¿Cristianos o ideología?, por César Franco, obispo de Segovia
Carta del Obispo Iglesia en España

¿Cristianos o ideología?, por César Franco, obispo de Segovia

¿Cristianismo o ideología?

Lo más original del cristianismo, en el conjunto de las llamadas religiones, es que el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Jesús no es un profeta más, ni un líder religioso, ni un maestro de moral como tantos otros. Es Dios mismo, como afirma sin tapujos la revelación del Nuevo Testamento a través de palabras e imágenes. Los cristianos dan culto a Cristo como a un Dios, decía un escritor de los primeros años del cristianismo. Se explica, pues, que la fe cristiana sea, en principio, lo más opuesto a una ideología, a un sistema de pensamiento con pretensiones de totalidad. Ser cristiano consiste en acoger a Cristo en la propia vida personal; reconocerlo y adorarlo como Dios y Señor. En el mundo pagano que le tocó vivir a san Pablo, poblado de divinidades, el apóstol afirma que para los cristianos «sólo hay un Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de él» (1Cor 8,6).

Cristiano es aquél que mantiene una relación personal, viva y directa con Cristo. Lo hace confesando su condición divina, en la liturgia y en la vida ordinaria, y orienta y proyecta su vida desde Cristo, porque sólo él le libra del pecado y de la muerte. Los cristianos pertenecen a Cristo, son suyos por el simple hecho de que los ha redimido. La vida diaria se convierte así en un seguimiento personal de Cristo, que es la última referencia de nuestros pensamientos, deseos y actos. Cristiano, decía san Agustín, viene de Cristo. Se refería al nombre de «cristiano», pero puede aplicarse a la vida entera del bautizado. Y Kierkegaard afirmaba que el cristianismo era Cristo. Así de sencillo. Una persona que encierra en sí misma todos los dogmas de la fe.

De ahí que el mayor atentado que puede hacerse contra el cristianismo es reducirlo a una ideología, por buena y atractiva que parezca. Si esa ideología no comporta la adhesión de todo nuestro ser a Cristo, el cristianismo se desmorona. El gnosticismo ha sido, por esta razón, la negación misma de la fe cristiana: porque la reduce a un «conocimiento» de verdades, en su mayoría crípticas, incapaces de salvar.

Si tomamos los evangelios, donde se conserva la genuina tradición sobre Jesús, observamos que Cristo invita a los hombres a su seguimiento, a estar con él, a compartir su misma vida. No es un maestro de doctrina al uso, un formulador de enseñanzas éticas o religiosas. Jesucristo se muestra a sí mismo, habla de sí y de la salvación que ofrece, de manera que quien lo acoge, se adhiere a él y es invitado a vivir y permanecer en él. Por eso Cristo establece los sacramentos, que son los cauces para lograr que su propia vida se realice en nosotros: nos bautiza para que seamos incorporados a su Cuerpo; nos unge con el crisma, para que vivamos fortalecidos por su verdad; nos alimenta con su Cuerpo y Sangre para que, como dice el evangelio de este domingo, habitemos en él y él en nosotros. La estructura sacramental de la Iglesia es la consecuencia lógica de la Encarnación de Cristo, porque nos permite participar en la vida de Cristo que se nos da a través de los elementos sensibles de los sacramentos, animados, como es obvio, por el Espíritu, Señor y Dador de vida. Es imposible ser cristiano en plenitud sin participar de los sacramentos. Los sacramentos cristianos son lo más opuesto a una ideología: en ellos se hace patente Cristo, su perdón, su vida, su salvación. Por eso dijo que quien tuviera sed, bebiera de él el agua viva; y cuando cura a enfermos y resucita a muertos, muestra que posee la vida de Dios que nos trasmite por medio de la humanidad que le hemos prestado. He aquí el gran intercambio del que habla la tradición cristiana: Dios ha tomado nuestra carne para poder comunicarnos su Espíritu. Este es el núcleo de la fe cristiana.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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