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Corpus Christi, por Cristina Inogés

Tan pronto es un bebé como un niño, un joven como un adulto, una pareja o una familia al completo. Está llegando como puede; andando o bordeando los espigones marítimos, intentando mantenerse a flote en las nocturnas aguas mediterráneas. Lo han soltado como resultado de una pataleta infantil, pero en versión de adultos, en la que solo importa mi yo, mi ego. Los han soltado como quien mina una frontera en tiempos de guerra. Para algunos son solo eso, elementos de presión. En realidad son el Corpus Christi de nuestros días.

Celebramos la fiesta del Corpus Christi. Sería interesante recordar que el título más antiguo era Festum Eucharistiae, porque sí, este día celebramos que Cristo sigue presente con nosotros en la Eucaristía y, por eso, también deberíamos recordar que Cristo, además de partir y compartir el pan y el vino, lavó los pies de los presentes. Hoy sigue habiendo muchas formas de lavar los pies de quienes se acercan a nosotros.

Da igual que sea ese prójimo al que vemos todos los días, o el que llega exhausto a nuestras costas y se derrumba en los brazos de un voluntario que lo acoge, o esa funcionaria encargada de la seguridad que comparte la leche con la que amamanta a su hijo, con un bebé entumecido por el frío. Esos bebés, niños, jóvenes, adultos, parejas, y familias son el Corpus Christi que hoy viene a nuestras vidas. Son el mismo que en el libro del Apocalipsis (3, 20) dice: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo».

Si algo caracteriza a esta fiesta es su procesión con los suelos cubiertos de alfombras de flores, las ricas custodias trabajadas por los orfebres, la música, y los niños lanzando pétalos de flores. Pero, ¿qué significa realmente la procesión? ¿Qué debería ser para nosotros? Es un recordarnos que somos peregrinos y que, de alguna manera, todos somos hijos de un «arameo errante» (Dt 26, 5), que ese movimiento que realizamos al andar nos transforma o debería. También podemos apreciar que, en la procesión, el tiempo es lento y paseamos más que nada porque, en cualquier momento, alguien puede incorporarse a esa procesión, alguien que viene de lejos, geográfica o existencialmente hablando, y si vamos a buen paso será difícil que nos alcance. Y no podemos dejar a nadie atrás. Los tiempos que transitamos, ciertamente turbulentos y cambiantes, nos brindan la posibilidad de vivir «la procesión» del Corpus Christi, como espacio de encuentro donde nadie va a excluir a nadie, porque esa procesión la encabeza quien aceptó a todos y por todos vivió, murió y resucitó. Que no se pueda celebrar como otros años por las circunstancias que atravesamos, no significa que no podamos vivir la experiencia de sentirnos reconciliados con tantos caminos recorridos a lo largo de nuestra vida; no significa que no podamos vivir el encuentro con quien es el Camino, la Verdad, y la Vida.

Hagamos de este Corpus Christi una acogida transformadora que, aún viviendo lejos de los lugares donde Él llega hoy a nuestras vidas sorteando peligros de todo tipo, sea tan cálida y tan llena de las enseñanzas del Maestro que consiga hacer de nuestras vidas el hogar que muchos vienen buscando.

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», nos dice el evangelio de san Juan (1, 14). Y sigue habitando, viviendo, y llorando como aquel Dios que, tomando la carne que había creado, se hizo como uno de nosotros.

Corpus Christi, en el cuerpo de nuestros hermanos.

Por Cristina Inogés
Laica, teóloga y escritora
@Crisinogessanz



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