Opinión

Crónica del Curso de verano para seminaristas (Liturgia de las Horas)

Crónica del Curso de verano para seminaristas (Liturgia de las Horas)

La Liturgia de las Horas, oración de la Iglesia

«Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando el nombre del Señor» (Sal 116,17), «es necesario orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1). Este fue el pórtico del X Curso de verano para seminaristas mayores organizado por la Comisión Episcopal de Liturgia y que tuvo lugar en León del 16 al 30 de junio. Cinco días dedicados al gran tesoro que la Iglesia custodia, propone y enseña desde su Liturgia de las Horas. Tesoro que los seminaristas hemos aprendido a valorar, saborear, aprovechar y celebrar de la mano de grandes ponentes. Y, ciertamente, no el único tesoro que hemos disfrutado durante estos días.

El curso se desarrolló en trece clases agrupadas en seis áreas: teología del sacrificio de alabanza eclesial, evolución histórica, elementos estructurales, aspectos de la celebración comunitaria, espiritualidad y antropología. Es difícil, si no imposible, intentar trasladar desde estas pocas líneas el contenido y mensaje de esas trece clases, ni tan siquiera intentando un resumen, que obligaría a dejar de lado muchos de los ricos y provechosos aspectos y matices que los ponentes nos descubrieron. Lo que sí puede trasladarse y compartirse desde aquí son algunas de las «joyas» que los ponentes nos han dejado (con mucho pesar, la evolución histórica, los aspectos de la celebración comunitaria y la antropología se han dejado fuera).

TEOLOGÍA – La Liturgia de las Horas es Sacrificium laudis, es decir, un sacrificio de alabanza que se realiza en la tierra como imagen de lo que sucede en el cielo. Jesucristo, por el Espíritu Santo, es quien reza en nosotros y por el que nos dirigimos al Padre. «Orar siempre» es una actitud, es tener el espíritu orientado hacia Dios llenando, desde la oración en los momentos principales del día, nuestra vida de oración. Así, la Liturgia de las Horas nos ayuda a tomar las actitudes adecuadas ante los acontecimientos. (Mons. Julián López).

ELEMENTOS – La Palabra de Dios no es un cadáver para diseccionar. Está viva y es vivificante. Su memoria viva se guarda en la Tradición de la Iglesia y, con la iluminación del Espíritu Santo, podemos alcanzar su sentido espiritual y comprenderla y meditarla con la mente y el corazón de la Iglesia. Los himnos, aunque no son inspirados, son «glorificación implorante», nos ayudan a introducirnos en la espiritualidad del tiempo litúrgico, en la del momento del día y en la de la fiesta. Por su parte, debemos dejar que la vida de los salmos nos vivifique a nosotros, como un actor que se identifica con su personaje. Todo hombre tiene o ha tenido, en mayor o menor medida, cada uno de los sentimientos que en ellos se describen. Puede que nuestro estado emocional no encaje con lo que «toque» rezar, pero seguro que hay hermanos para los que sí encaja y debemos recordar y tomar conciencia de que rezamos con ellos y también para ellos. Los salmos son, pues, un modelo de identificación y un espejo: ¿cómo soy? ¿cómo debo ser? Jesucristo es el único que puede decirnos cómo nos ve, porque nos mira de tal modo que no duda en dar la vida por nosotros. (Mons. Juan Antonio Aznárez, D. Félix María Arocena y Sor Ernestina Álvarez, OSB).

ESPIRITUALIDAD – Recoge san Benito en su Regla: «No anteponer nada al amor de Cristo» y «nada se anteponga al Oficio Divino». El primero se manifiesta en el segundo y, si dejamos que se abran nuestros oídos, podremos llevar el amor a la celebración y la celebración de la Palabra a la celebración de la vida, podremos aprender a mirar con la mirada de Dios; oír y aplicar. Así, el Oficio Divino se convierte en tiempo de sanación y conversión que nos permite pasar de vivir la vida como esfuerzo a vivirla como don, a vivir como redimidos y liberados. Nos permite trascender nuestra vida, verla, cogidos de la mano de nuestra madre Iglesia, jalonada de las acciones de Dios y vivirla según el Espíritu. No rezamos porque estemos cansados y agobiados, sino que estamos cansados y agobiados porque no rezamos. (P. Carlos del Valle, SJ y P. Javier Aparicio, OSB).

El otro tesoro al que me refería al principio han sido las visitas y actividades culturales. No sólo nos resultaron interesantes, sino hasta sorprendentes, dejándonos, como tiene que hacer la liturgia, con ganas de más: de contemplar más al Señor como hacen las madres benedictinas del Monasterio de Santa María de Carbajal; de entregarse más y mejor al único Señor de la Historia y Rey del Universo que contemplamos en la Real Colegiata de San Isidoro; de permanecer más en la luz, en su luz, que nos va descubriendo la Verdad y a la que nos entregamos en la Pulchra leonina; de más comunión con y desde el Espíritu que nos hace a todos hermanos, en la que permanecimos toda la semana y en la visita y paseos por la ciudad; de más arte y belleza que elevan el alma y conmueven el corazón como nos sucedió en el concierto del coro CantArte.

Semana de tesoros, como la Liturgia, como el que encontró aquél que vendió todo lo que tenía para comprar el terreno donde lo había encontrado. Semana de celebración, como la Liturgia, como anticipo de la alabanza y celebración eternas del cielo. Semana de comunión, como la Liturgia, como la que vive el Padre con el Hijo en el Espíritu. Semana de oración, como la Liturgia, como la que siempre elevó nuestro Señor por todos nosotros.

Adrián González Villanueva, seminarista de cuarto curso de León.

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