Diócesis

Corazón con corazón

amadeo

Queridos hermanos sacerdotes:

Este año, en el día en que nuestra Diócesis celebra la fiesta de nuestro patrón, San Juan de Ávila, es para nuestro presbiterio un gran honor el tener entre nosotros la reliquia de su corazón. La Diócesis de Córdoba, que tiene la suerte de poseerla, ha tenido la generosidad de enriquecer este acontecimiento ayudándonos a evocar el ministerio apostólico de quien es un gran referente de santidad sacerdotal para todos nosotros. ¡Qué bien haremos si por consejo de Juan de Ávila, ante su propio corazón, abrimos el nuestro al de Cristo! “Ábrele el corazón, y abrirás el tesoro con que más se huelga. Ya abrió Dios sus entrañas y su corazón. Por aquel agujero del costado puedes ver su corazón y el amor que tiene. Ábrele el tuyo. Sobre todo, metámonos, y no para luego salir, más para morar, en las llagas de Cristo, y principalmente en su costado, que allí en su corazón, partido para nos, cabrá el nuestro y se calentará con la grandeza del amor suyo”.  Sólo en el corazón de Cristo se fortalece la caridad pastoral y aprendemos cómo cuidar a su rebaño.

Por ahí apuntan también los textos de la Sagrada Escritura que acabamos de escuchar. San Pedro, Pastor que apacienta a los pastores, nos dice refiriéndose al Pueblo de Dios al que servimos: “mirad por él”; y para motivarnos en ese cuidado amoroso nos dice: “como Dios quiere”. Para indicarnos cómo es el querer de Dios, primero nos advierte de lo que no podemos permitirnos: “no a la fuerza”, “no por sórdida ganancia”, “no como déspotas”. Y después nos recomienda que lo hagamos “como modelos del rebaño que nos ha tocado en suerte y con entrega generosa”.

Pedro sabe muy bien, porque participó como uno más de las debilidades de sus hermanos los apóstoles, cómo hay que estar junto al rebaño: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”, le escuchó decir al Señor. No hay otro modo de participar en el sacerdocio de Cristo: “Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna como el que sirve”. El servicio es imprescindible en los trabajos del Reino, sólo el servicio sitúa en la intención del corazón de Cristo. No servir y utilizar el sacerdocio para otros fines, lo adultera todo y nos sitúa al margen de los verdaderos deseos de Dios en favor de los hombres.

Pedro es también el protagonista de una aclaración definitiva sobre cómo entrar en la misión de la Iglesia. En su forcejeo con Jesús para no dejarse lavar los pies comprende que el enviado no es más que quien lo envía. Porque deja hacer a Jesús acepta la encomienda de que hemos de lavarnos los pies unos a otros. Os animo, hermanos sacerdotes, a entrar en la misión diocesana con esta actitud de servicio recibido y ofrecido. Sólo el servicio nos puede abrir a la conversión pastoral a la que llama el Papa Francisco a la Iglesia de este tiempo. Sólo el servicio nos proyecta hacia las necesidades de nuestros hermanos y hermanas. El que no está dispuesto a servir, tampoco estará dispuesto a evangelizar, es decir, a tocar la carne herida de los hombres y mujeres de nuestros pueblos y ciudades.

Sólo el que está dispuesto a servir podrá encontrar la respuesta a una pregunta que razonablemente quizás todavía le ronde a algunos: ¿Por qué la misión? ¿Para qué la misión? Enseguida descubriremos, como Pedro: “ante todo porque yo la necesito, porque yo tengo que dejarme evangelizar”, tengo que dejarme lavar los pies. Nadie puede ser misionero si no acoge la misión en su corazón. El Señor primero nos sirve y luego nos envía. Ese es también el itinerario de la misión diocesana: discípulos misioneros. Esas dos actitudes no pueden contradecirse ni excluirse. Las dos son inseparables en el seguimiento de Cristo: no puede sentirse misionero el que no se siente discípulos; y el discípulo lo es siempre para la misión. No dejemos que algo falle en este vínculo; cuando esto sucede se frustra el proyecto del Señor para su Iglesia. Quizás sea por eso que el Papa Francisco nos acaba de advertir: “¡Tantas veces tenemos a Jesús encerrado en las parroquias con nosotros y nosotros no salimos y no dejamos que él salga. ¡Abrir las puertas para que él salga, al menos él!” Estar con Jesús fortalece el entusiasmo apostólico, la plena disponibilidad y el servicio creativo.

Para este empeño en el que estamos metidos tenemos el ejemplo del Maestro Ávila. De él se dice que es un modelo de acción pastoral. Aunque en el siglo XVI no existía una sistematización teológica de lo que hoy llamamos misión, evangelización, apostolado, pastoral, Juan de Ávila se sentía enviado por el Señor a la misión. Su conversión lo llevó a sentirse misionero en las nuevas tierras de América, y misionero fue, por indicación de la Iglesia, en las tierras de Andalucía y Extremadura. En un contexto tan complejo y plural como el suyo, de no siempre fácil convivencia entre religiones y culturas y de extensas áreas descristianizadas, después de siglos de dominación musulmana supo ser misionero, con una extraordinaria riqueza y variedad de expresiones en su acción apostólica, en su ministerio sacerdotal. Lo hace, además, con un anuncio claro, completo y profético y, sobre todo, con su vida.

Afortunadamente, la historia de la Iglesia está llena del testimonio de aquellos que supieron responder en cada momento a lo que el Señor les demandaba. El Espíritu Santo no deja de mover los corazones de sus fieles y de llevarlos por los caminos más adecuados a la misión que pide cada momento. Eso sucede también en nuestra historia cercana, en la de nuestra Diócesis, esa de la que somos protagonistas todos nosotros, pero hoy lo son, de un modo patente, este amplio grupo de hermanos sacerdotes que cumplen 50 y 25 años de ministerio sacerdotal.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia 

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