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Encuentro formativo para moderadores de las celebraciones en ausencia de presbítero en la diócesis de Plasencia
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Corresponsabilidad en la Misión

Dice Pablo Milanés eso de yo no te pido que firmes diez papeles grises para amar. Ana García-Heras, que pertenece al instituto secular Misioneras Apostólicas de la Caridad, recuerda esta canción al hablar de un papel que sí le han firmado para amar, pero que tiene más de color que de gris. El 24 de agosto, ella y dos comunidades religiosas femeninas recibieron encargos pastorales y litúrgicos por parte de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, firmados por el obispo, Luis Ángel de las Heras Berzal cmf, ahora administrador diocesano y obispo electo de León. Unos nombramientos que, en cierta manera, vienen a certificar unas tareas que ya se realizaban antes, y que se han intensificado en este primer trimestre del curso.

Ana Gacía-Heras es, desde finales de agosto, «coordinadora de Cáritas, Catequesis y Pastoral de la Salud en Caranza (Ferrol); y coordinadora del servicio religioso con dedicación plena en el CHUF», en la unidad pastoral (UPA) Caranza-O Pilar, de nueva creación. Pero ya venía realizando estas tareas desde que llegó, hace 16 años, al barrio de Caranza. Y, aunque no se necesiten papeles para amar, en este caso tienen mucho sentido, tal y como explica la protagonista: «Este reconocimiento para mí es importante, sobre todo de cara a los demás». Y, especialmente, García-Heras piensa en algunos sacerdotes a los que les cuesta situarse ante esta nueva realidad de misión compartida.

Luis Ángel de las Heras explica la motivación de los nombramientos que él mismo hizo. «Quería que ellas tuvieran un reconocimiento para que, al presentarse en una parroquia, no se tratara de un designio puntual del párroco, sino un encargo pastoral estable», explica el administrador diocesano de Mondoñedo-Ferrol. Y va más lejos. «Junto a las religiosas, para esto, también habrá laicos, pero de momento está en discernimiento». Un discernimiento que también ha tenido que hacerse para Ana García-Heras y las dos comunidades religiosas (Misioneras de Acción Parroquial y Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado), aunque en este caso su consagración y carismas facilitaba la reflexión.

Al mismo tiempo, De las Heras explica que los responsables últimos de las parroquias son los párrocos. Lo que se ha hecho es constituir «un equipo pastoral», pero «algo diferente al Consejo Pastoral, ya que es otra realidad marcada por el Código de Derecho Canónico».

Más novedades: la UPA en la que participa Ana García-Heras es un nuevo proyecto, con un nuevo párroco. Esta Misionera Apostólica de la Caridad había estado siempre participando en la parroquia de Santa María, y ahora llega el momento de construir algo diferente que, según observa, tiene buena acogida por parte de la comunidad. También, con preparación. «Durante cuatro sábados, a través de la Escuela de Agentes de Pastoral de la diócesis, tuvimos sesiones de formación online sobre las UPAs, en la teoría y en la práctica. Estas formaciones las seguimos desde la parroquia y ayudaron a tomar conciencia de la realidad, a saberse corresponsables, discípulos y misioneros en este nuevo contexto». Precisamente, el contexto ha sido aún más nuevo con un «año muy peculiar en todos los sentidos, pues apenas hemos podido vivir con cierta normalidad debido a la covid-19». Una pandemia que García-Heras ha vivido de manera especialmente intensa desde la capellanía del hospital y desde Cáritas, a la vez que difícil por la elevada edad de los voluntarios. «Pero Dios no abandona a los suyos. Surgió así la ayuda de un voluntariado más joven proveniente de las cofradías de Semana Santa, que este año no pudieron procesionar. Con ellos hicimos un gran equipo y pudimos atender las necesidades durante estos meses duros y así continuamos atendiendo», explica.

«La misa de las monjas» no es una misa

Una novedad especificada dentro de los nombramientos diocesanos a las dos comunidades religiosas especifica que son «moderadoras de celebraciones litúrgicas». En estos dos casos, el nombramiento es comunitario y es algo que el administrador diocesano subraya. «En esto he puesto de relieve la comunidad, que se dedica íntegramente a esta misión», comenta De las Heras.

Mª José Carrero Ronco es una de las Misioneras de Acción Parroquial de Vilalba, quienes llegaron a la diócesis el 24 de octubre de 2019, formando una nueva comunidad de cuatro religiosas: Mª Eugenia Alegre González, Juani Álvarez Ramos, Ana Cobo Molino, y ella misma. Lo hacían después de un diálogo con el entonces obispo, Luis Ángel de las Heras, y con la tarea de acompañar a los sacerdotes. En el día a día su misión fue desvelándose y ya en sus primeros meses fueron conociendo la realidad social, de la que han germinado nuevos proyectos como el de clases de español a mujeres marroquíes a través de Cáritas.

A la vez, haber vivido esta aventura en un año tan difícil les ha supuesto alguna dificultad extra, salvada porque la vivencia ha sido de persona a persona, en las distancias cortas. «Saludar a la gente, participar en las celebraciones dominicales, y un contacto directo de tú a tú, de persona a persona, y a partir de un día te dicen: “Oye, venid a casa”. Así está siendo nuestra labor en las aldeas, aparte de la dimensión litúrgica». Esta labor se vio muy dificultada cuando llegó el confinamiento.

En su caso, el reconocimiento no afecta al día a día pastoral, ya que su actual vivencia se encuentra en consonancia con su carisma. «Nuestra primera palabra es “misioneras” y, luego, “de acción parroquial”», explica Carrero. Tampoco es una novedad el tener que moderar las celebraciones en ausencia de presbítero. «Nosotras lo hemos hecho siempre. Aquí, al principio tuvimos que explicarlo y fuimos muy bien acogidas», señala la religiosa, aunque reconoce que hay quien popularmente les ha puesto a sus celebraciones la etiqueta de «la misa de las monjas». En el caso de su unidad pastoral, la mayor reticencia no se presenta los domingos, sino con los fallecimientos y las misas de difuntos, en cuyo lugar se celebran exequias. «Les cuesta un poco más», observa Carrero. También observa que otro de los retos es el de la dispersión geográfica. Con una población envejecida, a veces cuesta que se trasladen de un lugar a otro para las celebraciones. Para Carrero, este es el siguiente paso en su labor pastoral, con la riqueza añadida que tendría el poder reunir a más personas en la celebración.

Ahora, en la diócesis de Mondoñedo-Ferrol están a la espera de nuevo obispo. Carrero asegura que el cambio les «desconcierta», debido a que el proyecto «está empezando». Pero esa no es, ni mucho menos, la mayor incógnita para el futuro. Al menos, así lo piensa Ana García-Heras. «Me preocupa la falta de compromiso de la gente mas joven, y me cuestiono cómo lo estamos haciendo para que se dé esta falta de implicación. A pesar de que no hay muchos jóvenes, puede que no les dejemos el espacio suficiente». Y expresa el deseo de que «en un futuro inmediato se trabaje más y mejor en equipos, planificando, revisando, etc., en un clima normal contando con los laicos».

Zaragoza, más allá de Zaragoza

Otra Iglesia particular que vive el cambio en la llegada de un nuevo arzobispo es la de Zaragoza. Basta con salir de la capital para encontrarse con un Aragón rural, de población dispersa y envejecida, donde los inviernos se abonan al cierzo y al bajo cero. Allí, las mujeres también cobran protagonismo en las Unidades Pastorales.

Es el caso de Sofía Gotor, matrona jubilada, que participa en la UPA de Daroca desde hace tres años, una unidad que abarca 28 pueblos en la zona limítrofe con la provincia de Teruel. Tres sacerdotes son los responsables de esta UPA, y se apoyan en un amplio equipo de laicos para llevar a cabo su misión. En el caso de Gotor, el sacerdote responsable, con quien se coordina a la hora de moderar la liturgia, es Sergio Pérez. El funcionamiento, explica Gotor, es el siguiente: «Vamos de dos en dos, y cada pareja tiene asignados dos o tres pueblos, los mismos para que nos conozcan. Nosotros, por ejemplo, íbamos primero a Manchones y Villanueva de Jiloca, y luego cambiamos este último por Murero».

En el caso de Zaragoza, como en el de Mondoñedo, influye enormemente la escasez de sacerdotes. Entre tres no pueden llegar a celebrar en las 28 localidades y, de hecho, tampoco lo hacen ahora que los cierres perimetrales de municipios en la comunidad autónoma obligan a los sacerdotes a intensificar su trabajo. Lo explica Sergio Pérez: «Tenemos divididos los pueblos entre aquellos a los que se va el sábado y a los que se va el domingo. Los primeros son los más pequeños, no van los seglares y el sacerdote, cada 15 días. Desde que hay cierre perimetral, los presbíteros vamos a todos los pueblos de domingo, los más grandes». Por ejemplo, el pasado domingo 22 de noviembre, Pérez presidió la celebración en dos pueblos extra, precisamente en aquellos donde Gotor anima la liturgia de la Palabra.

A la hora de moderar las celebraciones en espera de presbítero, Gotor le dedica tiempo, esfuerzo y ganas: «Personalmente, lo preparo mucho, ya que es una gran responsabilidad. La Iglesia deposita en ti la confianza para que presidas la celebración. Y tienes que pensar en los fieles para acercar la Palabra a los destinatarios». Por ejemplo, en verano, con las visitas de familiares, suelen cambiar quienes acuden a las celebraciones dominicales.

Uno de los elementos que ha supuesto una grata experiencia para Isabel es, precisamente, la aceptación de la gente de los pueblos, que «es muy agradecida», subraya. También tiene palabras de agradecimiento a los sacerdotes responsables de las unidades pastorales, quienes presentan a los laicos antes de que acudan ellos solos ante los pueblos.

Asumir la misión, reto para el laicado

En abril de 2019, varios representantes de cada arciprestazgo de Plasencia fueron a un encuentro para formarse en cómo moderar celebraciones de la Palabra en espera de presbítero. Eran un total de 22 personas: 20 laicos y 2 religiosas. Uno de ellos es Jesús Gómez Medinabeitia, arquitecto y hermano mayor de la Cofradía de Jesús de Medinaceli de Navalmoral de la Mata. Después, en diciembre del año pasado, al tiempo que se otorgaban los ministerios laicales a varios seminaristas, se realizaba el envío, por parte del obispo, de los laicos que se habían preparado para moderar las celebraciones. «Tenemos una encomienda episcopal, y luego es el párroco quien te llama y te dice: “Mira, este fin de semana necesito que vayas tú a animar la celebración”», explica Gómez, quien a menudo oye en su teléfono la voz de Leopoldo Hueso, el párroco de Navalmoral de la Mata, y también de otros seis pueblos. Y no es solo responder a una llamada en el sentido literal de la palabra, sino también en el vocacional y religioso: «Es una colaboración plena con el sacerdote, en colaboración estrecha». Esto se manifiesta, por ejemplo, en la preparación de las celebraciones de la Palabra. Preparan conjuntamente la monición de entrada, las reflexión de las lecturas, y las peticiones. De esta manera, se trata de favorecer la comunión a través de la liturgia.

Eso sí, desde que el culto público regresó después del confinamiento, «quizá la celebración se ha sintetizado a lo esencial y haya perdido la pompa que tenía, pero la gente sí ha agradecido que la Iglesia se haga presente en esas poblaciones». En el caso de Jesús, esas poblaciones se refiere a Valdehúncar y a Las Casas de Belvís, sobre todo. Al igual que cuentan Ana, María José o Sofía, él no tiene más que buenas palabras por la acogida recibida. «La gente mayor te dice: “Gracias por venir”, y que una persona de 80 o 90 años te lo diga es la mayor satisfacción», asegura. Y, sobre todo, reclama la necesidad de que los laicos asuman la responsabilidad, que sí, que es grande, pero que es Dios quien capacita y hay que estar abierto. En su caso, hay quien ya le conocía anteriormente debido a su faceta profesional. «Me ha llegado a pasar alguna vez que, como tengo actividad profesional en esos pueblos, alguien me ha dicho: “¡Tú vales para todo!”. Y es una riqueza que la gente vea cómo un laico que ejerce su profesión y actividad diaria, tiene también tiempo el domingo para celebrar su fe». Y no solo eso: también le sirve de conversación en otros ambientes. Cuando alguien pregunta por sus planes de fin de semana, es una ocasión inmejorable para «que la gente vea con naturalidad que un laico se compromete con esa corresponsabilidad que tanto hemos reclamado».

Otro de los aspectos que cuida es diferenciar las celebraciones de la Palabra de las misas. Para ello da mucha importancia a lo simbólico. «En una ocasión tuve dos monaguillos y se quedaban desconcertados porque no me revestía. Entonces les expliqué que no soy presbítero, y el por qué de la celebración. Si esto les puede llamar al sacerdocio… ¿por qué no?».

Luis Ángel de las Heras: «Es la coincidencia de una realidad mundial»

Menos sacerdotes y escasez de vocaciones al presbiterado. Esta realidad se está viviendo en España, sobre todo en las diócesis rurales, y en parte camina pareja a la propia evolución demográfica de un país que en los últimos años ha concentrado aún más población en las grandes ciudades, mayoritariamente joven.

Los nombramientos pastorales diocesanos a dos comunidades religiosas femeninas y a una consagrada de un instituto secular se encuentran enmarcadas en un proceso con un objetivo más amplio: «La transformación misionera de la diócesis», en palabras del administrador diocesano de Mondoñedo-Ferrol y obispo electo de León, Luis Ángel de las Heras. Detrás de esto, un proceso de discernimiento. «Es la plasmación de una realidad, en la que la disminución de todas las vocaciones nos ayuda a estar más unidos y a caminar juntos en toda la tarea misionera y evangelizadora», reflexiona. Una situación que, lejos de inducir al lamento, puede servir de oportunidad. «La necesidad nos ayuda a ser más Iglesia. En lugar de quejarse, habrá que aprovechar lo que trae de bueno», añade.

Esta no es una realidad solo de España. En otros lugares del mundo católico también se buscan alternativas para atender pastoralmente pueblos y comunidades. Es el caso, por ejemplo, de la Amazonía: en la celebración del Sínodo se planteó la cuestión, y el Papa Francisco respondió en Querida Amazonía que «en una Iglesia sinodal», las mujeres deberían tener funciones y servicios eclesiales que «implican una estabilidad, un reconocimiento público y el envío por parte del obispo». Pero Galicia no es la Amazonía, señala De las Heras, que lanza una reflexión al respecto: «Es la coincidencia de una realidad mundial y eclesial que impone este tipo de caminos. Creo que Querida Amazonía discierne con elementos diferentes a los de aquí, donde hemos llegado a la misma conclusión con otros factores».

Aunque en todo cambio hay una oportunidad, y De las Heras afronta con ilusión su nueva etapa en León, también una diócesis con mucha población rural. Explica que le «gustaría» poder hacer nombramientos similares en su nueva sede episcopal. Entre las facilidades que puede encontrarse, la amplia presencia de vida consagrada femenina en su nuevo destino.



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