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Consagrados

La fiesta de la Presentación del Señor, la Candelaria -luz para alumbrar a las naciones-, es la Jornada de la Vida Consagrada. El día donde la comunidad de los creyentes miramos a nuestros hermanos y hermanas que consagran su vida a Dios y por ello a los demás.

¿Qué es consagrarse a Dios? ¿Qué implica y qué significa?

Parece evidente que lo primero que implica es una relación particular (¿qué relación no es particular?) con Dios. La etimología de la consagración es aquella que nos habla de cómo se apartaban algunas cosas -objetos, animales, edificios, personas…- para dedicárselas a los dioses -a Dios-, para que las tomaran como suyas, las poseyeran, las usasen a su albedrío y querer.

Lo cual ya nos da alguna clave de este día. La consagración implica pues una relación de entrega a Dios, para que sea Dios el que guíe y lleve la vida del consagrado según su voluntad.

Pero nuestro Dios de los cristianos, el que nos reveló Jesucristo, es un Dios un poco raro. No sólo por su condición trinitaria -que ya sería bastante- si no sobre todo por su mensaje paradójico: dándose y vaciándose es como nos llenamos; el que quiera ganar su vida y llenarla será el que la pierda; lo que hagamos o dejemos de hacer con los más pobres de los hombres se lo hacemos o dejamos de hacer al mismo Dios; en lo real, lo concreto, lo carnal y corporal es donde encontramos lo espiritual: la oración, los sacramentos y la vida interior, alimentan y nutren la vida más que el propio pan…

Y un largo etcétera de paradojas que también a los consagrados les tocan. Pues en definitiva darse a Dios por entero es darse por entero a los demás seres humanos. En la misión, en la oración, en el estudio, en la enseñanza… en tantos y tantos lugares y servicios en los que los consagrados se dan a Dios por entero, dándose a los hombres.

Este año, esta fiesta, para mí tiene un nombre propio. El de un dominico vietnamita que el 29 de enero fue asesinado en su país, en una zona interior selvática donde trabajaba. Fray Joseph Tran Ngoc Thanh, OP. Tenía 40 años. Estaba en el confesionario en la mañana y un hombre le atacó con un cuchillo dejándole muerto allí mismo. Qué extraña es la entrega humana. Qué extraña la fe que ve en un acto terrible, una entrega de amor.

Acabé hace unos días la novela de David Gistau Ruido de Fondo, y me quedé asombrado de la perspicacia de su tesis de fondo -sin destripes-: los actos humanos sólo se pueden medir desde aquello a lo que se entregan las personas, incluso aquellos que parecen traiciones o huidas, no son tales si los mueve el amor.

La vida consagrada es muy incomprendida porque quizás no se termina de entender aquello a lo que se entrega. A Dios, a través de los hombres. A veces incomprendida incluso para quienes intentamos vivirla. En eso me resuena siempre la oración Adora y Confía de Teilhard de Chardin, que en un momento dado dice:

Poco importa que te consideres un frustrado

si Dios te considera plenamente realizado,

a su gusto.

Piérdete confiado ciegamente en ese Dios

que te quiere para sí.

Y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas.

Piensa que estás en sus manos,

tanto más fuertemente cogido,

cuanto más decaído y triste te encuentres.

 

La vida consagrada, con sus inevitables frustraciones y traiciones humanas, si se dirige al final hacia Dios, es una vida con sentido. Si se dirige a otras cosas, por más que aparentemente no tenga flaquezas, nunca tendrá sentido.

Fr. Vicente Niño Orti, OP. @vicenior

 

 

 



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