vez: “…nadie va al Padre sino por mí”

(Juan 14, 6).

 

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Lo difícil que resulta disimular la bondad o la maldad que esconde el corazón humano.

 

Es comprobable y muy evidente:

– el que adorna su casa con flores no podrá evitar el perfume que exhalan las rosas, las azucenas y los jazmines,

– ni el perfumista disimular el de sus mil colonias,

– ni tampoco el droguero ocultar el olor de sus pinturas y jabones,

– y el que guarda un cadáver, ¿cómo podrá ocultar su fétido olor?

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Pues el que albergue en su corazón amargura, odio o rencor, y no va perdonando y olvidando, tampoco podrá evitar la crítica negativa, decir frases morbosas, tener mal humor y gesto agrio. Su sonrisa será sarcástica; y lo que es peor: ensombrecerá la alegría de su entorno.

Por el contrario, el que se esfuerza por dar entrada solamente a lo que de positivo y bueno encuentra en la vida, sabrá disculpar y amar. Su rostro, “espejo del alma”, reflejará bondad, y su conversación irá salpicada de buen humor y optimismo, que, sin duda, contagiará a cuantos le traten.

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Así dice Jesús: “El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal tesoro saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6, 45).

 

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Un gran negocio es comprar el Cielo al precio de nuestra        generosidad.

 

Centremos nuestra imaginación en una como escalera figurada; en ella podríamos encontrar:

Unos peldaños de actos engañosos formados por palabras untuosas e hipócritas o por regalos serviles –egoísmos humanos que intentan corromper conciencias y pervertir acciones nobles-. Actos que parecen de generosidad y no lo son. Quien forme esa clase de peldaño no sabe que, como dijo el Señor Jesús, “Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Actas 20, 35).

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En otro tramo encontraríamos unos peldaños de actos aceptables. Serían los que están formados por palabras de cumplido, de cortesía y de deseos de quedar bien. Actos que si después son acompañados con detalles que sobrepasan el cumplido, se transformarán en generosa entrega personal, porque se habrá tenido en cuenta lo que dice el Señor: “No te presentarás ante mi con las manos vacías”

(Éxodo 23, 15).

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Por último, nos podríamos encontrar con otros peldaños de actos encomiables. Son los que están formados por actos de generosidad y amor de Dios. Desde ellos comprobare­mos lo ridículo que es quedarse en el obligado cumplimiento de leyes y preceptos y lo maravilloso que es comprobar cómo la fuerza que nos da el Amor de Dios nos obliga a excedernos en toda tarea y trabajos.

Hoy, ahora… actuar con generosidad y entrega a Dios y a los demás atendiendo a lo que se lee en el Libro del Eclesiástico:

                                    “Da al Altísimo conforme de Él recibiste, / y da con generosidad, según lo que puedas,/ pues el Señor es buen pagador y te restituirá siete veces más” (35, 12-13).

 

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