Carta del Obispo Iglesia en España

Creados a imagen de Dios, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez Martínez

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Creados a imagen de Dios, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez Martínez

Cada ser humano es querido y amado por Dios de una manera única y completamente personal. Al crear al hombre, Dios lo hace a su imagen y semejanza, concediéndole participar de ciertos atributos divinos, como son la inteligencia, la libertad y la capacidad de amar. Por esto, todo ser humano está llamado a participar de la misma vida de Dios, llegando incluso a gozar de la plenitud de la vida divina. Aquí radica el fundamento más hondo de la dignidad de la persona, dotada de alma espiritual.

Pero, además, los cristianos afirmamos que el hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios porque, de alguna forma, le representan en el mundo al haber sido constituidos señores de la creación visible y porque, en virtud de su condición espiritual, tienen la capacidad de hablar con Dios como un amigo. Podríamos decir que Dios crea al hombre para establecer con él una alianza de amor y para hacerlo hijo suyo, semejante a Jesucristo, el primogénito entre todas las criaturas. En este sentido, la Sagrada Escritura nos recuerda que Dios nunca interrumpe el diálogo de amor con el hombre a pesar del pecado.

Es más, este diálogo amoroso de Dios con el hombre llaga a su punto culminante con la donación de su Hijo muy amado por nuestra salvación. Por medio de la entrega de Jesucristo, Dios ha querido reconciliar consigo a todos los seres, a los del cielo y a los de la tierra. Al resucitarlo de entre los muertos, en cumplimiento de las enseñanzas de las Escrituras santas, Dios inaugura la nueva creación, es decir, inaugura el nuevo cielo y la nueva tierra, renovados y transfigurados por la gloria inmensa de Jesucristo.

Admirado por el incomparable regalo de Dios a la humanidad, sin mérito alguno por su parte, el evangelista San Juan nos invitará a caminar por la vida como auténticos hijos del Padre celestial, acogiendo su misericordia y asumiendo que aún no se ha manifestado plenamente lo que seremos algún día. Cuando veamos a Cristo cara a cara, seremos semejantes a él, porque entonces le veremos tal cual es” (I Jn 3, 2).

Contemplando este regalo de Dios a sus criaturas, no resulta difícil entender que Dios crea al hombre, no porque tenga necesidad de él, sino para hacerlo partícipe de sus beneficios. Dios invita al ser humano a seguir sus enseñanzas y a cumplir sus mandatos, no porque necesite de sus servicios, sino porque le ama y desea hacerle partícipe de su salvación. Esto nos permite descubrir el sentido de la vida humana y nos ayuda a descubrir la razón última por la que los seres humanos experimentamos en lo más hondo del corazón el deseo de absoluto y de plenitud.

Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, posee un alma espiritual, en la que lleva una semilla de eternidad… irreductible a la sola materia (GS 18). Ofuscado en su inteligencia por el pecado, el hombre alteró esta primera imagen de Dios y, como consecuencia de ello, perdió toda su belleza, descubrió que estaba desnudo y se avergonzó de sí mismo.

Gracias a la venida de Cristo al mundo, el ser humano es revestido de una belleza nueva, la belleza de la filiación divina: somos hijos en el Hijo. En virtud de la muerte y resurrección del Señor, todos hemos resucitado a la vida nueva y somos invitados a andar en justicia y santidad. Por eso, los cristianos hemos de ver nuestra vida y la realidad del mundo a la luz de Cristo, tomando la cruz de cada día y avanzando con alegría con pos de Él, para llegar a participar en plenitud de su victoria sobre el poder del pecado y de la muerte: “Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22).

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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