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Criterios, sugerencias e interpelaciones para unas vacaciones cristianas –editorial Ecclesia

Criterios, sugerencias e interpelaciones para unas vacaciones cristianas –editorial Ecclesia

Agosto es en el hemisferio norte el mes vacacional por excelencia. En España, es, por ejemplo, el tiempo para los llamados destinos de interior y para los de sol y playa, amén de viajes culturales por otros países. En líneas generales, las grandes ciudades experimentan notables ausencias poblacionales, mientras que el mundo rural –ese mundo rural en España, tan alarmante como irresponsablemente olvidado y deprimido y, además, de modo cada vez más progresivo y hasta irreversible- parece revivir y retomar las precisas constantes vitales y la misma esperanza que la demografía se niega, otras muchas veces, a mantener.  Y agosto y las vacaciones estivales son un tiempo tan necesario como también apremiado de una buena utilización, máxime aún más desde parámetros cristianos.

En el delicioso libro epistolar Ilustrísimos señores, su autor, el cardenal Albino Luciani (después, Papa Juan Pablo I), dedica una carta a las vacaciones. Su destinatario es Pablo diácono, un monje e historiador franco-italiano del siglo VIII. En su carta, ese gran catequista que era Luciani realiza algunas afirmaciones tan valiosas y siempre actuales como estas: “Si nosotros nos vamos de vacaciones, el Señor no se las toma” y “turismo o no turismo, en vacaciones o fuera de ellas, lo primero y por encima de todo, nuestra alma”.

Por su parte, el cardenal Osoro, arzobispo de Madrid, ha escrito una carta y ha grabado un videomensaje sobre este mismo tema de las vacaciones estivales. En ellos, anima a aprovechar esta época para acercarnos al Señor, aprender de Él en la construcción de la cultura del encuentro y descansar, poniendo los agobios y preocupaciones ante Él.

Desde estos principios y premisas fundamentales, ofrecemos hoy, todavía en el alba del mes de agosto, algunas ideas y propuestas para unas vacaciones cristianas, para un tiempo de merecido y necesario descanso, en el que sin olvidar a Dios y el cultivo de la vida cristiana, crezcamos también humanamente. Y para hacerlo realidad, en la medida que sea posible, proponemos tres grandes criterios.

El primero es la familia. Y paradójica y lamentablemente constatamos, anualmente, que esta época del año, tan necesaria como anhelada, es, junto a los días de las fiestas navideñas, la que mayores registros deja, año tras año, de desavenencias y hasta rupturas y conflictos matrimoniales y familiares. Y ante esta triste y constatable realidad, nuestra sociedad debe reaccionar, haciendo examen de conciencia acerca de las causas que provocan la situación enunciada y del caldo de cultivo de los valores en que nos movemos. Las vacaciones han de ser una oportunidad para la reafirmación y el fortalecimiento de las familias desde actitudes permanentes de escucha, diálogo, encuentro, generosidad, perdón y reconciliación.

La segunda clave —en este caso, una mediación— que querríamos proponer es el aprovechamiento de las posibilidades pastorales que ofrecen los lugares habituales de vacaciones como son los destinos de playa, de montaña y del mundo rural. Especialmente en este último, cada verano, cada mes de agosto, se nos brinda a todos la oportunidad de recuperar y reavivar nuestras propias raíces cristianas. Y lo es gracias a la religiosidad popular, una de las realidades más hermosas y emergentes de la actual misión y hora de la Iglesia en medio de una sociedad cada vez más secularizada. Y la religiosidad popular, mediante los ciclos festivos de agosto en torno a la Virgen María y a algunos mártires y santos, se ha de fomentar, cuidar y hasta minar, pues puede ser un espacio privilegiado para el retorno o, al menos, el acercamiento, de tantos hermanos alejados. Y ello interpela a planificar, organizar y celebrar estas celebraciones y convocatorias desde criterios de acogida a todos y desde una consistente oferta de formación, de piedad y de praxis sacramental, incluido, por supuesto, el olvidado sacramento de la confesión.

Por último, el verano cristiano, junto al legítimo uso y disfrute de los bienes temporales y de los propios recursos económicos y materiales, ha de ser asimismo un tiempo apto y fecundo para desarrollar la dimensión social de la fe cristiana. Y esto, en una doble dirección: la toma de conciencia de la necesidad de unas vacaciones también respetuosas e implementadoras de la ecología integral y del ejercicio de la caridad y de la solidaridad. Y es que no hay que olvidar que, por ejemplo, uno de cada tres europeos (algo más en España) no puede tomarse ni una semana de vacaciones.

 

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