Coronavirus Iglesia en España

Cristianos y peste: morir y vivir

José María Viadero contempla en segundo plano esta epidemia «con impotencia». Este religioso de la Orden de San Juan de Dios se ve obligado a no poder ayudar como le gustaría porque es persona de riesgo y ha tenido que aislarse, como el resto de sus hermanos de su comunidad. Viadero es el superior del Hospital San Rafael, en Madrid, y poco puede hacer aparte de «dar ánimos a dirección, al gerente, que son los que trabajan para sacar todo esto adelante». La situación para Viadero es radicalmente diferente a lo que vivió hace seis años, cuando era gerente de la Fundación Juan Ciudad, cargo que le llevó a ocuparse de la gestión de la crisis del ébola dentro de su orden. Entonces participó activamente en la respuesta a la crisis. De aquello sacó una lección que no para de repetir. «De todo ese periodo… pues que no podemos trabajar solos. Por mucha experiencia que los hermanos teníamos en África, con más de 50 años, esto era una cosa desconocida en la que nadie entendía qué pasaba», recuerda el religioso. Esta de hace seis años es solo la última lección que nos ha dado la historia sobre los brotes epidémicos. En todas ellas, la Iglesia ha ido también aprendiendo, viviendo, y desarrollando nuevas formas de espiritualidad y caridad.

Siglos II y III: La peste no es un castigo de Dios

Hay que irse muchos siglos atrás para encontrar, por primera vez, a los cristianos haciendo frente a una plaga. Sucedió en el siglo II, cuando eran un grupo muy minoritario, durante la llamada Peste Antonina. Por desgracia, hay pocos datos sobre cómo las comunidades cristianas vivieron aquella enfermedad. De lo que sí hay más fuentes es, un siglo después, de la Peste Cipriana, precisamente así llamada por los escritos de san Cipriano de Cartago. Entre los años 249 y 270, esta enfermedad que a día de hoy no podemos identificar, se expandió por las dos orillas del Mediterráneo. Fernando Rivas Rebaque, profesor de Comillas, muestra el contraste tanto de interpretación dela enfermedad como del cuidado de los enfermos entre cristianos y paganos. «Los paganos dicen: “Hemos tenido una grave crisis, ¿a quién echamos la culpa?”. Y hay un persecución por parte de Decio. Son como dos fenómenos colaterales: ven en la peste que los cristianos están creciendo, y que los dioses penalizan al Imperio enviándoles crisis», explica
La visión de los cristianos, en contraste, es muy diferente. «El esquema cristiano en el siglo III es evidente: esto no es un castigo divino, sino una prueba pedagógica que el Señor nos pone para enseñarnos que no estamos en el camino correcto», comenta Rivas. Destaca el valor de este pensamiento, «porque no le echas la culpa al otro». Quizá por eso se muestra especialmente crítico con algunas interpretaciones que, hoy día, pretenden ver la pandemia de coronavirus como un «soterrado castigo divino». Afirma, respaldado por el testimonio de Padres de la Iglesia, que «es el comportamiento más claramente pagano y específicamente anticristiano».
Esa mirada determinó una respuesta en len dos líneas: la atención y el cuidado, y la creación de nuevos hábitos. La primera la describe Dionisio de Dionisio de Alejandría, otra de las ciudades donde la epidemia causó estragos: «Y así tomaban con las palmas de sus manos y en sus regazos los cuerpos de los santos, les limpiaban los ojos, cerraban sus bocas y, aferrándose a ellos y abrazándolos, después de lavarlos y envolverlos en sudarios, se los llevaban a hombros y los enterraban. Poco después recibían ellos estos mismos cuidados, pues siempre los que quedaban seguían los pasos de quienes les precedieron».
Esta manera de comportarse es uno de los factores que explican el aumento del número de cristianos en el seno del Imperio Romano. «Incluso numéricamente, porque si tú cuidas a un enfermo, la posibilidad de contagio es grande, pero también de que se recupere. En cambio, si lo abandonas, la posibilidad de que muera es absoluta», puntualiza Rivas. Por otro lado, plantea la siguiente cuestión: «¿A quién te apuntas, al club de los cristianos, que te exige mucho y te paga todo? ¿O al club de los paganos, que no te exigen nada pero te dejan expuesto?». Por eso, después de la Peste Cipriana se registraron conversiones masivas al cristianismo. La historia que sigue es conocida: en 313 se promulga el Edicto de Milán por el que el cristianismo pasa a ser religión lícita y, en 380 el de Tesalónica, por el que se convierte en la religión oficial del Imperio. «Mientras el cristianismo es minoría, por muy cualificada que sea, todavía se puede permitir el Edicto de Decio, una persecución general aunque no directa. Cuando el cristianismo empieza a tener mayor crecimiento, ya no es posible plantearlo y lo único que se puede hacer es un edicto de tolerancia. Esto sucede en la historia en relación al número de creyentes que tiene la religión», analiza Rivas. El profesor recuerda que las pestes fueron solo un factor (significativo, eso sí), en la caída del Imperio Romano. Al mismo tiempo, se sucedieron otras crisis como la económica y la demografía, que, se calcula, pasó de 60 millones en el siglo II a 40 en el siglo III.

Siglos XIV y XV. La intercesión de los santos

Los siglos XIV y XV, el final de la Edad Media en Europa, fueron los de la llamada Peste Negra, que no fue uniforme. Así lo apunta Alfonso Esponera Cerdán, dominico y profesor emérito de Historia de la Iglesia en la facultad de Teología de Valencia. «Se calcula que cada diez o veinte años se producía un brote serio en algún lugar del área del Mediterráneo, que se expandía bastante rápidamente por las rutas de comunicación marítimas», explica. En aquella época, la espiritualidad estaba «marcada profundamente por un providencialismo que atribuía a Dios los acontecimientos, positivos y negativos, que ocurrían tanto individual como colectivamente». Llama la atención que, a diferencia de la época Antigua, sí era habitual la vivencia de las pestes como castigos procedentes de Dios.
Dentro de toda aquella espiritualidad, la intercesión de los santos era buscada. Así, nos encontramos con el ejemplo de Vannes, al norte de Francia, donde falleció san Vicente Ferrer después de prometer que la peste no entraría en esa población. En 1450 estalló un brote en Francia y Bretaña, que mató dos tercios de la población según el médico del rey Enrique II. En Vannes, durante el proceso de canonización de Vicente Ferrer, declararon lo siguiente: «Dicha ciudad estaba azotada por “una pestilencia tan encendida” que determinaron el 31 de octubre de 1453 quedarse en un lugar apartado de ella. Pero cinco días después el obispo de Vannes les comunicó que había cesado la pestilencia en la ciudad y que podían entrar seguros en ella». 300 testigos en el proceso de canonización declararon a favor de esta intercesión del santo, según explica Esponera.

Aprendizajes médicos en la Edad Moderna

«Esto no es nuevo, pero las personas desaparecemos». Así empieza a explicar la situación Francisco Benavides Vázquez, director del Archivo Museo de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, una de las que tienen como punto principal de su carisma el cuidado de los enfermos. Él es el responsable de guardar casi 450 años de una historia que empezó en el siglo XVI y que se ha documentado de manera desigual. La participación de los hermanos en un brote se documenta, por primera vez, en 1580 en la llamada infección del catarro. «Los contagios eran más lentos, porque no había globalización. En estos momentos, la infección ha tardado dos meses de España a China. Antes podría tardar cinco años, pero al final todo se contaminaba», comenta Benavides. Especialmente, las ciudades portuarias, lo que generaba momentos de tensión, como el vivido en 1794 en Málaga. «Una expedición de cuatro naves que procedían con prisioneros franceses e iba de Barcelona a Canarias tuvo una infección importante y atracó en Málaga. El concejo prohíbe que los hombres desembarquen, y son los hermanos de San Juan de Dios los que suben a los barcos y asisten a los infectados, sanando a todos», cuenta.
Durante la Edad Moderna, el poder social de la Iglesia hizo que jugara un papel clave. «Los obispos en esa época son los que tienen en su mano la estructura administrativa», comenta Benavides. También en Málaga, en 1677, fue el prelado de la ciudad quien solicitó ayuda a los hermanos de San Juan de Dios. La orden mandó a varios religiosos del hospital de Antón Martín y, ante el éxito que tuvieron, fueron enviados a otras localidades cercanas como Antequera, Ronda o Marbella. Aunque lo normal es que muchos hermanos de San Juan fallecieran como consecuencia de su celo por los cuidados. Durante la época del cólera asiático en 1885 en España, un médico de Ciempozuelos desarrolló un tratamiento que reducía la mortalidad al 10%, frente al 75% anterior. Los hermanos de San Juan fueron enviados a otras ciudades. «Murieron de 2 a 3 hermanos por ciudad, y eran expediciones de entre 8 y 10 religiosos», explica Benavides. En aquel momento, cuando la Orden se había acabado de restaurar, significó una merma en el número de hermanos pero, a la vez, un aumento de su prestigio, según recalca el historiador. «Han estado en primera línea siempre que la sociedad lo ha necesitado», afirma.

1918: Huelgas, Guerra Mundial y procesiones

Según la última estadística del INE, en España había 12.244 personas mayores de 100 años y 1.136 mayores de 105 años. Todas las del segundo grupo y muchas del primero vivían cuando se expandió la última gran pandemia a nivel mundial, la Gripe Española. Basta echar un vistazo a la hemeroteca para ver cómo, entonces, aquella crisis superaba con mucho a la actual. Al norte, una Guerra Mundial dando sus últimos coletazos y apenas un año de la Revolución Bolchevique. Dentro de nuestras fronteras, el sistema político mostraba signos de agotamiento y no sobreviviría ni cinco años más. Octubre de 1918 fue un mes con varias huelgas. Al tiempo que la epidemia hacía estragos y se celebraban corridas de toros, se celebraban procesiones. Así lo recoge el periódico vespertino La Acción el 28 de octubre de 1918: «La imagen de la Virgen de Begoña será sacada en procesión. En la Diputación se está preparando el salón del Trono, donde será depositada la imagen. Darán guardia diputados, concejales y militares. A la procesión asistirá el obispo, que acaba de llegar de Vitoria, donde también asistió a las rogativas».
Sacerdotes y religiosas fueron muy afectados y también se registran casos de solidaridad. Por ejemplo, el diario El Sol cuenta, el 19 de octubre de 1918, la dramática situación de las Hermanas de la Caridad en Almería, donde «la mitad» estaban enfermas de gripe, mientras «en el hospital, el hospicio, la casa cuna y el manicomio, los enfermos y asilados tienen hambre, pues las raciones que se les facilitan son escasísimas». Continúa el periódico comentando que el obispo, «dolido de este desastre, ha hecho donación de dos sacos de harina», al tiempo que afirma: «Censúrase la conducta de los diputados provinciales por desatender obligaciones tan sagradas». Otros puntos en común con nuestros días: se suspendieron clases y cerraron lugares de aglomeraciones públicas como teatros, por ejemplo.

Estar cerca

Casi cien años después, el brote de ébola. Desde la primavera de 2014 hasta el 27 de marzo de 2016 se contabilizaron 11.323 fallecidos de 28.646 contagios. Los países más afectados fueron Liberia, Sierra Leona y Guinea, además de algunos casos sueltos en otros países. Mientras que en Liberia fallecieron casi uno de cada dos infectados, en Sierra Leona murieron menos de un tercio. «Por falta de conocimiento del virus, como nos está pasando también aquí». Lo recuerda José María Viadero desde Madrid. A través de su cargo en la Fundación Juan Ciudad, siguió muy de cerca la realidad del hospital de de San Juan de Dios en Monrovia (Liberia). Lo primero que hicieron fue enviar, en agosto de 2014, una expedición para intentar abrir el hospital: dos religiosos y un laico. No pudieron cumplir con su objetivo, pero Viadero hace un balance muy positivo de aquella toma de contacto: «Los que estaban allí dijeron “no nos han abandonado, no les ha importado cómo estaba la situación”. Entonces, hago una metáfora: nosotros no solo hacíamos puentes, sino que los cruzábamos. Cuando hemos ido a un país no ha sido para un proyecto y ya está, sino para quedarnos con la gente». Viadero viajó en octubre a Liberia. Finalmente, consiguieron abrir el hospital a finales de 2014, que funcionó como maternidad y pediatría. «Eran las áreas más vulnerables, creíamos. El objetivo era que, tras abrir el hospital, no entrase ningún caso infectado. Hubo que cambiar, formar a la gente, crear circuitos seguros. Si entraba un sospechoso, debía quedar en observación fuera del recinto hospitalario hasta que iban a hacerle el test. Si eran positivos, se les llevaba al centro de internamiento», explica Viadero. De esta manera, con medios y conocimiento, participaron en la respuesta al brote de ébola permitiendo la atención a madres y niños en un entorno seguro. La decisión de tratar estos casos fue resultado de una coordinación con el resto de entidades que participaron en la respuesta. Viadero recuerda, entre otras instituciones, lo positivo que fue trabajar con Cruz Roja, «daban mucha experiencia y seguridad». Ellos se ocuparon del área de maternidad en el hospital de Liberia de los hermanos de San Juan de Dios. A nivel estatal, en Liberia se organizó un comité de crisis en el que participaba la Iglesia. Al mismo tiempo, la Iglesia tenía su propio comité que se reunía «prácticamente todos los días» y, con las informaciones transmitidas desde el gobierno, la Orden de San Juan de Dios «iba haciendo e implementando protocolos».
Otra de las lecciones que saca Viadero de la epidemia de ébola para la actual es «que tenemos que estar alerta desde el principio». Por eso explica cómo, en otros países, los hermanos de San Juan ya se están preparando, «y que no les coja el toro».

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