Cartas de los obispos Última hora

Corazón de la Iglesia y del mundo, por José Ángel Saiz Meneses

El lema de 2020 es «Con María en el corazón de la Iglesia». María es paradigma de la vida consagrada contemplativa, que está llamada, como ella, a habitar el corazón de la Iglesia. Os recomiendo releer aquella página tan conocida del diario de Santa Teresa del Niño Jesús, en la cual describe cómo encontró su propia vocación dentro de los múltiples carismas con que Dios enriquece a la Iglesia:

«Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos(…). Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno. Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: “Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor(…). En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado”».

La vida contemplativa es discreta y escondida, pero está presente en todo. No se trata de miembro más entre los otros, sino que representa el amor, aquello que vivifica y sostiene a todos los miembros. María es la memoria del amor de Dios en Jesús, y la vida contemplativa es la memoria del amor de Jesús en la Iglesia; por eso, el lugar de la vida contemplativa coincide con el lugar de María: el corazón del cuerpo místico de Cristo. Hoy es, pues, un día propicio para recordar y agradecer la vida de tantos hombres y mujeres consagrados a la vida de contemplación, una vida oculta y fecunda para la Iglesia y el mundo; una vida que nos muestra la luz de Dios.

La vida consagrada contemplativa custodia el amor de Cristo, que es la realidad central de la fe. Con María en Belén, mantiene viva la confianza en ese Dios que, por puro amor, se encarna y nace para salvación de todos. Con María al pie de la cruz, genera a su alrededor la paciencia y la perseverancia de quien se sabe acogido por las entrañas compasivas de Dios Padre en toda circunstancia, también en medio de dificultades y sufrimientos, como estamos viviendo ahora. También irradia al mundo la alegría de vivir. Con María en las bodas de Caná, contagia ese gozo que solo conoce quien ha probado el don del Espíritu Santo, que es un anticipo del gran banquete del Reino.

Los contemplativos son, en el corazón de la Iglesia, el amor. El infinito amor de Dios que María conservó en su corazón para la vida del mundo. Amor que hoy, aún más, alienta la esperanza. Nos encomendamos a María, nuestra Madre, y le pedimos que ayude a los miembros de la vida contemplativa a vivir como corazón que vivifica la Iglesia y el mundo.

+Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrasa

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