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Cristina Inogés, ante el Sínodo: «Tiene que ser una Iglesia tan inclusiva que cuando uno entre dentro pueda respirar hondo»

Emoción, Iglesia, oportunidad… Son las palabras más repetidas por Cristina Inogés en nuestro diálogo. Con su buena disponibilidad de siempre, accede a conversar justo antes de participar en una reunión en Roma. No puedo tratarla de usted, es colaboradora de ECCLESIA, compañera de camino, de diálogo y de escucha, cada una con su vocación, su forma; unidas en lo esencial. Nos une el amor a Jesús y a la Iglesia, el deseo de crear comunión y de proponer cambios poco a poco. Cristina es laica, teóloga y escritora, nacida en Zaragoza. Un día recibió un correo de la Santa Sede proponiéndole formar parte de la Comisión Metodológica del Sínodo y el sábado 9 de octubre en la apertura en Roma nos recordó que no debemos tener miedo «a reconocer los errores cometidos».

—Muy buenas tardes, Cristina. Algunos medios han destacado que estudiaste Teología en la Facultad de Teología Protestante de Madrid. Muchos han creído que no eras católica.
—Sí, el sábado, tras el momento de reflexión, hasta me han dicho: «Para ser protestante habla usted muy católico». Yo creo que todavía suena raro porque nos seguimos moviendo en unos parámetros y unas confesiones muy cerradas en sí mismas. Una cosa es lo que se estudia y dónde se estudia y otra, la confesión religiosa personal. Mi fe no ha cambiado a la protestante. Hablamos de ecumenismo, pero a la hora de la verdad creemos que si he estudiado en una facultad protestante tengo que ser protestante. Pues también se da al revés. Por ejemplo, hay muchos protestantes que estudian Derecho Canónico en nuestras facultades católicas, y a veces ni lo sabemos.

—Cuéntanos entonces por qué estudiaste en esa facultad.
—Yo quería estudiar Teología. En aquella época no se podía en el Seminario de Zaragoza. Es cierto que tenía otras posibilidades pero siempre era hacer Ciencias Religiosas, y yo quería Teología. Así qué busqué y terminé en esa facultad donde aprendí mucho y se me abrió la mente.

—Centrémonos en el Sínodo. ¿Cómo recibiste la noticia para formar parte de la Comisión de Metodología?
—Recibí un correo electrónico en el que me comunicaban que habían pensado en mí para esa Comisión y me pedía una respuesta en 24-48 horas. Lo pensé, lo recé… para mí la corresponsabilidad bautismal es algo fundamental en la Iglesia, por eso dije que sí, en coherencia con lo que creo. Te aseguro que no sé cómo mi nombre se propuso ni cómo he llegado a este camino tan hermoso. Si alguien había pensado en mí y Dios me brindaba esta posibilidad, tenía que aceptar. Así que dije que sí.

—¿Cuál es la función de esa Comisión?
—Hasta ahora la Comisión se ha dedicado a elaborar el Vademécum, que ya está a disposición de todo el mundo en la web del Sínodo y en la web de la Conferencia Episcopal Española (y también en la de ECCLESIA). A partir de ahora, nuestra misión no ha terminado porque todos permanecemos hasta octubre de 2023, pero ahora trabajamos de otra manera. Por ejemplo, ahora mismo (lunes 11 de octubre) acabamos de tener una reunión con la Comisión de Espiritualidad para ver la manera de unir esfuerzos para ayudar a las diócesis a elaborar planes, ofrecer materiales… En la Comisión Metodológica velamos por el desarrollo de la fase diocesana del Sínodo. Porque tan importante es esta fase como la de 2023. Se nos ha ofrecido implicarnos ahora en otras comisiones. Cada uno ha escogido según sus preferencias y, aunque yo estoy en foros de Teología sobre la sinodalidad y es a lo que me inclino, me pareció que la Comisión Metodológica y la de Espiritualidad van de la mano.

—Dialogar y trabajar con personas tan diferentes estará siendo muy enriquecedor.
—Es una gran oportunidad trabajar en la Comisión directamente con personas de los cinco continentes, que tienen experiencias eclesiales diferentes a la mía y algunos con una vivencia sinodal muy viva desde hace años. Para mí esto ha sido un gran descubrimiento, como un curso de Eclesiología, no actualizada sino actual. Es un regalo. Estar en una comisión no es un privilegio, no, es un servicio a la Iglesia que tiene una duración limitada en el tiempo. He tenido que trastocar mis planes para estar a disposición de este proceso que es histórico; es la primera vez que todo el Pueblo de Dios participa. Pero no es ni honor ni gloria, es un servicio a la Iglesia.

 

—Sí, pero hay personas que se sienten «representadas» en ti.
—Sí, es cierto, lo entiendo y no está mal. Pero hay que entender que es un servicio. Los días antes de la apertura leí en las redes que mi meditación «iba a ser sonada». No es mi estilo ni era el foro, yo no iba a hacer una reivindicación feminista, por ejemplo. El biblista Paul Béré y yo, que somos dos personas muy distintas, teníamos que hacer una reflexión sobre un texto que nos dieron, el Libro del Apocalipsis. Me puse a rezar porque esa meditación tenía que estar bien estructurada pero, sobre todo, bien orada. Es un Sínodo en el que nos jugamos mucho, no estamos para pasar el tiempo. Hemos hecho mucho daño y nos hemos hecho daño a nosotros mismos, pero no nos podemos quedar ahí, por eso conjugué la esperanza.

—El Papa habla mucho de la participación, de abrir las puertas, de escuchar a quienes se han ido. Pero ¿cómo llegar a los que ya no están?
—Tenemos que ser audazmente creativos. Los que se han ido no van a venir a llamarnos a la puerta. Si hay una palabra que va apareciendo constantemente es la de ser creativos, abrir nuestra mente y nuestro corazón. Uno de los fracasos de la Iglesia es el delito sexual; pero otro es empeñarnos en usar unas formas para un mundo que ya no es. Por eso, la fidelidad exige un cambio. No significa que vayamos a crear otra Iglesia o que vayamos en contra de todo. No, no, no. Tenemos que adaptarnos a los tiempos y esto no significa renunciar a lo que es esencial. Significa adaptar las formas, los momentos, los tiempos, los ritmos. ¿Qué pasa con estos alejados que no se van a acercar? Somos nosotros los que nos tenemos que acercar y, sobre todo, tenemos que ir a su encuentro con toda humildad y siendo muy creativos.
Pero no podemos pretender que las personas que están heridas aparezcan y se metan en un grupo de una parroquia o de un movimiento. Habrá que crear un cauce para que, discretamente y en su mayoría anónimamente, nos vengan a contar en qué les hemos hecho daño. Porque solo sabiendo esto, en qué les hemos hecho daño, sabremos cómo corregir los modos, las formas y los fondos.

—Otra de las claves de este proceso es la comunión. El problema es que muchas veces identificamos comunión con uniformidad, con pensar todos igual.
—La comunión no es eso. Hay personas en nuestra Iglesia que son directa y literalmente contrarias a la sinodalidad. Pero cada uno tiene su ritmo. Lo que está claro es que «parar» y sinodalidad son dos palabras que no se pueden dar a la vez.
Estamos iniciando un camino y hay personas que por decisión propia no quieren entrar. Pero es bueno tenerlas en cuenta, informarles, llamarlas… y cuando decidan integrarse en este camino… toda la compasión del mundo. Porque sinodalidad es compasión para acoger y acompañar a estas personas, para que se involucren plenamente en el camino sinodal. La comunión no es cuestión de pensar todos igual, eso es incompatible con este camino. La sinodalidad es diversidad.

—El Papa se está dirigiendo mucho a los obispos pidiéndoles que escuchen…
—Es que los obispos son los primeros animadores de sus comunidades. Se tienen que involucrar en animar, en sugerir, en entusiasmar y en abrir los brazos, simbólicamente, para tener el contacto directo con la gente. Porque en esta primera fase del Sínodo ellos también están implicados en la escucha. Tienen que escuchar y no lo pueden hacer de una manera inerte. Tiene que ser la misma escucha activa que vamos a practicar los demás. Por lo tanto, su misión es animar, entusiasmar, alentar y acoger. Por eso, el Papa yo creo que está haciendo mucho hincapié en esos aspectos.

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