Firmas

Cristianizar la muerte, por Teresa García Noblejas

Observo cómo desde hace tiempo, en días como hoy y con el afán de dar noticias de actualidad, los medios de comunicación cuentan anécdotas, negocios, curiosidades en torno al final de la vida de las personas. Novedades del estilo lo que cuesta un entierro con la crisis o empresas que rastrean por Internet referencias a un difunto para vendérselo a la familia. Y eso, por no citar esos recintos fríos, no exentos de detalles frívolos y cuidadosamente desprovistos de símbolos religiosos, que son los tanatorios.

Vestida de lujo o pobre, lo cierto es que la muerte sigue esperándonos. En Prehistoria e Historia Antigua se sabe cuáles de nuestros ancestros tenían algún tipo de creencia religiosa porque enterraban a sus muertos. De ahí que la visión que tengamos de la muerte tenga mucho que ver con la concepción que tengamos de la vida. No es anecdótico que en la iconografía cristiana aparezcan numerosos santos (en San Jerónimo es característico) meditando, leyendo o rezando con una calavera al lado para tener presente en lo que nos vamos a convertir. Pero en un primer plano contemplan siempre un crucifijo con la imagen de aquel que venció a la muerte.

En una sociedad secularizada la muerte es únicamente un negocio, un tabú o un motivo de desesperación y de depresión. La cuestión es si nosotros, los cristianos, nos sumamos de hecho a la mentalidad dominante de que la vida eterna no existe y todo acaba con la muerte, cuando la certeza de la resurrección es una de las verdades fundamentales de fe que proclamamos en el Credo. Sin Dios ni vida eterna, la muerte efectivamente es el final del camino y eso genera frustración y desesperanza. La muerte es un misterio, pero también la vida (el cómo llegamos a ella) es un misterio y aquí estamos sin que ni los científicos ni los astrólogos ni los filósofos sean capaces de explicar por qué estamos en el mundo y tenemos unas características únicas e irrepetibles.

En su segunda encíclica, Spes Salvi, Benedicto XVI nos recuerda que es precisamente la creencia en la vida eterna, con todo lo que significa, el fundamento de la esperanza cristiana. Y con gran agudeza desgrana los motivos del recelo de muchos de nuestros contemporáneos hacia el más allá, entre otros una especie de aburrimiento y miedo al vacío.  Y es que, siguiendo el texto, nos aclara el Papa que la vida eterna no es un «sucederse días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad». La totalidad no es otro que Dios, que es Amor y que nos espera eternamente «para recibirnos en la gran fiesta de la vida» (Ángelus, 6 de noviembre de 2011) en la que, naturalmente, estarán todos nuestros seres queridos y de alguna manera misteriosa se hará presente el amor y la misericordia que hayamos derramado y qué será el tema único del Juicio final.

 

 

 

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