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Crónica del curso UIMP de Santander «El cristianismo ante el siglo XXI»

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Crónica del curso UIMP de Santander «El cristianismo ante el siglo XXI»

UIMP. Santander 2013 En la  Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Escuela de Teología “Karl Rahner-Hans U Balthasar”: El cristianismo ante el siglo XXI, fue el tema marco, que se abordó.

Fue objetivo de este año, después de más de una década de cursos de esta Escuela de Teología, dirigir la atención al siglo XXI. No se pretendió hacer futurología, sino mirar al futuro desde los logros y ausencias del siglo pasado.

El curso abordó tres grandes bloques:

I) Logros, conquistas y legado irrenunciable del siglo XX en humanidad y en fe;

II) tareas pendientes, ausencias y olvidos más graves que hay que conocer y resolver;

III) nuevos imperativos ante el siglo XXI.

Olegario González de Cardedal,  inauguró el curso con la ponencia: “Mirada directa al mundo y a la Iglesia contemporánea”.

Resaltó González de Cardedal que el cristianismo es un hecho; tiene una historia. Su verdad  es fruto de un don divino en el origen y de una conquista humana en el desarrollo de los siglos. Cuando hablamos del Cristianismo es precio atender al origen (comienzo de nuestra era), a su historia (santa y pecadora) y a la realidad presente a través de las grandes iglesias (católica, ortodoxa, protestantes) y otros grupos que tienen al cristianismo como su matriz religiosa, moral y cultural. El origen inmediato del cristianismo es la persona y el mensaje de Jesucristo y el cristianismo se ha comprendido como uno e idéntico a sí mismo a lo largo de los siglos.

El cristianismo, resaltó Cardedal, es religión. La religión se articula mediante la celebración comunitaria y la oración personal. Incluye el sometimiento a la realidad suprema.

Es historia positiva. El cristianismo es fruto de una historia particular, cuyos protagonistas tienen nombres concretos: Jesús, María, Pedro, Pablo, etc.

Es escatología. Es decir, para el cristianismo la existencia no incluye solo temporalidad, sino otros universos de realidad que son transtemporales y transmundanos.

Es una forma de vida. Es una propuesta de existencia derivada de la adhesión a Cristo y de la identificación de destino con él.

El cristianismo es el resultado del “sí” de Dios al hombre y del “sí” del hombre a Dios, realizado de manera absoluta en Cristo. Dios es la primera realidad del cristianismo y su primera aportación al mundo. Dios y el hombre son los dos polos de atención del cristianismo y de su oferta al siglo XXI. El cristianismo se propone con voluntad de diálogo, de discernimiento y de colaboración con otras religiones, reclamando el carácter absoluto del cristianismo porque la encarnación es la forma suprema que Dios puede asumir ante el hombre. Terminó su ponencia  con estas preguntas: ¿le queda al cristianismo y a la Iglesia hoy la sola tarea litúrgica, catequética, misional, que muestran ofrecen como restos de una fase pretérita lo mismo que la sociedad muestra sus museos?  No. La propuesta del cristianismo sigue afectando hoy a todo el hombre y repercute sobre la vida total.

En este primer marco de logros irrenunciables, la siguiente ponencia corrió a cargo de Santiago Madrigal Terrazas, (Universidad Pontificia de Comillas). Habló sobre las “Aportaciones del Concilio Vaticano II como norma sagrada para la Iglesia”.

La consistencia del cuerpo doctrinal del Vaticano II, ha sido rebajada por quienes propenden a una interpretación del Concilio que sobrepuja el espíritu sobre la letra de los documentos. Pero por otra parte, están quienes niegan al Vaticano II su entidad doctrinal debido a su carácter decididamente pastoral, y otros grupos minoritarios, de forma más radica, lo han rechazado viendo en sus planteamientos una alteración o ruptura con la tradición marcada por Trento y el Vaticano I.  Santiago Madrigal aportó otra posibilidad de aproximación al Vaticano II, que presenta la doctrina conciliar como “ley fundamental de la Iglesia”, como una especie de “texto constitucional de la fe”. Entendiendo bien esta afirmación, podemos asumir que el Vaticano II nos ha legado una ley fundamental para la vida de la Iglesia que se adentra en el siglo XXI.

El concilio es formalmente cosa de la jerarquía de la Iglesia. El Papa y los obispos ejercen su función docente y pastoral en conformidad a la norma que les señala la conciencia de la Iglesia apostólica, referida a su vez a la Sagrada Escritura y a la tradición apostólica.

El significado histórico y teológico del Vaticano II emerge a la luz de cuestiones como ésta: ¿qué es lo que ha hecho y dicho esa gran asamblea y no tolera una marcha atrás, so pena de incurrir en una falta de fe en el Espíritu Santo?.

Hasta la fecha se habían celebrado veinte concilios ecuménicos o universales. Como antiguo profesor de historia de la Iglesia, Juan XXIII tenía buenos conocimientos sobre los concilios. En octubre de 1962, se puede vislumbrar el objetivo del gran acontecimiento del Concilio Vaticano II. Recuerda en “Gaudet Mater Ecclesia”que la celebración de los concilios ecuménicos es “una irradiación universal de la verdad”. Juan XXIII delinea como primera tarea del Concilio “que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz”, para que la doctrina “alcance a los múltiples campos de la actividad humana” es necesario “que la Iglesia no se separe del patrimonio sagrado de la verdad recibida de los Padres y al mismo tiempo, tiene que mirar al apresente, considerando las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo moderno, que han abierto nuevas rutas…”.  Se trata de la adhesión renovada a las enseñanzas de la Iglesia, transmitidas de manera preclara en los concilios de Trento y Vaticano I, de manquera que se de un paso adelante en correspondencia con los métodos de investigación que exigen los métodos actuales. Es fundamental distinguir entre la sustancia del depósito de la fe y la formulación histórica o revestimiento lingüístico. No se trata de condenar falsas doctrinas con severidad como en el pasado, sino que el concilio debe usar la medicina de la misericordia.

El 29 de setiembre de 1963, Pablo VI abrió la segunda fase del Vaticano II con algunos fragmentos de la alocución Gaudet Mater Ecclesia, acerca del propósito pastoral del Concilio.

“Nuestra labor no tiene como fin primordial la discusión sobre algunos puntos importantes de la doctrina eclesiástica, sino la reflexión y la enseñanza de la manera que requiere nuestro tiempo”. En la intencionalidad de los papas Juan XXIII y Pablo VI el Vaticano II debía ser la Iglesia, luz de los pueblos, en una doble pregunta de fondo: hacia dentro, Iglesia, ¿qué dices de ti misma?; y hacia el exterior, ¿cuál es su tarea histórica?.

A la hora de conjugar la doctrinal y lo pastoral, el aggiornamento y la tradición, la verdad y la caridad, hay que invocar un aspecto muy característico de la idea montiniana del Concilio como un acontecimiento de amor, donde la expresión caridad pastoral ofrece una clave de síntesis. Donde Juan XXIII decía medicina de la misericordia, Pablo VI dice verdad y caridad.

Pablo VI ha impreso a la marcha del concilio el marchamo eclesiológico desde su primer discurso programático. El Vaticano II hizo posible que la Iglesia profundizase en la conciencia de si misma, buscase su renovación interior, dilatando sus propios horizontes y situándose de forma nueva en el mundo moderno. Supuso una nueva primavera y un nuevo Pentecostés. El punto de partida fue el discurso de apertura de Juan XXIII, aquel pasaje donde propone distinguir entre la “verdad revelada”, inmutable, y las diversas “formulaciones” que la doctrina está llamada a recibir en el curso de los siglos. Con esta afirmación, según la cual la continuidad histórica de la Iglesia reside en la sustancia del enunciado y no en las formulaciones históricas, quedaba inaugurada una nueva época para la teología.

¿Cuál ha sido el tema fundamental del Vaticano II? se pregunta E. Schillebeeckx.  Respondía:  “el problema de la existencia religiosa en el mundo que está cambiando, y principalmente en un mundo desacralizado y que se está humanizando”.

Comunión, colegialidad, participación, corresponsabilidad, fraternidad ecuménica, diálogo interreligioso, misión evangelizadora. Estos son los aspectos esenciales que marcan las líneas de renovación para el futuro eclesial. Según la declaración sobre la libertad religiosa, la intención del Concilio Vaticano II consiste en “sacar a la luz cosas nuevas coherentes con las antiguas” (DH 1).

Santiago Guijarro Oporto de la Universidad Pontificia de Salamanca abordó en su intervención “El ministerio apostólico a la luz del Evangelio”. El ministerio apostólico a la luz del Evangelio es uno de los logros del Concilio Vaticano II.

Según el Concilio, este ministerio debe entenderse en el marco de lo que se dice en la Escritura acerca de la diakonía.  En la etapa preconciliar la visión dominante estuvo determinada, por una “concepción excesivamente jurídica del ministerio” con palabras de Löhrer. Frente a esta concepción, la propuesta del Concilio, pretende recuperar la visión del ministerio que se fue configurando en los orígenes del cristianismo. Además del rasgo del servicio (diakonía), el rasgo que se plasma en la imagen del pastor.

Se pasa de una concepción jurídica, que insiste en la separación entre laicos y ministros, otorgando a los ministros un poder sobre los laicos,  a una comprensión más inspirada en la Biblia, en la que se subraya que los ministros deben realizar la misión que les ha sido encomendada como un servicio. El obispo debe tener ante sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida por las ovejas.

Los Doce so invitados a hacerse “servidores” de los demás. “Si alguien quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”; “el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor”.

En cuanto a la comprensión del ministerio entre los primeros cristianos, Santiago Guijarro destacó estos tres rasgos: a) el ministerio es un servicio; b) servicio que tiene como modelo la entrega de Jesús; c) en contraste con otras formas de ejercer la autoridad o mediación religiosa. Los tres rasgos han sido asumidos por la teología postconciliar del ministerio.

Las primeras comunidades cristianas conocieron una pluralidad de ministerios. Esta creatividad que caracteriza el cristianismo naciente revela que la experiencia de los discípulos como enviados de Jesús resultó insuficiente para responder a la nueva situación de las comunidades postpascuales. Y la recuperación de las raíces bíblicas del ministerio que promovió el Concilio Vaticano II ha abierto nuevos horizontes a la reflexión sobre el ministerio.

Estamos ante una cuestión abierta a la reflexión en la vida de la Iglesia. De hecho, el Código de Derecho Canónico (1983) intentó recoger las aportaciones del concilio para la vida práctica de la Iglesia, sin embargo, no ha incorporado esta comprensión del ministerio como diakonía.

Por otra parte, la imagen del pastor, ayuda a precisar qué es lo específico del ministerio ordenado. Todos los cristianos hacen presente de alguna forma el misterio de Cristo, y todos participan de su sacerdocio. Aunque lo hacen de forma distinta.

La imagen central no es la de la Cabeza, sino la de Pastor, que es inseparable de la del Siervo.

Marcelino Oreja Aguirre, presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, participó en la Escuela con la ponencia “Clarificación de las relaciones de la fe con la sociedad: Iglesia y Estado”.

Resaltó que las relaciones entre el Estado y la Iglesia «se han desenvuelto con fluidez» durante los últimos 30 años «a pesar de las dificultades». Ofreció, con constantes alusiones vividas personalmente, debido a sus cargos, una perspectiva histórica de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en el último medio siglo.

La Iglesia, indicó Oreja, desde los primeros cristianos, ha defendido siempre su libertad. La situación del mundo en estos cincuenta años ha sufrido cambios importantes en España, en Europa y e el mundo, por lo que no puede extrañar que fenómenos como la globalización, la revolución cultura, la irrupción del fundamentalismo, las nuevas formas de vida, hábitos y costumbres, hayan influido también en las relaciones Iglesia y Estado. El Concilio Vaticano II inicia un nueva forma de la historia de la Iglesia en España. En los medios oficiales españoles, las Declaraciones conciliares se vieron con preocupación. Ello llevó a reformar el artículo 6 del Fuero de los Españoles. Estamos ante el cauce legal que posibilitó la promulgación de la Ley de Libertad Religiosa. El texto fue aprobado el 28 de junio de 1967.  Resultó problemático el Decreto “Christus Dominus” que establece que “no se conceda en lo sucesivo nunca más a las autoridades civiles ni derechos ni privilegios de elección, nombramiento, presentación o designación para el ministerio episcopal y se pide a las autoridades civiles la renuncia a esos derechos o privilegios. El Gobierno, ante esta petición, no dio ningún paso a favor. Es entonces cuando la Santa Sede mediante una carta de Pablo VI el 29 de abril de 1968 solicita al Jefe del Estado la renuncia al privilegio de presentación. Sucedió un intercambio de correspondencia, pero no se solucionaba el problema. En Enero de 1973 se produce una entrevista entre Pablo VI y el Ministro de Asuntos Exteriores, Gregorio López Bravo que deja prácticamente rotas las relaciones.

En el nuevo Gobierno nombrado por el rey en diciembre de 1975, bajo la presidencia de Carlos Arias, después de la muerte del general Franco, el 20 noviembre de 1975 y siendo Areilza ministro de Asuntos Exteriores y Antonio Garrigues, ministro de Justicia, se retoman las relaciones Iglesia-Estado. Si el Concordato está superado, quizá se debía establecer una declaración de principios. El 8 de julio de 1976 con la toma de posesión del nuevo gobierno y celebración del primer Consejo de Ministros, presidido por el Rey, tiene lugar un cambio de rumbo en las relaciones Iglesia-Estado.

Frente al Concordato de 1953 que era “todo solemne”, los nuevos acuerdos regulaban de manera más efectiva los diferentes aspectos que afectaban a las relaciones Iglesia-Estado.

Los acuerdos se firmaron el 3 de enero de 1979, vigente ya la Constitución española. Meses más tarde de la firma de los acuerdos, estos fueron objeto de la correspondiente tramitación parlamentaria.

II Tareas pendientes

Fue el segundo bloque del curso. El Director del curso Ángel Cordovilla abordó en su ponencia “Las tareas pendientes en la vida interna de la Iglesia”.

Partió de tres momentos: a) Presupuestos de donde nacen las tareas pendientes; b) principales tareas y c) algunas temas concretos.

La mayoría de las tareas pendientes son retos permanentes para vida de la Iglesia; otras lo son porque no han encontrado todavía la estructura adecuada y justa que pueda responder a la situación histórica concreta.

La mayoría  de las razones que se esgrimen para un necesario cambio estructural en la Iglesia son de orden psicológico y sociológico. Es preciso afrontar el problema desde un punto de vista teológico, espiritual e histórico. Teológico porque toda reforma en la Iglesia debe estar en consonancia con su fundador: Jesucristo. Espiritual porque hay que tener en cuenta la dimensión  religiosa y evangélica, aspecto vertical y no solo la visión material y humana, en su horizontalidad exclusivamente. E histórico, desde el conocimiento de la propia tradición mirando al futuro. La verdadera reforma, con palabras de Y.Congar, es siempre una vuelta a la profundidad de la tradición y a la novedad de la vida evangélica.

La primera tarea pendiente de la Iglesia siempre es la conversión. Y la primera concreción de la conversión es el fortalecimiento del sentido de Misterio. Es decir, que la cercanía y la inmediatez de Dios no nos confunda y nos haga convertir al Dios vivo y verdadero en un ídolo a nuestra imagen y semejanza. Es preciso una nueva conciencia de la trascendencia de Dios desde esta recuperación del sentido del misterio. Y recuperar también una dimensión cósmica y universal de la vida cristiana. La fe en el Dios redentor encarnado en la historia no puede desvinculase de la fe en el único Dios creador. Esto implica una apertura de la experiencia cristiana en la Iglesia hacia el cosmos y el universo más allá de las dimensiones particulares de nuestra biografía particular. Convertirse al Señor significa volverse a un Dios humilde y vulnerable. “Una Iglesia de los pobres y para los pobres.

Otra tarea es fortalecer la comunión.  Las reformas de las estructuras y la vida de la Iglesia tienen que tener en cuenta esa realidad misteriosa que la constituye en misterio de comunión en torno a Cristo. No plantear la reforma desde esquemas sociológicos, sino desde realidades eclesiales.

La luz y la guía de la comprensión de la Iglesia, en su misterio y en su estructura, están dadas en el Concilio Vaticano II y en la recepción del mismo en el Código de Derecho canónico de 1983. Pero el tiempo no se detuvo en 1965 ni en 1983, pero el criterio que ha de reinar en los cambios no está en la adaptación a una determinada forma política o a las corrientes culturales dominantes, sino en la fidelidad a la misión recibida. Fortalecer la vida cristiana.

Para ello es necesario dirigirse a su fuente: la liturgia. Hacer progresar la vida cristiana; adaptar las instituciones litúrgicas a las necesidades de nuestra época; favorecer la unión de todos los cristianos. Juan Pablo II decía: “Es necesario que la práctica cristiana oriente la reflexión hacia un lento trabajo de construcción de un nuevo modo de ser Iglesia…”. No se trata de hacer otra Iglesia, como si ella fuera obra de nuestras manos. La Iglesia es una y única, pero el modo de ser y de vivir estas única Iglesia cambia y es reformable. Ángel Cordovilla recalcó el paso de una Iglesia fundamentada en una eclesiología centrada en el ministerio ordenado a otra que ponga en su base la eclesiología bautismal.

La fe es luz y desde ella la Iglesia ha de ser y aparecer para sus miembros u lugar intelectualmente habitable. La teología invita a la Iglesia a que busque un pensamiento articulado y sistemático que le ayude a fundamentar sus afirmaciones de fe, a hacer más inteligible el mensaje que ha de transmitir a sus contemporáneos.

En este marco, hay una serie de cuestiones que al hablar de la reforma eclesial, siempre afloran. Son las siguientes: el lugar y misión de la mujer en la Iglesia, el protagonismo real del laicado, el celibato opcional de los presbíteros, el nombramiento de los obispos, etc.

Requieren un conocimiento histórico y riguroso de la tradición y de la historia. Cuando se estrena un pontificado todos proyectamos sobre él nuestros deseos y preferencias. Pero hay que decir que el papa no es la Iglesia. Él tiene, desde luego, una responsabilidad específica y singular, pero no es la única. Por otro lado, la historia de la Iglesia nos advierte que hay que ejercitar la paciencia institucional. Las reformas en la Iglesia no suceden por revoluciones, sino por la suma de cambios imperceptibles que van haciendo real “otro modo de ser Iglesia”.

Gabriel Amengual Coll, Universidad de las Islas Baleares, habló de “Ausencias en relación con la sociedad”. Una de las mayores ausencias del cristianismo en la actualidad, indicó, está en relación con la cultura, entendida en su sentido más amplio.

Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, de 1975 decía: “La ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas”.

Pablo VI apunta a la oferta de una nueva forma de vida y por tanto a la capacidad que tiene el cristianismo de ofrecer sentido y orientación en la vida.

«No se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradores y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” (EN 19)..

La prueba de esta escisión entre Evangelio y cultura lo tenemos, dice Gabriel Amengual, en la búsqueda de un desarrollo científico-técnico y económico, que descarrilla por falta de firmes raíles morales; y en el nuevo ateísmo, militante, de cuño científico, prueba de la incomprensión de la idea de creación, de Dios y de la relación con Él que establece la fe.

Es preciso la evangelización de la cultura. Se evangeliza la cultura siempre que el evangelio se vive transformando la acción humana desde dentro. Transformación que se concreta en purificar, elevar o llevar a plenitud lo humano, purificar de error, elevar o llevar a plenitud las capacidades humanas, llevando la cultura hasta los valores más altos.

Como dijo Juan Pablo II en la inauguración del Consejo Pontificio de Cultura (1982): “La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe…Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, ni fielmente vivida”.

La fe se ha de pensar siempre de nuevo, en cada contexto, cultura, época y país. Pero esta tarea de evangelización de la cultura, en su sentido amplio, contiene una apelación especial a los laicos. “Por eso la Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes, con la insignia de la valentía y de la creatividad intelectual, e los puestos privilegiados de la cultura, como con el mundo de la escuela y de la universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de la creación artística y de la reflexión humanista” (Christifideles laici, 1988, 44).  Todos los cristianos pueden ser verdaderos evangelizadores.

Una de las características que distinguen el mensaje cristiano es su novedad. No sólo creemos en la resurrección, sino que la resurrección es una realidad en nosotros.

El futuro será del que sea capaz de ofrecer razones para vivir y esperar, que de sentido a la vida, respuesta a los retos, abra caminos de esperanza, nuevos caminos de realización personal y social, política y comunitaria, concluyó Gabriel Amengual su intervención.

Santiago del Cura Elena, Facultad de Teología Norte de España-Universidad Pontificia de Salamanca, abordó las “Tareas pendientes en relación con otras confesiones cristianas, las religiones y las ideologías”.

En relación con otras confesiones cristianas, el diálogo ecuménico se encuentra ante una situación de perplejidad y resignación, con una metodología ecuménica cuestionada.  Las tareas pendientes en el diálogo católico-luterano. W. Kasper recordaba que durante estos años de diálogo, se han conseguido importantes frutos. No hay motivos para hablar de un invierno ecuménico, pero no hemos llegado aún a la meta.

Imperativos asumidos son que los católicos y los protestantes deben partir de lo que tienen en común; deben dejarse interpelar los unos con el testimonio de los otros; deben buscar la unidad visible de la Iglesia; deben redescubrir la fuerza del Evangelio; deben dar testimonio de la gracia de Dios. Testimoniar juntos la presencia del Dios vivo.

En el ámbito de la Eclesiología se encuentran las tareas más importantes. La eclesiología trinitaria como oportunidad de una Iglesia “comunión”, radicada en el Dios “comunión”, articuladora de unidad y diversidad.

En cuanto a las relaciones con otras religiones. Todas las religiones son mediadoras de la salvación. Necesidad de abordar temas doctrinales. Es necesario un diálogo que tenga en cuenta también las doctrinas del judaísmo, cristianismo e islám. Hay gentes de bien en cualquiera de las religiones y también fuera de las religiones.

Aún cuando se percibe un impasse (cansancio) en los debates sobre modelos de diálogo, hay varias tareas pendientes que afrontar en el diálogo con el judaísmo y con el islám; prioridad de cuestiones relacionadas con la praxis; necesidad también de afrontar temas doctrinales. En cuanto al diálogo con el monoteísmo judío, la relación AT – NT: Dios uno y único; la trascendencia e inmanencia de Dios. En relación con el islám, diálogo con el monoteísmo musulmán, adoran como los cristianos al único Dios; revelación de Dios en el Corán; reconocimiento de Jesús como profeta carácter creado o increado del Corán; analogía estructural entre Cristo-Palabra de Dios y Corán – Palabra de Dios.

Finalmente, Santiago del Cura abordó la relación con cosmovisiones (ideologías) no religiosas, el diálogo con los no creyentes.  Resaltó como tareas pendientes, el afrontar el ateísmo como tema teo-lógico; necesidad de una nueva hermeneútica. ¿Qué nos falta, cuando falta Dios?, planteó con referencia a las voces nuevas en medios agnósticos.  Es preciso purificar las imágenes de Dios y el discurso sobre Dios. Finalizó con la alusión al Dios trinitario como respuesta al ateísmo.

III. Nuevos imperativos

En este tercer bloque. Gaspar Hernández Peludo, Universidad Pontificia de Salamanca, disertó sobre “Legitimidad, viabilidad y formas de la acción misionera de la Iglesia”

Tomando de la encíclica sobre la misión Redemptoris Missio, de Juan Pablo II, preguntamos: ¿es válida aún la misión entre los no cristianos?, ¿no ha sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso?, ¿no puede uno salvarse en cualquier religión?…. ¿Para qué, entonces, la misión?”

La pregunta que Gaspar desarrolló en su ponencia fue: ¿Para qué, entonces, la misión?. Y tocó estos puntos: a) La misión como “hecho” positivo en la historia del cristianismo hasta hoy.

Podemos fijarnos para corroborar esta afirmación en la expansión misionera en la Iglesia antigua hasta la decadencia del Imperio romana de Occidente. El cristianismo paso de ser una minoría  durante el tempo de las persecuciones, hasta convertirse en una mayoría influyente en el Imperio.

Los grandes protagonistas de la misión son los propios cristianos, los mártires y los grandes pastores y maestros.

Siguió después la oleada misionera en la Edad Media. Primero en la Alta Edad Media en donde los “monjes” peregrinos van a ser los grandes protagonistas; posteriormente las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos) darán otro nuevo impulso misionero. En el siglo XV-XVI, los grandes descubrimientos con llevaron grandes figuras misioneras. La creación de Propaganda Fidei (1622) por Gregorio XV y otras instituciones misioneras (Urbaniano, Sociedad  de Misiones Extranjeras de París, etc…) coronarán en el s.XVII.

El siglo XIX conoce la más extensa labor misionera. Surgirán instituciones entre los cristianos de apoyo a las misiones como las Obras Misionales Pontificias. En el siglo XX se produce una nueva oleada misionera. Documentos de los Papas Benedicto XV, Pio XI y Pío XII lo hacen posible, desembocando en el Concilio Vaticano II.

Hay que reconocer que la acción misionera de la Iglesia como algo “benéfico” para el hombre, la sociedad y la cultura de los pueblos. A pesar de todo eso, una reflexión se impone y nos hace pensar. De los 7.500 millones aproximadamente de población mundial, se estima en 3000 millones el número de cristianos. Este dato nos dice que la acción misionera tiene que afrontar nuevos retos en el momento actual (fenómeno de la globalización, las migraciones, la cultura post-moderna, las diversas manifestaciones del hecho religioso); la acción misionera sigue siendo un “reto” y un “desafío” como recordaba Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris missio.

En cuanto a las dificultades y objeciones a la misión cristiana en nuestra cultura contemporánea, se pueden considerar las dificultades en el orden de los “hechos” que limitan su realización, como las de orden sociopolítico (tanto por el fanatismo religioso como el ateísmo sistemático;  o de orden cultural (la incomprensibilidad del mensaje). También hay dificultades internas, como la falta de ardor apostólico en muchos cristianos, el “cansancio de la fe” como ha denominado Benedicto XVI.

En cuanto a las objeciones, se palpa que el cristianismo se encuentra en una profunda crisis. Se da un rechazo de toda verdad absoluta. Es el problema del relativismo que en palabras de J. Ratzinger, es “el problema más hondo de nuestro tiempo”. El relativismo se presenta como el “fundamento” filosófico de la democracia y la garantía de una sociedad auténticamente plural.

Una de las crisis de la actualidad es la fragmentación del hombre y de la historia.

Ante estas y otras objeciones ¿tiene aún hoy legitimidad la acción misionera de la Iglesia?

La misión de la Iglesia es una necesidad legítima porque la misión supone “ser enviado” por otro que lleva la iniciativa. La misión es, pues, un imperativo de Cristo a sus discípulos y a su Iglesia. Y al mandato externo de Cristo se suma el impulso interior del Espíritu.

La misión cristiana se fundamenta, también, en la acción de los primeros testigos del Resucitado que es norma para todos los tiempos. “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn.1,3). Por eso la acción misionera ha sido siempre un convencimiento de la Iglesia a lo largo de la historia. También existe la razón de tener la conciencia por parte del cristiano de haber encontrado y recibido un “tesoro” y no poder ocultarlo. El fin de toda acción evangelizadora es el encuentro con Cristo.

Las formas de la única misión son varias según circunstancias y destinatarios. De esta forma el ponente Gaspar distinguió tres situaciones: a) la “misión ad gentes”; es la acción de llevar el Evangelio a los grupos humanos y contextos geográficos donde no es aún conocido el Evangelio de Jesús. Lo común es que el destinatario es un no-cristiano; b) la acción pastoral; se refiere a la actividad misionera ordinaria de una comunidad eclesial; c) la nueva evangelización; el destinatario sería el cristiano alejado de la fe. Se ha convertido en uno de los grandes retos de la acción pastoral de la Iglesia en nuestros días.

En resumen: la misión pertenece a la dinámica más profunda de la fe cristiana. Hay que salir para transmitir la permanente “novedad” del Evangelio que es la Buena Nueva. Y ese “tesoro” del Evangelio hay que ofrecerlo y proponerlo como hizo Jesucristo quien con clemencia y mansedumbre y para persuadir, no para violentar, porque la violencia no es propia de Dios. Hay que comunicar ese “tesoro” con los métodos que propuso Jesucristo, con libertad amor, mansedumbre y amor. Una propuesta así de la Iglesia que no quiere mártires, pero que en su fidelidad al Evangelio llegará hasta el martirio,

La última ponencia la impartió, de nuevo, Olegario González de Cardedal, bajo el título: “Esperanzas y rechazos del mundo ante el cristianismo”.

Partió Olegario de una introducción en la que afirmó que la Iglesia tiene que poner su oído atento a tres vibraciones perennes: la de la palabra de Jesús, la palabra del Espíritu que habla en las conciencias y la palabra del mundo, que movido por el aliento creador de Dios va produciendo frutos de verdad y de belleza, de justicia y esperanza.

El concilio Vaticano II ha recogido y reafirmado estas orientaciones a la hora de establecer las relaciones entre la Iglesia y el mundo. (GS. 1,4). Y en 44,2 dice: “Es propio de todo el pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar discernir e interpretar con la ayuda del Espíritu Santo las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor recibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada”.

Voces amigas y voces enemigas debe escuchar la Iglesia. A la luz del Génesis y de todo el resto del A.T. por mundo se entiende toda realidad en cuanto debe el origen de su existencia a Dios. Todo lo creado es bueno. Y ese mundo ha sido después tratado, moldeado y desconfigurado por el hombre en el ejercicio de su libertad determinada por la desobediencia, la envidia, el instinto mimético de ser como el Creador. Por eso no toda palabra del hombre o del mundo debe ser oída como un eco de la palabra de Dios; pero tampoco debe ser condenada de antemano como palabra de pecador. Las palabras, esperanzas, rechazos o reclamaciones del mundo tienen que ser discernidas siempre.

Junto a la voz de la ciencia, de la economía, de la política, de los altavoces sonoros de los medios de comunicación, el hombre y la iglesia tienen que atender hoy a esas otras voces menos sonoras pero no menos sensitivas: la voz de los poetas y artistas, de los hombres verdaderamente limpios y libres, de los monjes, de los santos. La voz de las personas entregadas a las tareas duras del servicio, a la atención a marginados, en soledad, en desesperanza o pérdida del sentido de la vida.

¿Podemos conocer las verdaderas esperanzas de los hombres?. No es fácil. Están primero las necesidades físicas, después las sociales, las personales, las trascendentales y las espirituales.

La Iglesia directamente solo tiene la misión de atender a las necesidades religiosas. Pero éstas van entretejidas con las esperanzas trascendentales y en parte también con las sociales y espirituales. Es decir, a quien pide pan o se le puede dar una serpiente; al que no sabe leer no se le puede enviar a casa para que después de aprender venga a oír la palabra de Dios. Por eso la Iglesia ha creado escuelas, hospitales, etc.  El cristiano sabe perfectamente que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es el César; que debe haber separación entre Iglesia y Estado, que la ciudad secular tiene su autonomía. Pero esto no significa para él que haya dos mundos: uno sagrado y otro profano.

Pero ¿cuáles son las esperanzas proyectadas sobre la Iglesia?  Se dan distinto tipo de esperanzas.

Hay esperanzas eliminatorias. Porque hay quien no espera nada de la Iglesia. Son el ateísmo radical y el anarquismo. Graphitis como éste: “La Iglesia solo alumbra cuando arde”, expresan esa actitud.

También hay esperanzas utópicas. La Iglesia ha erigido el Sermón de la Montaña en ideal de vida moral para los discípulos de Cristo, aun sabiendo que desborda nuestras posibilidades.

También hay esperanzas connaturales con el ser de la Iglesia.  Personas que no se identifican con ella, ni la rechazan de plano pero le reconocen un valor antropológico. Son las esperanzas connaturales a su ser sobrenatural.  Esperan que, en medio de los crímenes, injusticias y pecados del propio mundo, la Iglesia no se deje acobardar, retener o silenciar.

Esperan que la Iglesia mantenga abierto el horizonte más allá de esta vida temporal, que se anuncie y ofrezca la vida eterna. Estos hombres y mujeres no querrían vivir en un mundo en el que todo esto no fuera verdad. La Iglesia tiene que ser muy sensible a estas esperanzas anónimas, casi no formuladas, pero profundamente reales.

Y hay esperanzas derivadas de la solidaridad de destino. Esperanzas solidarias. La Iglesia forma parte de la sociedad, de la historia. No puede ser una isla en medio del océano de la humanidad. A la Iglesia casi nadie le ha negado su esfuerzo de caridad con los pobres, enfermos, marginados, emigrantes, exiliados. En esta línea de acciones comunes a toda la humanidad se espera de ella que sea un fermento de sentido, de esperanza, de unión, de alegría. Solo los regímenes ideológicos o los poderes dictatoriales han excluido su colaboración.

Y ¿qué rechazos hay del mundo frente al cristianismo y la Iglesia?

Está el rechazo de su ser sobrenatural y de su misión escatológica. El nazismo y e comunismo vividos en el siglo XX son el exponente de este rechazo total de ambas magnitudes: cristianismo e iglesia y por otra parte están las ciencias positivas, elevando su método empírico a criterio de toda cientificidad. Está también el rechazo de su propuesta social. Prevaleciendo las cuestiones morales y la forma de vida de las personas que formamos la Iglesia.

Pero también hay que tener en cuenta rechazos legítimos de lo anticristiano en el cristianismo. En este sentido, el mundo rechaza de la Iglesia: la depreciación implícita o explícita de este mundo, de su belleza, reduciendo el tiempo a mera espera de lo eterno; la obsesión moral centrando las conciencias en sí mismas más que en la gloria, belleza y amor de Dios; la reducción de todo a Dios y solo a Dios con desvalorización de las causas segundas, como si fuera él el único que colabora en el mundo y las causas segundas apenas tuvieran peso. Cuando en realidad la gloria de Dios crece con la gloria del hombre. La reducción del Dios santo y divino al Dios oral, con la concentración de la vida religiosa antes en el deber y el pecado del hombre que en la gloria y en el amor de Dios. También la pretensión del cristianismo de abarcar todo lo religioso del mundo, desvalorizando e incluso persiguiendo otras expresiones religiosas. Asimismo, haber proclamado una Verdad absoluta junto a la cual no había lugar para la libertad y la caridad. Se hace entonces un ídolo de la verdad misma.

La desproporción a la hora de valorar los mandamientos de la ley de Dios, otorgando a alguno un peso excesivo.  La invasión de poder o reclamación de autoridad en campos que no eran los suyos, con las correspondientes consecuencias económicas y financieras.

Y como conquistas del último siglo y tareas pendientes, Cardedal indicó que el cristianismo ha dicho en sí fundamental a la función de la racionalidad moderna, a la competencia de la ciencia en sus campos propios, a la diversidad y separación necesaria entre regímenes políticos y regímenes religiosos.

El laicismo ideológico y el Islam integrista son los dos grandes obstáculos para una afirmación  limpia y libre de la religión, pero a la vez para una realización moderna y gozosa de la humanidad.

Como tareas pendientes, señaló la modernización llevada a unos extremos que ponen en peligros la humanidad; el peligro e las armas atómicas, los asaltos del terrorismo, las consecuencias del cambio climático, la casi desaparición de la regulación ética de la humanidad reducida al código penal; la búsqueda de bases éticas de las culturas, de la política y de la sociedad que funden la convivencia pacífica a largo plazo; la objetivación de los derechos humanos sustrayéndolos al mero juego de las mayorías, y estableciendo fronteras que no se pueden traspasar ni por los tanques, ni por los bancos ni por las votaciones democráticas. La democracia es una cultura y una ética de la convivencia, que presupone la dignidad, el valor sagrado y los derechos inalienables de cada individuo como persona y del otro como prójimo.

El curso concluyó con la intervención de Jean-Robert Arogathe, de École pratique des hautes études, París. Su intervención tuvo por título: “La propuesta cristiana en esta sociedad y en esta cultura”.

Partió de cuatro aporías: la Escritura, la filiación divina, la Iglesia y el Decálogo. Debemos, dijo, considerar la Escritura leída en la Iglesia como una realidad viva y orgánica. Conviene beber e las fuentes de la tradición cristiana que nos hace leer esos textos en la fe, como aquello merced a lo cual Dios se da a conocer.

El Concilio Vaticano II introduce la noción de Pueblo de Dios en sustitución de la sociedad. Sería necesario orientarse hacia una definición de Iglesia como communio.

La moral natural, que permitía consideraciones universales ¿no esté hoy en día descalificada por el relativismo y por el convencionalismo jurídico?

La ley natural ha sido descalificada por dos series de motivos: primero en razón de lo que Benedicto XVI designaba como la “dictadura del relativismo”. Y, en segundo lugar, por el progreso científico, en particular en biología y en medicina.

Sería necesario rehuir el “fundamentalismo occidental” que tiene la cara del mesinaniso (los derechos del Hombre como un nuevo Decálogo) y la cara del cienticismo (que somete el ejercicio de los derechos a una ciencia, a la que se la tiene como verdadero fetiche).

Sería necesario considerar, en teología moral, como fin de la ley, la caridad. Con demasiada frecuencia, la moral es recibida como referente de lo prohibido. Hay que retomar la enseñanza de Tomás de Aquino: la ley tiene como fin el amor. Dios sólo se puede sentir ofendido por nosotros cuando actuaos contra nuestro propio bien.

Por lo tanto, refundar la moral es realmente la tarea fundamental del siglo XXI. No se trata de rebajar los criterios de moralidad, ni de destruir las normas, ni relativizar los actos humanos y  su alcance. Sino el de volver a encontrar el carácter natural del kerigma en términos de libertad, no sólo en el instante presente, sino respecto a la eternidad.

Dato Antón Magadán y José Manuel Coviella Corripio

Agosto 2013

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Crónica del curso UIMP de Santander "El cristianismo ante el siglo XXI", 4.0 out of 10 based on 2 ratings
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