Creación, piedad popular y arte sacro, ejes para unas vacaciones cristianas – editorial Ecclesia
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Creación, piedad popular y arte sacro, ejes para unas vacaciones cristianas – editorial Ecclesia

Vacaciones cristianas
Vacaciones cristianas

Creación, piedad popular y arte sacro, ejes para unas vacaciones cristianas – editorial Ecclesia

El mes de agosto marca en el hemisferio norte el tiempo de las vacaciones, del necesario descanso estival. Un tiempo que desde la óptica e interpelación cristiana está también llamado ser oportunidad de enriquecimiento humano, cristiano y eclesial y que como tal ha de ser aprovechado. Y es que las vacaciones jamás ser una ocasión para evadirnos de la realidad, ni para vivir de modo paralelo o virtual. La armonía de la existencia humana requiere saber integrar adecuadamente los tiempos de trabajo y de actividad ordinaria con los de descanso y vacaciones.

Por ello, proponemos vivir este mes vacacional por excelencia a partir de tres ejes fundamentales. El primero de ellos es la creación, es el de aprovechar el tiempo libre para descubrir y redescubrir el inmenso don de la creación y a vivirlo con responsabilidad. Para ello, una referencia inexcusable es la encíclica de Francisco Laudato si`, de hace tres años, que sigue siendo una imprescindible guía para nuestra relación con la creación y con el Papa denomina en ella la ecología integral.

Y esto, por nuestra parte, a través de tres propuestas concretas. La primera es el respeto y cuidado por la naturaleza. Playa y montaña son los destinos vacacionales más habituales. Y en ellos podemos encontrar numerosas oportunidades al respecto y para saber encontrar en su belleza la huella del Creador.

Además, las vacaciones estivales, sobre todo en el mundo rural, han de servir para que asumamos el reto de devolver esperanza y vida –y de modo continuo, no solo un mes o unas semanas al año- a nuestros pueblos y aldeas.  El mundo rural, y también muy singularmente en España, está abandonado, olvidado y deprimido, de modo alarmante, progresivo e irresponsable. Y no cuidar nuestros pueblos y aldeas es una actitud temeraria, suicida, desagradecida, insostenible ecológicamente hablando y que nos privará a todos de las raíces y de los valores que nos han forjado como personas y como cristianos.

Las vacaciones cristianas significan potenciar la ecología humana. Esto es, no será sincero ni fecundo nuestro cuidado de la naturaleza y nuestra promoción del mundo rural si descuidamos las relaciones sociales, personales y familiares. Las vacaciones han de servir para la reafirmación y el fortalecimiento de las familias y de las verdaderas amistades, desde actitudes permanentes de escucha, diálogo, encuentro, generosidad, paciencia, perdón y reconciliación.

Las vacaciones no son un tiempo para tomar también “vacación” de nuestra vida de fe. Todo lo contrario.  De ahí que la Iglesia deba reforzar una oferta pastoral adecuada a la realidad estival. Cada verano, cada mes de agosto, se nos brinda a todos la oportunidad de recuperar y reavivar nuestras propias raíces cristianas. Y lo es gracias a la piedad popular, tesoro tan valioso y preciso máxime en medio de una sociedad cada vez más secularizada.

Y la religiosidad popular, mediante los ciclos festivos estivales en torno a la Virgen María y a algunos mártires y santos, se ha de fomentar, cultivar y hasta minar, pues puede ser un espacio privilegiado para el retorno o, al menos, el acercamiento, de tantos hermanos alejados. Y ello interpela a planificar, organizar y celebrar estas celebraciones y convocatorias desde criterios de acogida a todos y desde una consistente oferta de formación, de piedad y de praxis sacramental, incluidos, claro, el olvidado sacramento de la confesión y la misa dominical.

Y todo ello sin olvidar el ejercicio de la caridad y de la solidaridad, también en vacaciones. La caridad no se puede ir de vacaciones. Bastaría con que nos dejáramos interpelar por el hecho de que uno de cada tres europeos (algo más en España) no puede tomarse ni una semana de vacaciones. O baste con recordar la llegada incesante a nuestras costas de tantos cientos de hermanos migrantes y refugiados, que huyen de la miseria y de la violencia.

Por último, las vacaciones nos ofrecen asimismo una renovada oferta de contacto y de encuentro con el arte sacro, con el patrimonio cultural, que, España, es tan extraordinario y amplio y está tan repleto de evidentes y hermosísimas señas de identidad cristiana. Es la llamada vía de la belleza, vía que, como la creación, se convierte en una plataforma segura para que el encuentro con Dios. ¡Y son tantas, más aún en verano, las posibilidades que tenemos para recorrer este camino, que no hacerlo sería un desperdicio irresponsable!

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