Congreso de Laicos Última hora

Corresponsabilidad

Con el avance del mes de julio nos vamos adentrando de lleno en el verano y, con él, en las vacaciones. Este año lo haremos en un contexto ciertamente distinto, marcado por la pandemia del COVID y sus consecuencias sociales y económicas. Es un tiempo de descanso, pero también de programación del nuevo curso que llegará en septiembre y que, sin duda alguna, vendrá marcado en una parte importante por las conclusiones del Congreso de Laicos; también por la extraordinaria situación que estamos viviendo. En nuestro caso, se trata de concretar a través de nuestros planes pastorales cómo podemos ser Iglesia en Salida, implicando al conjunto del Pueblo de Dios, para responder a la misión que Dios nos ha encomendado de llevarle a los hombres y mujeres de hoy.

Todos sabemos que los planes y proyectos no son ni el único ni el principal instrumento a tal fin, sino que la clave está siempre en dejarse guiar por el Espíritu, en cuidar nuestro interior para que sea Él quien oriente y aliente nuestras acciones personales y comunitarias como Iglesia. Pero sí constituyen una forma clara, concreta y eficaz de canalizar unas y otras, dirigirlas hacia objetivos comunes, generar comunión y hacer posible la sinodalidad. Ahí radica la fuerza de la programación pastoral, tal y como hemos experimentado en el proceso seguido para hacer realidad el Congreso de Laicos.

Efectivamente, los órganos eclesiales, los planes y programas, las estructuras, no son lo fundamental ni en la vida ni en la acción de la Iglesia. Lo esencial es, sencillamente, la oración, la celebración de la fe —en particular, a través de la vivencia de la Eucaristía— y la acción caritativa y evangelizadora. Sin embargo, unir las diferentes vocaciones —sacerdotal, a la vida religiosa y laical— y conciliar los distintos carismas para buscar que celebración y acción, más allá del ejercicio personal, responda colectivamente a objetivos comunes, resulta también necesario.

Ello es particularmente importante desde la perspectiva de los fieles laicos, pues, junto con la vivencia de los sacramentos y la colaboración en actividades eclesiales concretas, participar en los órganos en los que se adoptan decisiones a nivel diocesano y parroquial también nos ayuda a descubrir nuestro ser Iglesia. Ciertamente, corresponde al obispo la triple función de enseñar, santificar y regir; pero para ello se vale de la colegialidad y de la participación, por medio de la consulta y de la colaboración, de todo el Pueblo de Dios. También, por tanto, de los fieles laicos. No en vano, la corresponsabilidad laical en la toma de decisiones ha estado muy presente en las aportaciones planteadas por los congresistas en los grupos de reflexión.

La Iglesia no es un ente abstracto. Su concreción pasa por su configuración como sociedad, lo cual lleva a no poder prescindir de la importancia de la organización y de las estructuras. Una organización y unas estructuras que han de promover la participación y el ejercicio de la corresponsabilidad y que han de servir para potenciar la acción caritativa y misionera de la Iglesia.

Aquí los laicos tenemos un papel muy relevante, al que no podemos ni debemos renunciar, en coherencia con nuestra dignidad bautismal, cada uno según sus dones y carismas, todos desde el amor y la comunión. Amar a la Iglesia implica también comprometerse en su dinámica interior para contribuir a la mejora, allí donde sea necesario, de su acción exterior.

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