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Opinión

Consagrados a Dios para servir a los hombres, por José-Román Flecha

En un mundo que parece vivir la tiniebla por el eclipse de Dios, es difícil consagrarle la vida. Nadie dedica la vida a algo o a alguien a quien no conoce. Consagrar la vida a Dios es siempre dar un salto en el vacío. Es decir, supone una fe sincera y madura.

La sinceridad y la madurez son fundamentales para una consagración. Pero estas cualidades suponen una nueva dificultad para plantearse la consagración a Dios. Se suele recordar que Jean François Revel recordaba ya hace unos años que la palanca que hoy mueve el mundo es la mentira. O la hipocresía, la simulación y la incoherencia.

Tampoco la madurez tiene buena prensa en esta era del infantilismo generalizado, de la prisa y la frivolidad. Todo parece ser efímero y provisional. Son muchos los que piensan que no se puede adquirir un compromiso para toda la vida. Y, con ese prejuicio, es difícil consagrar la vida a una vocación que requiere la definitividad.

Y sin embargo, a lo largo de la historia ha habido hombres y mujeres que han tenido el coraje de consagrarse a Dios de por vida como recuerda el Concilio Vaticano II. Yo estaba presente en la Basílica Vaticana el día 28 de octubre de 1965, cuando se aprobaba el Decreto sobre la Vida Religiosa.

Es difícil olvidar aquella memoria histórica con la que comenzaba el texto: “Ya desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que, por la práctica de los consejos evangélicos, se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca, y, cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios” (PC 1).

Así pues, la vida consagrada era presentada como un ejercicio de la vocación a seguir a Jesús. El seguimiento de Cristo y su imitación cordial y sincera era el primer ingrediente de la consagración a Dios. El segundo ingrediente era la observancia de los consejos evangélicos.

Lejos de constituir un peso para toda la vida, la consagración a Dios comportaba una gozosa libertad. Seguir a Cristo lleva a la persona a vivir de modo evangélico la tendencia al tener, al poder y al placer. Esa es la más radical liberación que capacita a la persona a ayudar a sus hermanos a conseguir la verdadera libertad.

Eso y mucho más podemos meditar en la Jornada de la Vida Consagrada. Con razón se ha situado en el día 2 de febrero, en el que la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo. En su libro sobre “La Infancia de Jesús”, Benedicto XVI señala que este niño “ha sido entregado personalmente a Dios en el templo, asignado totalmente como propiedad suya”.

Ese es precisamente el testimonio de la vida consagrada. Llamados por Dios, algunos cristianos y cristianas se entregan personalmente a Dios como propiedad suya. Y en consecuencia entregan su vida en servicio de los hijos e hijas de Dios.

Nacida de la vocación divina, la consagración determina a su vez la misión liberadora. El amor de Dios está en su origen y en su destino, al tiempo que se manifiesta en el amor y servicio a los hijos de Dios.

 

José-Román Flecha Andrés

Diario de León, 2-2-2013



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