Iglesia en España

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!, por Vicente Jiménez Zamora, arzobispo de Zaragoza

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Domingo, 5 de abril de 2015

  ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!, por Vicente Jiménez Zamora, arzobispo de Zaragoza

            Queridos diocesanos:  “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Estas palabras del salmo 117 suenan a pregón de fiesta de la Pascua de Resurrección. La Iglesia, con gozosa emoción, anuncia a los cuatro vientos que Cristo ha resucitado.

Hoy nos felicitamos por la noticia siempre buena y siempre nueva: la Resurrección del Señor. Cristo muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida.

La Resurrección de Cristo es el milagro del comienzo de la vida nueva. Al árbol viejo de la humanidad vencida por el pecado y la muerte, como al olmo seco que cantó el poeta A. Machado, le han nacido nuevas hojas en la primavera de una Pascua florida.

Hoy damos gracias a Dios por la vida nueva, que brota a raudales del árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo.

Desde el acontecimiento trascendental de la Resurrección del Señor, un río de esperanza inunda nuestras vidas. Es una esperanza que no defrauda. El hombre actual está cansado de oír el reclamo de viejas ideologías que no dan respuesta satisfactoria y definitiva a los grandes interrogantes de la existencia humana. “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro” (Vaticano II, GS 10).

 

La Resurrección de Cristo nos pone ante la gozosa exigencia de lo nuevo. En la noche santa de la Vigilia Pascual todo es nuevo: la luz (el cirio), que nos hace testigos del gran Viviente Jesucristo. No somos fúnebres seguidores de un cadáver enterrado en la tarde del Viernes Santo, sino testigos alegres y esperanzados de Cristo Resucitado en el alba madrugadora del Domingo de la Pascua; el agua, símbolo del Bautismo, que nos hace hijos de Dios; el pan de la Eucaristía, que nos hace hermanos alrededor de la mesa de la unidad. Pero, sobre todo, es nuevo el hombre que renace en Cristo ‘por el agua y el Espíritu’ (Jn 3, 5). Si hemos sido sepultados con Cristo en su muerte por el Bautismo y nos hemos identificado con Él en su Resurrección, no podemos ser hombres viejos y de pecado (cfr. Rom 6, 3-11), hombres vencidos por al tristeza, el pesimismo o el miedo. Hemos sido ‘engendrados, por la Resurrección de Jesucristo, a una esperanza de vida’ (1 Ped 1, 3).

 La Pascua es el tiempo de la alegría, porque Cristo “es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida (Prefacio Pascual I). Finalmente triunfó la vida. Ahora la última palabra la tiene no la muerte, sino la vida, por eso podemos cantar de júbilo, porque Dios ha hecho maravillas.

El signo de una existencia cristiana es la verdadera alegría. Se trata de vencer a la tristeza y al miedo. Hay que formar comunidades pascuales, que vivan e irradien la alegría, aun en medio de las dificultades y pruebas. El mejor testimonio de la comunidad cristiana primitiva “unida en la Palabra, la Eucaristía y el servicio” era “la alegría y sencillez de corazón” (Hc 2, 47).

 En el tiempo de Pascua, volvemos la mirada y el corazón a la Virgen María, “causa de nuestra alegría”, y cantamos la antífona Regina coeli laetare. Aleluya: Reina del cielo, alégrate. Aleluya.

 Para todos vosotros, queridos diocesanos y hombres de buena voluntad, mis mejores deseos de una feliz Pascua de Resurrección.

Con mi afecto y bendición,

 + Vicente Jiménez Zamora

Arzobispo de Zaragoza

 

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