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Cristo y los Pobres, por el sacerdote Francisco Aurioles

Cristo y los Pobres, por el sacerdote Francisco Aurioles

En este año 2018 será beatificado en la ciudad de Málaga un sacerdote jesuita que se caracterizó a lo largo de su vida por ser el testigo y el apóstol incansable de la Misericordia, manifestada en el Corazón de Cristo.

Nació Tiburcio Arnaiz Muñoz en Valladolid el 11 de agosto de 1865. Con cinco años quedó huérfano de padre, y su madre tuvo que hacerse cargo de su educación como de la de su hermana. Fue un niño alegre y muy vivaz, entró en el Seminario a los trece años, pero para ayudar a la exigua economía familiar trabajó como sacristán en el convento de las Dominicas de Valladolid. A veces llegaba tarde y las monjas tenían que avisar a la recadera del convento para que abriera la iglesia, cosa que la mujer hacía, pero después regañaba severamente al seminarista, el cual no protestaba y callado aguantaba la reprimenda.

Al acercarse la fecha de su ordenación sacerdotal, las Dominicas lo notaban muy serio, llegando esa actitud a preocupar a su madre y a su hermana que pensaban que no quería “cantar misa”. Un día en el locutorio del convento se sinceró con una religiosa diciéndole: “Piensan en casa que no tengo vocación, Pero lo que me sucede es que cuantos más Ejercicios hago, mas temor tengo, porque veo más la dignidad sacerdotal y mi indignidad. Pero cada vez me siento con mayor vocación.” Fue ordenado sacerdote el 20 de abril de 1890, confiándole primero una parroquia en un pueblo de Valladolid y posteriormente otra parroquia en un pueblo de Ávila. En esos años obtuvo la licenciatura y el doctorado en Teología, en la Archidiócesis Primada de Toledo.

En 1902, a los treinta y siete años Tiburcio Arnaiz, ingresó en el Noviciado de la Compañía de Jesús en Granada. Dos propósitos hizo y los cumplió con fidelidad: “no pedir nunca nada y contentarme con lo que me den, y nunca me negaré a ningún trabajo bajo ningún pretexto”. Hizo sus primeros votos el 3 de abril de 1904. Durante los años posteriores fue asimilando la espiritualidad ignaciana y comenzó a dirigir tandas de Ejercicios Espirituales; también fue iniciándose en el difícil ministerio de las Misiones Populares de las que llegaría a ser maestro y modelo. Marchó a Loyola en 1911 y a año siguiente fue destinado a Málaga en donde realizó sus últimos votos el 15 de agosto de 1912. En 1916 estuvo un año destinado en Cádiz, y un año después regresó a Málaga, en la que permaneció hasta su muerte.

El núcleo de su vida era Cristo y los pobres; salvar almas, tantas almas de pobres no solo en lo material, sino también en lo espiritual. Trabajó mano a mano con San Manuel González, Obispo de Málaga, el cual lo apreciaba en gran medida y se valía del Padre Arnaiz S.J. para que preparara las visitas pastorales, sobre todo en los lugares más alejados de la diócesis, o especialmente dificultosos por las condiciones sociopolíticas de aquellos tiempos. Dio muchos Ejercicios Espirituales a sacerdotes, religiosas, maestros, a personas destacadas de la sociedad malagueña y a gentes sencillas de condición humilde. Este apostolado de los Ejercicios se prolongaba después en una intensa correspondencia con tantas personas que se acogían a su dirección espiritual. Su apostolado se extendió por toda la Diócesis de Málaga, así como por las de Cádiz, Córdoba, Sevilla y Granada.

            La devoción al Corazón de Jesús era el centro de su vida espiritual, “el que vive de mucha unión con Cristo participa de los afectos de su Corazón”. La penitencia y la mortificación de su persona eran proverbiales, pues tenía un vivísimo espíritu de reparación. Entronizó en cientos de casas al Corazón de Jesús para que fuese el centro y la vida misma de cada familia. En 1915 recuperó la procesión del Sagrado Corazón de Jesús manteniéndose desde entonces en Málaga dicha procesión.

La predicación de las Misiones Populares fue lo que más caracterizó el sacerdocio del Padre Arnaiz S.J.; en los pueblos por él misionados, reorganizaba o fundaba las Congregaciones Marianas, las Conferencias de San Vicente de Paul, el Apostolado de la Oración o la Adoración Nocturna, y si había un convento, ya fuese de vida activa o contemplativa, siempre atendía a sus necesidades. En Ronda incluso promovió la fundación del Monasterio de Carmelitas Descalzas, convento que cuidó con especial esmero hasta su inauguración, que por gracia especial del Señor fue el mismo día de su entierro.

Al terminar las Misiones volvía a Málaga y a veces, ni subía a la habitación de la Residencia, dejaba el maletín en la portería y marchaba a visitar enfermos, acudía a los hospitales malagueños o a domicilios. En sus visitas por los barrios de la periferia de la ciudad experimentó la hostilidad a la religión que se respiraba –una vez le tiraron una rata-, y fiel al Evangelio atendía a todas esas gentes lleno de compasión ante tanta ignorancia que era la causa principal de la animadversión a la figura del sacerdote. En los famosos “corralones” del Barrio del Perchel solía alquilar una habitación para poner en ella una improvisada escuela en la que además de enseñar a leer y a escribir, impartían las más básicas nociones de cultura general.

El Padre Arnaiz sufría en el alma el abandono de las gentes del campo, y en sus continuas Misiones Populares fue madurando un proyecto de evangelización nuevo y original. Sucedió que mientras predicaba en Pizarra, subió a un monte que domina todo el pueblo, a bendecir el monumento al Corazón de Jesús, y divisó desde la altura un grupo de casas en la Sierra de Gibralgalia; al oír que vivían allí varios cientos de personas abandonadas en todos los sentidos, allá se encaminó. No tenían ni iglesia, ni carretera. Pasó en la Sierra un día y una noche, y pudo constatar como aquellas gentes se volcaron con él, recibiendo la Primera Comunión casi todos los vecinos del pueblo.

De regreso a Málaga se encontró con una joven asturiana, María Isabel González del Valle, la cual le expresó que el Señor la llamaba a irse “por esos pueblos, con su casina a cuestas, dando a conocer a todos el Dios que tenemos”. En enero de 1922 echó a andar la tarea evangelizadora de las Doctrinas Rurales en una choza arreglada con lo mejor que tenían, para poner allí a Jesús Sacramentado y, con el ritmo de clases, catecismo y vida espiritual que iba marcando el Padre Arnaiz S.J., comenzaron su labor las primeras Misioneras Rurales.

A principios de julio de 1926, predicando en la provincia de Cádiz se sintió indispuesto, siéndole diagnosticada una bronquitis y una pleuritis. Fue trasladado a Málaga y obligado a guardar reposo pues tenía una fiebre muy alta. Cuando se corrió la noticia de la enfermedad del Padre Arnaiz S.J., la ciudad se movilizó acudiendo muchas personas a la Residencia de los Jesuitas. El 10 de julio le administraron los últimos Sacramentos. Cada vez que respiraba, decía que le parecía que le dieran una puñalada en los pulmones. Lo último que pronunciaron sus labios fue el himno “Te Deum” que lo fue recitando con el hermano enfermero que le atendía. A las diez de la noche del 18 de julio de 1926 entregaba su alma a Dios, el P. Tiburcio Arnaiz Muñoz S.J.

Se obtuvo de Roma y del Ministerio de la Gobernación la licencia para que fuera enterrado en la Iglesia del Sagrado Corazón. Su cadáver estuvo expuesto a la veneración durante tres días, formándose continuas colas para rezar ante su cadáver. Antes de ser inhumado en el crucero derecho del templo, fue llevado por las calles de Málaga por el mismo recorrido que realizaba la procesión del Corazón de Jesús que él había recuperado, siendo presidida por las autoridades civiles y militares, así como por el Obispo, D. Manuel González, el cual perdía a su más firme colaborador.

La devoción al Padre Arnaiz no ha disminuido a lo largo de más de noventa años, y el 10 de octubre de 2016 el Papa Francisco firmaba el decreto de Virtudes Heroicas, declarándolo Venerable, y el 18 de diciembre de 2017 el Santo Padre autorizaba la publicación del decreto del milagro para su pronta Beatificación.

Cristo y los pobres, necesitados del la Misericordia del Buen Pastor, he ahí la razón de la vida y de la santidad de este castellano viejo que se gastó sin condiciones en campos, pueblos y ciudades andaluzas, siendo llamado por todos, el Apóstol de Málaga.

Francisco Aurioles
Sacerdote de la Diócesis de Málaga

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