Carta del Obispo Iglesia en España

Cristo y María: la gracia de la misericordia, por César Franco, obispo de Segovia

Cristo y María: la gracia de la misericordia, por César Franco, obispo de Segovia

Hemos comenzado el Año 2016 con dos signos elocuentes de la misericordia de Dios. El 13 de Diciembre abríamos la «puerta del perdón» de la catedral, inaugurando así el Año jubilar de la Misericordia convocado por el Papa Francisco. El 1 de Enero se iniciaba en nuestra diócesis el primer Centenario de la coronación canónica de la imagen de la Virgen de la Fuencisla. Es hermoso pensar que el Hijo y la Madre coinciden en mirar a Segovia con especial ternura en estas celebraciones jubilares.

Cristo y María aparecen ya unidos en las primeras páginas del Génesis cuando se anuncia la salvación después de la caída de nuestros primeros padres. Dios, rico en Misericordia, no ha tardado en responder a la necesidad del hombre caído. Ha vuelto su mirada hacia él, y le ha tendido la mano para sacarle de la oscuridad del pecado y de la muerte.

A medida que Israel avanzaba en su historia, Dios le fue dando pruebas de su misericordia y renovando su alianza de amor, a pesar de los pecados que cometía. Uno de sus más grandes profetas, Isaías, anunció el nacimiento del Enmanuel concebido en el seno de una virgen. Al llegar la plenitud de los tiempos conocemos el nombre de esa Virgen: María. Y sabemos que en esa concepción virginal Dios nos ha dado el signo definitivo de su misericordia, que no tiene vuelta atrás. Dios se ha unido definitivamente a los hombres en su propio Hijo, que comparte con nosotros todo, menos el pecado. Cristo es la misericordia viva del Padre, en cuyo rostro contemplamos el amor infinito de Dios por el hombre. Y en María contemplamos la puerta del cielo, porque, como dice el beato John H. Newman, Dios mismo desciende a nosotros por ella para ungir nuestras heridas con el bálsamo de su misericordia. María es, junto a su Hijo, el don de Dios que nos permite disfrutar del perdón y la redención del pecado.

María no se explica sin Cristo. Y Cristo ha necesitado del «fiat» de María para hacerse hombre. Este vínculo entre Cristo y María hace que sus voluntades se unan de modo admirable y que sus corazones estén en perfecta sintonía. En las bodas de Caná, por ejemplo, María descubre la necesidad de los novios haciendo notar que les falta el vino de la salvación, no sólo el vino de la boda. Y reclama de Cristo la actuación de modo que manifieste su «hora», es decir, el momento de la salvación definitiva. Parece que María se anticipa a Cristo, con la intuición de la Madre que detecta las necesidades de sus hijos. Y Cristo accede a la súplica de su Madre, aunque deje claro que sólo a él le corresponde cumplir el tiempo de la salvación.

Al pie de la cruz, momento en que Dios manifiesta de modo definitivo su misericordia, María se convierte en Madre de la Iglesia por voluntad explícita de Cristo. Diciendo a Juan «ahí tienes a tu madre», se lo dice a cada cristiano y a toda la Iglesia representada en el apóstol fiel. La misericordia que Cristo ha tenido con nosotros dándonos a su propia Madre, hace de María la Madre de la Misericordia. Como una nueva Eva está llamada a reunir a los hijos dispersos y mantenerlos en la fidelidad a Cristo. Por eso san Agustín la llama «Madre de la Unidad». ¿Hay misericordia mayor que ésta? ¿Hay mayor gozo que sabernos acompañados por la Madre que ha llevado en sus entrañas al Hijo de Dios? ¿Existe mayor consuelo que el de saber que nunca seremos huérfanos en tantas orfandades como nos depara la vida? ¡Qué gran oportunidad nos brindan ambos jubileos, el universal y el diocesano, para repetir con el salmo, llenos de alegría: «Eterna es, Señor, tu misericordia». Así cantó María en su Magníficat y así cantará la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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