En un lugar...

Cristianos de ficción (II): La Monja Guerrera y los elegidos de Dios

No tiene ni siquiera nombre, aunque sea uno de los pocos personajes interesantes de una serie que ha salido este verano en Netflix y que no pasa de entretenida. Es, simplemente, la Madre Superiora. Hablo de la serie La monja guerrera, y lo hago porque en esta segunda semana de agosto quiero acercarme a productos que son más bien para un público joven-adolescente.

La Orden de la Espada Cruciforme. Ese es el nombre de una congregación secreta de monjas, dirigidas en última instancia por un cardenal, que solo él conoce sus secretos. Fundadas en la Edad Media durante las cruzadas después de que un ángel le diera una reliquia, el “halo”, a su fundadora, aquella monja que elija esta reliquia será La Monja Guerrera. A ella le corresponde la tarea de liderar a sus hermanas en la tarea de dar palizas a los demonios con armas hechas de un metal celestial llamado divinium.

Planteado así, el argumento parece un despropósito. Lo es. Además, a cada capítulo que pasa, se abren nuevas grietas a la verosimilitud de este mundo fantástico. Como en la escena en la que dos monjas de esta orden, ataviadas con escapularios negros y cota de mallas hasta la cabeza, tras pelear más de 15 minutos seguidos en el puerto de Málaga a pleno sol, dicen: “¡Cuidado, que nos van a descubrir!”.

Y a pesar de todo, a la serie no se le pueden negar dos cosas. La primera, que resulta incluso entretenida. La segunda, quizá consecuencia de la primera, que estuvo durante varios días entre lo más visto en Netflix en España.

En esta serie hay, sin embargo, un tema interesante que nos introduce la madre superiora con cicatriz en el ojo y cara de mala, pero de buen corazón en el fondo. Cuando la Orden de la Espada Cruciforme la quiso nombrar ‘Monja guerrera’, la reliquia la rechazó porque “no era digna”. El ser digna o no de ser elegida por la reliquia (y, por tanto, por Dios), es un debate que permea todos los capítulos de la primera temporada de esta serie.

La imagen que se da es la de que para que Dios encargue una misión a alguien, uno debe de hacer méritos hasta llegar al nivel de destreza y pureza deseados. Y esto, creo, es el mayor equívoco de la serie respecto al catolicismo, que no son pocos. Monjes guereros, curas y cardenales corruptos y secretos en el Vaticano… de eso algo sí que ha habido en diferentes momentos.

Lo que no es nada cristiano es querer pensar que Dios elige a personas que se hacen dignas de ello. Más bien es al revés: primero es Él quien se fija en nosotros, antes incluso de nacer, y luego cada uno responderá o no a su vocación. Lo contrario sería un pelagianismo peligroso en el que, hay que decir, a veces caemos en la propia Iglesia desde nuestra perspectiva humana.

Eso es algo que ya vemos desde los relatos del Antiguo Testamento. El rey David es el más pequeño de la familia más pequeña de Israel. Jeremías dice a Dios que es un niño, y Dios le responde que tranquilo; Jesús es hijo de un carpintero y los Doce y sus discípulos se encuentran entre lo menos selecto de la sociedad. Y así en toda la historia.

Print Friendly, PDF & Email