Zona Cero

Los cristianos ante la nueva normalidad

Pensé que la pandemia nos cambiaría, al menos, en algunas cosas vitales. La naturaleza nos ha mandado el claro mensaje de que en cualquier momento puede seguir su curso sin necesidad de que estemos nosotros en medio. No le servimos; es más, la destruimos. El confinamiento nos ha encerrado y la Tierra ha respirado, se ha desintoxicado, ha abierto paso a un aire nuevo, el cual, por desgracia, volvemos a contaminar.

Esto es solo un ejemplo de cómo nos enfrentamos a esta nueva situación tras la enorme amenaza que supuso –y aún lo hace en muchas ciudades y países del mundo– el coronavirus. Esto ha sido una prueba y mucho me temo, es mi opinión, que no vamos a sacar buena nota, al menos de momento.

¿Hemos cambiado? Quizá con la perspectiva del tiempo podamos contestar firmemente a esta cuestión, pero viendo al mundo hoy, creo que estamos lejos de cambiar ciertas actitudes y pensamientos. Partimos de una realidad impuesta tras una ardua tarea de años para imponer la idea global de que no importa pensar. No es necesario. Lo que es nuclear en nuestra sociedad son las emociones y no la razón. Alguien –muchos– se han empeñado en fomentar este pensamiento único y ha calado en nuestra vida, sobretodo en los jóvenes y en no pocos adultos. Las noticias que vemos aquí, bien cerca de nosotros, no son nada halagüeñas: volvemos a las trincheras; bajamos el nivel pedagógico a lo absurdo; nos creemos las fakes news; nos guían líderes en muchos sectores de la sociedad sin la preparación ni la seriedad debidas, mucho menos ante una pandemia histórica como esta; reanudamos nuestras seguridades fijadas en guetos ideológicos sin importar el adversario al que llamamos ya enemigo. Ante un mundo con más acceso a la cultura, a la libertad, a la seguridad, a la educación, a los alimentos, a la sanidad, a la conectividad… hay intentos de reventarlo basado en pretextos caducos, en imponer sistemas que se han demostrado ser barbaridades garrafales y en amedrentar a quienes buscan fraternidad basada en la razón y en el humanismo. Hay que ser consciente de esta situación para despertar de este letargo donde solo hay cabida para lo mundanamente correcto y no para la verdad.

Fue el Papa Francisco el único líder mundial que nos hizo repensar la vida. En aquella plaza vacía, con millones de miradas pegadas al televisor, a la radio, al móvil o a la tablet, fue él quien nos advirtió de la necesidad de cambiar y de abandonar esas falsedades e hipocresías y enmendar nuestros errores. ¿Quién no se vio apelado en sus palabras? ¿Dolían? ¡Claro que dolían! Muchos nos sentimos cómplices de un modo de vida alejado de lo que Dios quiere para la Humanidad. Pero hoy, cuando la pandemia va remitiendo en nuestro país y en buena parte de Europa y Norteamérica, volvemos a lo banal y a lo intrascendente. Volvemos a dejar de pensar para guiarnos por emociones presentes sin calcular la onda expansiva que puede producir. Estamos a tiempo pero soy pesimista –o quizá un optimista bien informado, como se suele describir a quienes queremos ir a mejor pero la realidad nos frena–. Son muchos los intereses que quieren perturbar el mundo pero somos muchos también los que queremos devolverlo a lo que la pandemia nos estaba provocando y lo que el Papa nos recordó en una vacía plaza de San Pedro en marzo de 2020 donde se desenmascaró nuestra vulnerabilidad y nuestras falsas y superfluas seguridades con aparentes rutinas salvadoras: «Que se caiga el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar y que dejaron al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos, esa pertenencia de hermanos».

¿Os imagináis que tras la pandemia fijáramos el objetivo de resolver las injusticias y discrepancias sin mentiras, falsas acusaciones, dudosas intenciones o centenarias revanchas –donde por cierto ya no están ni siquiera sus protagonistas– con el único ánimo de convivir libre y afectuosamente, donde respetáramos a nuestros mayores, cuidáramos de toda vida humana, protegiésemos a las personas más pobres y dignificáramos toda actividad laboral? En esta sociedad ansiada de perdón y reconciliación, ¿os imagináis un mundo postpandemia en el que se cumpliese el deseo de Dios de amarnos unos y otros? En un planeta que clama por su futuro, ¿os imagináis cuidando de toda la Creación? ¿Quién querrá violentar pues esta nueva normalidad? ¡Despertemos y actuemos! Los cristianos tenemos un papel fundamental en el futuro.

 

 

 

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