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Crónica de la segunda mesa redonda celebrada en el Congreso Nacional de Misiones

Crónica de las mesas redondas celebradas en el Congreso Nacional de Misiones, organizado por Obras Misionales Pontificias (OMP). Un acontecimiento que busca reavivar la pasión misionera. Durante cuatro días, se mostró la realidad de la Iglesia misionera, desde una perspectiva amplia. El congreso se celebró en Madrid del 19 al 22 de setiembre de 2019

 Por José Manuel Coviella C.

El principal desafío de la Iglesia en sus misiones es encontrar relevo de los 11.000 misioneros españoles repartidos por el mundo. Rondan una edad media de entre 73 y 75 años, y ese cambio generacional es vital para desarrollar su actividad evangelizadora.

 

A continuación la crónica de la segunda mesa redonda. Responsables de nuevas realidades eclesiales.

Intervinieron: Ana Prósper, del Camino Neocatecumenal

Juan Badía, Movimiento de los Focolares

Tíscar Espigares, de la Comunidad de San Egidio

 

Se pretende con esta mesa, dar la palabra a los nuevos movimientos eclesiales que se han incorporado a la misión. No solo las grandes congregaciones, aquí estamos celebrando este congreso en la casa de los jesuitas, como los jesuitas, dominicos, franciscanos, las hijas de la caridad… Hay otros movimientos eclesiales que también participan en la misión de la Iglesia.

Movimientos eclesiales es un término relativamente reciente, aplicado a grupos que conforman comunidades dentro de la Iglesia y que ofrecen un modo particular de vivir la propia fe. Algunos de estos movimientos participan de la dimensión ad gentes misionera de la Iglesia, como estos cuatro movimientos que componen esta mesa.

Decía san Juan Pablo II sobre la naturaleza de los movimientos que estos solo son comprensibles dentro de la misión de la Iglesia. De hecho nacieron para la misión de la Iglesia. El dinamismo del crecimiento de la Iglesia y por analogía de los movimientos eclesiales es el portador de un mensaje de salvación hasta los confines del mundo, evitando cualquier autoreferencialidad y exclusivismo. La gran novedad del concilio es subrayar esta tarea que implica a todos los fieles bautizados, es posible gracias a la variedad carismática de los movimientos eclesiales. Los movimientos eclesiales están invitados a expresar su verdadera voluntad de servir a la llamada universal a la santidad común a todos los hombres y mujeres que anhelan la salvación. Actores de esta voluntad de servir a la llamada a la propia santidad son quienes componen esta mesa que tenemos ante nosotros.

Representantes del camino Neocatecumenal, de la prelatura de Opus Dei, de los Focolares y de de San Egidio, nos explicarán cómo evangelizan, cada uno desde su carisma.

Comenzó la mesa con la intervención de Ana Prósper, del camino Neocatcumenal. Movimiento fundado en España en 1964. Ana Prósper nació en Valencia. Es licenciada en ciencias físicas por la Universidad Complutense de Madrid. En 1974 empezó en su parroquia de Sto. Tomás de Valencia, el itinerario de formación católica del camino neocatecumenal. Ha trabajado como física en Madrid. También ha sido profesora en secundaria de la asignaturas de Matemáticas y Física en un colegio de los escolapios de Valencia. En el año 1991 salió para su primera misión en un barrio de las afueras de Caracas (Venezuela). En 1993 fue enviada a Filipinas y desde 1998 hasta hoy forma parte del equipo itinerante responsable del camino neocatemunal en Kenia y Tanzania.

Comenzó Ana Prósper indicando que en la multiplicación de los panes, según el evangelio de san Juan, Jesús da de comer a la gente. Todos reciben alimento y sobra. Esta es la experiencia. Comemos, tenemos la experiencia de estar saciados en este encuentro con Jesucristo y de ese encuentro, surge la evangelización.

¿Qué es el Camino Neocatecumenal? Es una obra de la nueva evangelización. Es una iniciación cristiana. Empieza con unas catequesis a las que puede acudir todo tipo de gente. Y a partir de ahí el que quiera puede empezar a formar parte de una comunidad que seguirá un proceso de catecumenado postbautismal. Este camino surgió hacia el año 1964 por la intervención de Dios en la vida de dos personas. Kiko Argüello que del ateísmo pasó por una experiencia de conversión que le lleva un día a ir a vivir con los pobres de Palomeras Altas (Madrid). Un tiempo después se unió Carmen Hernández, de un instituto misionero. Pronto con el anuncio del evangelio empezaron a evangelizar. Fue todo un cambio radical de vida. Casimiro Morcillo, arzobispo de Madrid conoció esta vivencia y les encomendó que hicieran el mismo proceso en las parroquias. Así se fue extendiendo por Madrid y posteriormente por otras diócesis y países.

¿Cómo se realiza este camino? Con unas catequesis iniciales. Proclamación del kerygma y formación de la comunidad. Palabra de Dios, liturgia y vida en comunidad. Se hace una renovación del bautismo por etapas para concluir con la celebración semanal de la Palabra y la Eucaristía y una celebración mensual de convivencia. Palabra de Dios que tiene el poder de transformar la vida de las personas. Esta experiencia implica abrir el corazón de la persona al que tiene al lado.

En el Camino hay todo tipo de personas. Gentes de todo tipo de clases sociales, diferentes culturas, edades. Los signos del amor y la unidad son los que llaman a la fe a los que están lejos (los alejados). Dice Jesús en el evangelio de san Juan “Padre que sean uno, como tu y yo..” “…amaos como yo os he amado… en eso conocerán que sois discípulos míos”. Estos signos llaman a la fe también a los alejados a los que están en las “periferias”.

La pretensión es que los pobres de la tierra conozcan este amor. Yo, dijo, he trabajado en cuatro continentes y he visto que en todo tipo de cultura, de sociedad, de clase social el ser humano tiene un problema común: el miedo a no ser amados, el miedo a la soledad, el miedo al sufrimiento, el miedo a la muerte. Para ese miedo hay una respuesta que es: Jesucristo resucitado.

En el Camino se participa en la vida y misión de la Iglesia predicando el evangelio por las casas, barrios y colaborando en la acción pastoral de la parroquia. Desde el Camino se transmite la fe a los hijos, mediante la liturgia doméstica

Pero hay diferentes formas de misión en el Camino. Están los catequistas itinerantes, las familias en misión, las chicas y chicos célibes y presbíteros en misión; también existen los seminarios “Redemptoris Mater” (aquí en Madrid, existe uno).

Yo me inicié en el Camino siendo muy joven. Tenía otros proyectos como casarme y tener familia. Pero siempre me faltaba algo. Estaba alejada de la vivencia religiosa. Y poco después mi vida cambió por completo. Estoy muy agradecida a la gracia recibida del Señor. He podido ver cómo se puede cambiar y salir de tantas situaciones negativas que existen en las vidas de las personas.

A continuación se dio la palabra a José Carlos Martín de la Hoz, licenciado en Ciencias Geológicas por la Universidad Complutense de Madrid y Dr.en Teología por la Universidad de Navarra. Fundador de las Academias de Historia Eclesiástica de Sevilla y Valencia de las que ha sido secretario general. Investigador del Instituto de Historia de la Iglesia de la Universidad de Navarra. Forma parte del Instituto para el estudio de la Escuela de Salamanca y del Instituto Luis de Molina de la Universidad Católica de Ávila. Es Director de la Oficina de las causas de los santos del Opus Dei en España desde 2002 y es postulador de diversas causas.

Agradece la invitación y comenzó su intervención indicando que la llamada universal a la santidad preconizada por Constitución Dogmática Lumen Gentium (nº11) del Concilio Vaticano II, ha hecho rejuvenecer a la Iglesia, porque es una llamada a la misión. Toda vocación implica una misión.  “…Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre…”.

 La Prelatura del Opus Dei es una estructura destinada a impulsar la llamada universal a la santidad y el ejercicio de la difusión del evangelio entre personas de toda clase y condición, siempre al servicio de las diócesis y cristianos del mundo entero.

San Juan Pablo II en la canonización de san Josemaría recordó que la primera aportación del Opus Dei a la misionología era el apostolado de la amistad y la confidencia que es el modo ordinario con el que una madre evangeliza a su hijo, un amigo le habla de Dios a un amigo, o un compañero de trabajo le abre a otro un nuevo panorama espiritual. El programa apostólico está basado en la oración.

Pasado el tiempo se empieza a poner en marcha tareas educativas, sociales, asistenciales que dan pie a la santificación de esos ambientes.  Centros que se sostienen por la iniciativa profesional de personas del Opus Dei.

La tercera intervención de esta segunda mesa redonda fue de Juan Badía. Movimiento de los Focolares. Movimiento fundado en 1943 por Chiara Lubich en Trento. El Movimiento de los Focolares comprende distintos ámbitos y «ramas»: jóvenes, niños, adultos, sacerdotes, consagrados, matrimonios, en distintas áreas profesionales como educación, salud, economía, política, artes, entre otras.8Son además los impulsores de la denominada «economía de comunión». La organización fue aprobada por la Santa Sede en 1962.

Juan Badía es de Jaen. Ingeniero industrial, profesor en la Universidad en Méjico durante 14 años. Constructor de varios centros sociales en América latina. Actualmente es Director comercial de la editorial Ciudad Nueva. Lleva años evangelizando con el movimiento de los Focolares en América Latina (Méjico, Argentina, Chile). Actualmente es corresponsal, junto con Margarita Gómez, del movimiento de los Focolares en España.

Juan Badía empieza diciendo, después de dar las gracias por la invitación, que decir cristiano y decir ser enviado deberían ser sinónimos. Enviados a dar testimonio de un encuentro que ha cambiado nuestras vidas. Igual que cambió la vida de los Apóstoles. Ellos tuvieron el privilegio de seguir y oír a Jesús. Oír sus enseñanzas, ver los milagros, pero principalmente de ese amor de Jesús por los que sufren tanto en el cuerpo como en el espíritu. Igual nos sucede cuando nos encontramos con Jesús. Vemos que nuestra vida adquiere un nuevo sentido y queremos compartir con todos este descubrimiento. A mí me pasó, dijo. Cuando tenía 16 años a través de un religioso conocí a un grupo de jóvenes que tenían algo especial: una alegría contagiosa. Su secreto era que trataban de vivir en lo cotidiano el Evangelio. Una alegría nueva empezó a inundarme. Así conocí a los jóvenes del movimiento de los Focolares y a través de ellos a su fundadora Chiara Lubich. Ella había descubierto, durante el periodo de la postguerra, el Evangelio, como palabra de vida y que genera vida. Había descubierto que había algo que las bombas no podían destruir: era Dios, el amor de Dios, que daba sentido a sus vidas en medio de los horrores de la guerra. En medio de tanto dolor se preguntaron ¿cómo corresponder?  y la respuesta fue hacer la voluntad del Padre, de Dios, más que clamar: Señor, Señor. Poder hacer en la vida y momento a momento la voluntad de Dios. Pero, se preguntan si hay alguna voluntad de Dios que brille de manera especial. Y así descubren el mandamiento nuevo. “Os doy un mandamiento nuevo que os améis unos a otros como yo os he amado, en esto conocerán que sois mis discípulos”. Amarse recíprocamente, es el distintivo que propone Jesús. Este es el pacto, que cambió su vida. Sucedió un cambio de calidad en la relación y comprendió lo que dice el Evangelio “donde estén dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy Yo”.

Podemos decir que la espiritualidad del movimiento de los Focolares es una espiritualidad bajo la óptica de la unidad, como para los franciscanos la pobreza y para los jesuitas la obediencia. Y este mundo siente la necesidad de la unidad. Este carisma enviado por Dios es para toda la Iglesia y no solo para el movimiento en el que nace. Unidad que solo Jesús, presente en medio de los suyos, es capaz de realizar. Esta es la experiencia que estamos llamados a vivir como cristianos y a testimoniar al mundo. No se trata solo de hablar de Jesús a los demás, sino ser Jesús. Y para ello hay que dejarse transformar por sus palabras. Aprender a amar a cada uno que pasa a nuestro lado. Amor que tiene que tener la misma característica que el amor de Jesús. Un amor que toma siempre la iniciativa, ama siempre, no se cansa de amar, sabe hacerse uno con el otro, sentir y vivir los dolores y alegrías del otro. Es un amor que llega a ser recíproco. Jesús prometió: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos”. Este es el secreto de la difusión de este movimiento de los Focolares por todo el mundo.

En América Latina he visto, dijo, como el vivir el evangelio y compartir las propias experiencias hace nacer comunidades cristianas en las grandes ciudades o pequeños pueblos.Todos somos hijos de Dios y por eso he vivido la solidaridad de estas gentes y la hospitalidad, el repartir todo. Todos podemos ser misioneros en nuestros ambientes.

Intervino a continuación Tíscar Espigares, de la Comunidad de San Egidio, comunidad que nace en 1968 en Roma por iniciativa del historiador Andrea Ricardi en el clima de renovación del concilio Vaticano II. Es doctora en Ciencias por la Universidad Autónoma de Madrid y profesora de Ecología en la Universidad de Alcalá. A través de proyectos universitarios ha colaborado con diversas universidades en Guinea Ecuatorial, Colombia y Nicaragua. Su línea de investigación se centra principalmente en la restauración de ecosistemas mediterráneos. Tíscar es responsable de la Comunidad de San Egidio en Madrid que inició en 1988, cuando era estudiante universitaria. Está comprometida en el cuidado de niños con dificultad en el Barrio del Pan Bendito (Madrid). Hoy la Comunidad de San Egidio en Madrid tiene su centro en la Iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, donde la comunidad se reúne cotidianamente para la oración y la Eucaristía y donde nacen distintas iniciativas solidarias para atender a niños, ancianos, personas sin hogar y en favor de los derechos humanos.

Gracias por la invitación para participar en este Congreso que aborda, por medio de esta mesa redonda, y a través de mi persona la experiencia de la Comunidad de san Egidio en el campo de la misión. Hace 29 años san Juan Pablo II en la encíclica “Redemptoris missio” decía que la misión de la Iglesia está todavía en sus comienzos. Y dice en esa encíclica: “La misión de la Iglesia no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político o contribuir materialmente al desarrollo, sino que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos no un « tener más », sino un « ser más », despertando las conciencias con el Evangelio. El desarrollo humano auténtico debe echar sus raíces en una evangelización cada vez más profunda…”

En ese mismo año 1990, una de las víctimas en la Unión Soviética de Gasoil, decía: “Solo hombres limitados pueden imaginarse que el cristianismo se ha realizado, que se ha constituido en el siglo IV según unos, en el XII según otros, o en otros momentos. En realidad el cristianismo no ha hecho más que dar sus primeros pasos en la historia del género humano. Muchas palabras de Cristo todavía no son comprensibles; el cristianismo no ha hecho más que comenzar. Todo lo que se ha hecho en el pasado, todo lo que ahora llamamos la historia del cristianismo, no es más que el conjunto de intentos, algunos sin efecto, otros más rodados, pero por realizar…”.

Viene a decir que el cristianismo no ha hecho más que comenzar. El esfuerzo misionero que la Iglesia ha realizado durante el siglo XX llegando a todos los países es una realidad. Pero afirmar que el cristianismo no ha hecho más que comenzar es afirmar que el cristianismo nunca se puede presentar como algo viejo. Hoy día en este mundo globalizado, ¿cuál es el sitio del cristianismo? Pienso, dijo, que hace falta vivir este nuevo inicio. Y para vivir este nuevo inicio, hace falta tomar más en serio el momento histórico que nos ha tocado vivir. Superar esa sensación que parece existe de horizonte limitado en el vivir el ser de la Iglesia, aunque se emplee mucha dedicación. Revisar el lenguaje, un lenguaje que acaba perdiendo significado para los de fuera, un lenguaje que no atrae, un lenguaje que seguramente no es misionero. Quizás en este mundo globalizado nos sentimos un poco perdidos. Pero esta es la misión de la Iglesia. Ya lo decía el Papa san Juan Pablo II cuando en la carta apostólica Novo millennio ineunte cita las palabras con las que Jesús anima a los primeros discípulos a echar las redes para una pesca que sería milagrosa. Dice a Pedro: «Duc in altum  Remar mar adentro» (Lc 5, 4). Remar mar adentro en este mar abierto.

Hay que descubrir mucho en el tesoro de la fe. El nuevo comienzo significa aceptar la dimensión misionera en toda la vida de la Iglesia, en la existencia de todo cristiano. Es algo que compete a todos. Como dice el papa Francisco en la Evangelii Gaudium: “…constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un «estado permanente de misión». Eso ¿qué supone? Un estado permanente de misión implica una vida cristiana profunda, espiritualmente madura. No es cuestión de técnicas, sino vivir la vida cristiana con pasión.

A mediados del siglo XX se descubrió que las tierras de tradición cristiana eran tierras de misión. Remito al libro francés que se titulaba «Francia, país de misión». Ponía de relieve la pérdida de creyentes, la falta de formación en la católica Francia. España es hoy en día un país de misión. Ya vemos por aquí a sacerdotes africanos y latinos que atienden nuestras parroquias.

De hecho el inicio de la comunidad de San Egidio, se puede insertar en ese contexto, cuando empezó ese grupo de jóvenes, junto con Andrea Ricardi, yendo a las periferias de Roma, donde había gentes que vivían en chabolas, inmigrantes, gentes que se habían alejado de la vida de Iglesia, por inercia no por una determinada ideología. Allí surgieron comunidades entre las gentes sencillas y surgieron como escuelas del Evangelio con un tejido de solidaridad. Eran comunidades que tenían capacidad de atraer y de incitar a la gente para cambiar el mundo a partir de la escucha del Evangelio. Se trata de que las preguntas más profundas que están en el corazón de cada persona encuentren una respuesta en la palabra del Evangelio. Palabra que es siempre la misma y distinta. La misma palabra para contextos distintos. Por eso se necesitan cristianos misioneros para vivir esta pasión universal en este mundo globalizado, pues hoy se conoce lo que está pasando en cualquier parte del mundo. Hace falta globalizar la espiritualidad, sentir una responsabilidad por lo que ocurre fuera de nuestras fronteras. Los cristianos no podemos renunciar a soñar por la paz en el mundo, a soñar que el mundo puede ser diferente. Esto significa no considerar a nadie como enemigo, no vivir la cultura de la sospecha hacia el otro. Y esto se puede vivir en comunidades pequeñas. Cualquier comunidad, por pequeña que sea, superando el provincialismo. Atender a ese gran desafío, hoy, de tantos refugiados y no convertir el Mediterráneo en un cementerio.

La fe implica un contacto directo con el mundo de los pobres. Siempre hay una buena noticia que comunicar y la pregunta es ¿de qué nos sentimos nosotros capaces de comunicar? Para mi, dijo, es paradigmático el pasaje de los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan acuden al templo y se encuentran a la puerta del templo (imagen totalmente actual hoy día en nuestras iglesias) donde se encontraba un cojo de nacimiento, al que todos los días llevaban y dejaban junto a la puerta llamada la Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Cuando el cojo vio a Pedro y a Juan, que estaban a punto de entrar en el templo, les pidió una limosna. Ellos le vieron, y Pedro le dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. ¡Qué escena! Es paradigmática. Invita a ir por el mundo mirando a los hombres y mujeres que yacen no solo en las puertas de las iglesias y levantar al que yace por miles de motivos, levantarlos y -al igual que el cojo que entró en el Templo, hacer que entren a formar parte de una comunidad sin fronteras.

Madrid, 23 de setiembre de 2019
José Manuel Coviella C.

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