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Conversión, espiritualidad, acción y autenticidad para ser Iglesia servidora de los pobres – editorial Ecclesia

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Conversión, espiritualidad, acción y autenticidad para ser Iglesia servidora de los pobres

Si ya la pasada semana, junto al texto íntegro de la magnífica instrucción pastoral de la CEE Iglesia, servidora de los pobres, ofrecíamos un comentario editorial panorámico, esta semana retornamos a ella para subrayar lo que podríamos denominar la parte que nos toca  a las comunidades e instituciones eclesiales para hacerla realidad en mayor medida e implementarla en medio de la actual situación de nuestra sociedad.

         La estructura de Iglesia, servidora de los pobres, con su introducción y conclusión, se vertebra en cuatro capítulos, en los que, de algún modo, se ha seguido la metodología del “ver, juzgar y actuar”, y todo ello desde lo que la Iglesia es y desde su fuente fundante, que no es otra que el Evangelio. En concreto, ahora queremos detenernos en algunas ideas del capítulo cuarto de la instrucción pastoral (páginas 16 a la 20 de la edición que del documento hizo ecclesia la pasada semana), con referencia singular a sus números 33 a 45.

         Por ello,  creemos, en primer lugar, imprescindible una renovada toma de conciencia en la necesidad de la conversión personal y comunitaria para redescubrir que la caridad no es una marca de prestigio, algo políticamente correcto, un adorno, un plus,  una moda o una necesidad o conveniencia puramente coyunturales. La caridad es el “alma” y el “cuerpo” de la Iglesia y de los cristianos. Nuestra señal y nuestra misión es el amor. Y “la conversión, si es auténtica, trae consigo –leemos en el número 34 de Iglesia, servidora de los pobres– una esmerada solicitud por los pobres desde el encuentro con Cristo. En la medida en que nos adhiramos más a Cristo, en la medida en que nos conformemos más a Él, de manera que veamos con sus ojos, escuchemos con sus oídos y sintamos con su corazón, nuestra caridad será más activa y más eficaz. Cuanto más identificados estemos con los sentimientos de Cristo Jesús, más encendido será nuestro amor a los hermanos. La conversión a Cristo ha de ir de la mano de un retorno solícito a los que necesitan nuestro auxilio”,  de modo que cada cristiano y cada comunidad sean “instrumento de Dios para la liberación y promoción de los pobres” y su plena integración social.

         No habrá, en segundo lugar, conversión ni permanencia en ella, -ni los frutos auténticos y duraderos, que la conversión trae- sin una sólida espiritualidad, que dé consistencia y sentido a nuestro compromiso social. No es caridad la ideología prestada –provenga de donde provenga-, ni es caridad tampoco el puro activismo. Estamos urgidos, pues, a “no disociar acción y contemplación, lucha por la justicia y vida espiritual” y a hacerlo y vivirlo como Iglesia y dentro y fuera de la Iglesia. Estamos llamados, sí, “a ser evangelizadores con Espíritu, evangelizadores que oran y trabajan. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que dé sentido al compromiso”. Parafraseando a san Pablo, en su himno a la caridad de la primera carta a los Corintios, de lo contrario, sin la caridad que nace de la conversión, de la espiritualidad y de la eclesialidad, seríamos campana que resuena o címbalo que retiñe.

         En tercer lugar,  la auténtica caridad exige y llama a la totalidad. O dicho con palabras de Iglesia, servidora de los pobres, en su número 42, “nuestra caridad no puede ser meramente paliativa, debe de ser preventiva, curativa y propositiva”. Y también  debe ser profética, denunciando la vulneración de los derechos de las personas, contribuyendo a “elevar el nivel de exigencia moral de nuestra sociedad y no resignarnos a considerar normal lo inmoral”.

Esta demanda de totalidad de la caridad y de la opción preferencial por los más pobres requiere asimismo que  ninguna programación pastoral  se haga jamás al margen de los pobres, quienes “han de ser, no solo destinatarios de nuestro servicio, sino motivo de nuestro compromiso, configuradores de nuestro ser y nuestro hacer”. Es preciso para ello aunar más y mejor evangelización y caridad, profundizar más y mejor en la dimensión evangelizadora de la caridad, de la acción social y de la verdadera prioridad hacia los pobres.

Por último, solo seremos Iglesia de la caridad e Iglesia de los pobres, siendo Iglesia de y con caridad, e Iglesia pobre, austera, generosa, justa y revestida, penetrada -en verdad y no de palabra- de entrañas auténticas de misericordia.

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