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Cristianos, ideologías y ambientes

Cristianos, ideologías y ambientes

Es generalmente sabido que en todos los partidos políticos hay quienes se llaman cristianos. La verdad es que resulta difícil juzgar de la verdad de esta manifestación y, en todo caso, medir la consistencia de la fe profesada con palabras y obras. Lo que ocurre es que de todos los partidos políticos surgen críticas a la Iglesia que dan a entender el desconocimiento de la realidad eclesial y de lo que significa y lleva consigo la fe cristiana fundada en el Evangelio.

Podemos hacer el esfuerzo consiguiente para entender que, en política, como en otras dimensiones de la vida, lo mejor no siempre es compañero de lo posible; que los gobernantes han de atender las necesidades del pueblo concreto al que gobiernan teniendo en cuenta su situación conjunta, que es plural en muchos aspectos. Esto, ciertamente, dificulta la aplicación directa de la doctrina social de la Iglesia, aunque sus bases no pertenecen exclusivamente a la novedad del Evangelio, sino que brotan de la misma ley natural inscrita por Dios en el corazón de todos los hombres.

La experiencia nos da muestras de ciertas paradojas cuyo sujeto es una variadísima y abundantísima cantidad de personas, Así lo parece cuando cualquiera defiende lo que considera que son sus propios derechos. Pensemos en la defensa de las propiedades personales e institucionales propias. Tengamos en cuenta la  misma defensa de la vida cuando la que se pone en juego es la propia. No olvidemos la defensa de la justicia que cada uno exige a los demás, e incluso manifiesta que constituye su ideal de pensamiento  y de acción. Así podríamos continuar hasta aludir a las cuestiones más importantes, más debatidas socialmente, y más significativas en lo que se refiere, sobre todo, a los derechos fundamentales de la persona: derecho a la vida, derecho a la libertad de  la educación, derecho a la información verídica, derecho a la salvaguarda de la propia imagen sin ser víctima de la calumnia, de la insinuación maliciosa o de la confusión consciente entre lo que significa la acusación todavía no demostrada y la condena en un justo juicio.

Todo ello va creando en la sociedad, y sobre todo en determinados ámbitos más influenciables o más predispuestos, un ambiente de maldad que no responde a la verdad. Y ya sabemos que no hay peor mentira que una verdad a medias. De este modo va creciendo en casi todos los ámbitos un cierto pesimismo, una seria desconfianza e incluso una peligrosa agresividad.

Ante este panorama la progresiva solución requiere dos cosas, al menos, con verdadera urgencia: una, la defensa valiente y sin sombras de la verdad y de los derechos fundamentales que brotan de la ley natural y que afectan a la naturaleza de las personas. Otra, el rigor en las noticias, en los discursos políticos y en las intervenciones públicas de cualquier ciudadano, para no deformar la verdad dando lugar  a un peligroso pesimismo social, a la desconfianza absoluta, o a la  errónea convicción de que ya todo puede hacerse porque lo hicieron y hacen impunemente los que debían dar ejemplo.

No obstante, al hablar de lo que es necesario conseguir, como base de la reforma personal y social de que hablamos, debemos tener muy presente que los grandes cambios y las reformas sociales importantes no pueden ir separadas del cambio personal que debemos procurar cada uno. Los políticos, los educadores, los padres de familia, los empresarios, los obreros, etc. no son un cuerpo cuyo campo de cultivo sea distinto de la sociedad concreta en que han crecido y viven. Por tanto, salvo casos verdaderamente ejemplares de todos conocidos, tenemos que admitir que el ambiente familiar, educativo y social ha de ser construido con todo cuidado con la colaboración de todos.

Esto no quiere decir que nadie puede enseñar la verdad y la justicia sin ser un héroe de estas virtudes. Cualquiera debe  enseñar la verdad objetiva sin hacerla depender de su propia historia, aunque la mejor lección es el testimonio. Pero debemos reconocer que, en el camino hacia la verdad, hacia la justicia y hacia el recto comportamiento personal en todas sus dimensiones, todos somos peregrinos hasta el fin de nuestros días.

La enseñanza de cada uno ha de ser, en las gentes honestas, una llamada a sí mismas para la revisión personal y para el estímulo renovado en el camino del bien.

A pesar de todo ello, nada podemos hacer con garantías de acierto, si no nos planteamos muy seriamente cuál es la esencia de nuestro propio deber, cuáles los caminos de verdad a recorrer, cuáles las ayudas que necesitamos para no errar ni desfallecer, y cuál debe ser la medida de nuestra valentía en la defensa de la verdad. De ello tenemos claros ejemplos en el santo Evangelio. Hay que leerlo, pues, con atención y meditarlo con auténtica voluntad de hacerlo vida en nosotros.

+ Santiago

Arzobispo de Mérida-Badajoz

 

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