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Consuelo Lencina, hermana pobre de Santa Clara: «Estar en un convento no es vivir flotando. Se pisa tierra, se vive en la verdad»

Hace poco más de un mes, en el convento de Santa Verónica de las hermanas pobres de Santa Clara, en la localidad murciana de Algezares, volvía a vivir un momento especial para su comunidad: la profesión temporal de la hermana Consuelo Lencina Navarro.

El 2 de julio de 2016, tal y como nos cuentan desde la delegación de medios de la diócesis de Cartagena, Consuelo entraba en el convento con 19 años. Anteriormente había participado en varios encuentros juveniles con las hermanas pobres, cuando decidió comenzar un proceso de discernimiento que la llevó a madurar su vocación durante un año y medio. Después, realizó una experiencia durante tres semanas en el convento de Santa Verónica, un tiempo que le ayudo a confirmar su vocación religiosa en el convento de Algezares.

Cuatro años y siete meses después de su entrada en Santa Verónica, la hermana Consuelo ha finalizado su postulantado y noviciado, ratificando de este modo su apuesta decidida por la vida contemplativa en la comunidad de las Hermanas Pobres de Santa Clara con su profesión temporal.

A pesar de que la celebración estuvo marcada por las restricciones sanitarias actuales,  Consuelo se sintió arropada por su comunidad, por aquellos que pudieron acompañarla de forma presencial y con quienes siguieron la celebración a través de las redes sociales.

«No me cansaré de decir que merece la pena responder a Dios, apostar por seguirlo y compartir la vida con Él»,  confiada y alegre la hermana Consuelo, que ha querido compartir su testimonio vocacional tras su profesión temporal y que la diócesis de Cartagena se ocupa de facilitarnos.

Esta semana vamos a dar respuesta a los que nos soléis preguntar qué nos hace permanecer en el convento, seguir adelante con nuestra vocación y siempre con la misma alegría.

Mi nombre es Consuelo Lencina Navarro y tengo 24 años. El día 6 de febrero, mi fraternidad y yo celebramos mi profesión temporal. Hace cuatro años y medio que inicié esta aventura y lo que puedo decir es que soy realmente feliz, sencillamente, porque soy amada por encima de lo que me podía imaginar. Siempre he deseado ser amada y lo he buscado incansablemente, he intentado sacar lo mejor de mí, entregarme… pero al fin y al cabo era amada de una manera superficial ya que no conseguía mostrarme como realmente era. Así que solo había Uno, que podía mostrarme este amor que yo tanto anhelaba, un amor tan real y sincero.

En este tiempo he podido experimentar que en el Señor todo es regalo, todo es don. Esto ha sido posible tras ir conociéndome y viviendo en la verdad, es cierto que no es nada sencillo, pero la iniciativa siempre la ha tenido Él; de mí solo dependía mi disponibilidad para que Él actuara. Muchas veces, cuando descubrimos nuestra verdad, lo primero que queremos hacer es intentar ser mejores, pero eso no es lo que Dios quiere de nosotros. Si algo me ha atrapado del amor de Dios es que no me ha querido cambiar en ningún momento, me ama sin necesidad de aparentar y lo más sorprendente es que en este tiempo se ha empeñado en mostrarme por todos los medios posibles que en mi verdad es donde comienza mi abandono a su amor, es donde comienza mi camino hacia la libertad.

Tras descubrir la fuerza de este amor, surgió en mí la necesidad de dar una nueva respuesta a su llamada, de entregarle toda mi capacidad de amar, de poseer y de decidir y así que Él no fuera solamente el primero sino el Único. Con este convencimiento llegó el día en el que, tras pronunciar las palabras de la profesión, supe que ya no me pertenezco que vivo por Él, con Él y para Él.

La fraternidad hizo que estos días fueran realmente especiales, me hicieron patente el amor de Dios colmándome de detalles y no faltaron las risas. Desde el primer día que las conocí descubrí en ellas a mi gran familia, me sentí acogida, escuchada; con ellas he compartido todo mi proceso: mis alegrías y dificultades, he podido abrir mi corazón y ser yo misma. Cada una de ellas aporta aquello por lo que todas juntas hacemos a la perfecta hermana pobre, la unión realmente hace la fuerza.

No me cansaré de decir que merece la pena responder a Dios, apostar por seguirlo y compartir la vida con Él. Estoy orgullosa de pertenecer a la familia franciscana que vestidos de marrón y ceñidos con un cordón llevamos la alegría por bandera, porque estar en el convento no es vivir “flotando”, se pisa tierra, se vive en la verdad, pero sobre todo se puede crecer como persona y ser muy feliz. Todo esto es lo que me empuja a seguir el camino con la misma ilusión que el primer día.



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