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Cracovia 2016, una nueva JMJ y mucho más de la mano de Francisco – editorial Ecclesia

Cracovia 2016, una nueva JMJ y mucho más de la mano de Francisco – editorial Ecclesia

Las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) son, sin duda alguna, una de las iniciativas eclesiales más fecundas y hermosas de las últimas décadas, como lo avalan el seguimiento tan multitudinario que concitan y la siembra tan abundante de evangelización que conllevan. Tan evidente es esto que no es necesario en absoluto abundar en cifras, datos y testimonios que lo corroboren. Basta con abrir los ojos y contemplar la realidad.

Fue Juan Pablo II quien, a partir de 1985, puso en marcha esta iniciativa, que ha sabido encajar y adaptarse a la sensibilidad y a las expectativas de los jóvenes de ya varias generaciones. San Juan Pablo II dejó impresa en las JMJ  su enorme  experiencia en la pastoral juvenil y su huella y su carisma personal, y la organización de la convocatoria encontró, singularmente desde 1997, en la edición de París, algunas de sus características más acusadas y sobresalientes,  que sigue, con las modificaciones  precisas, formando parte de su ADN. La peregrinación –sobre todo desde la JMJ de Santiago de Compostela en 1989-, la fiesta, el encuentro, la oración –singularmente desde la JMJ 2005 Colonia-, la celebración de la fe, la multinacionalidad, interculturalidad y catolicidad –bastaría para confirmar estos rasgos sus ya treces sedes internacionales distintas en cuatro continentes-   y la misión –aquí es preciso evocar las JMJ Manila en 1995, Sídney en 2008 y Río de Janeiro en 2013-  son las expresiones  de este auténtico kairós del Espíritu.

Pero es que, además, la importancia y el don de las JMJ no es solo su celebración, sino que lo es también su preparación (“el día de antes”) y el posterior seguimiento de la misma (“el día de después”). Y en esta línea, ha de seguir trabajando nuestra Iglesia, intensificando, sobre todo, el recién referido “día de después”.

La robustez de la iniciativa ha quedado, además, avalada con los sucesivos  relevos ya de tres Papas. Y tan verdad es decir que la JMJ es de Juan Pablo II, como lo fue de Benedicto XVI, como ahora lo es de Francisco. Todo lo cual significa que la JMJ es de todos, es de la Iglesia y al servicio de la misión de esta en medio de nuestra humanidad, luminosa y herida.

Por todo ello, la celebración durante estos días de la trigésima primera JMJ –la décimo tercera con carácter internacional- ha de ser reconocida, en primer lugar, como una renovada gracia de lo Alto, como una nueva oportunidad para que nuestra Iglesia siga dedicando lo mejor de sí misma en pro de los jóvenes, que son no solo su futuro inmediato, sino ya su mismo presente.

En segundo lugar, la JMJ 2016 Cracovia ha de ser recibida y vivida como un nuevo y merecido homenaje al Papa Juan Pablo II y como una actualización de su extraordinaria figura y legado.

En el marco del Año Jubilar de la Misericordia, la JMJ 2016 Cracovia y la impronta personal del Papa Francisco nos llevan asimismo a calificar esta edición como la de la JMJ de la Misericordia. Si París 1997 fue la JMJ de la catequesis y de los DeD (Días en las Diócesis), si en la JMJ 2000 Roma se puso especial énfasis en la visibilización del sacramento de la confesión, si la JMJ 2005 Colonia lo hizo en la oración y en la adoración eucarística, si –lo dijimos ya antes-  Manila 1995, Sídney 2008 y Río 2013 fueron las JMJ misioneras por excelencia y si Madrid 2011 abundó, sobre todo, en la toma de conciencia de la identidad cristiana y en su compromiso público, Cracovia 2016 lo hace en la misericordia, como glosamos también en las páginas 6 a 8 de este mismo número de ecclesia. Así y de la mano de Francisco, el Papa de la misericordia y el Papa de los preteridos, los miles  y miles de jóvenes de esta JMJ –y con ellos toda la Iglesia y toda la humanidad de buena voluntad- son testigos y depositarios durante estos días, así como fueron durante su preparación, de encuentros e iniciativas dirigidas a enfermos, marginados, refugiados y necesitados.

Demos gracias a Dios, pues, por esta nueva JMJ. Acompañémosla con el interés, el seguimiento y la oración y abrámonos a su don y a su reto, que urge a todos a las bienaventuranzas y a la misericordia.

 

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