Conocer el misterio de Cristo, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo
Carta del Obispo Cuaresma 2018 Especiales Ecclesia Iglesia en España

Conocer el misterio de Cristo, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

 

Conocer el misterio de Cristo, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

Tras los espectáculos del Carnaval, a ritmo de “aprovecha el día”, viene, solo cronológicamente, el comienzo de la preparación de la Pascua, llamada Cuaresma, los cuarenta días que nos proporcionan una nueva oportunidad de poner al día la vida cristiana.

Por el Bautismo, en efecto, fuimos incorporados a Cristo y, con la ayuda de su gracia, podemos vencer al Diablo y al mal en toda circunstancia, rechazando el pecado. Desde los inicios, pues, de la Cuaresma, avancemos con Cristo en la seguridad de que el Señor no nos deja solos en esta lucha. El camino cuaresmal que nos enseña Cristo nos conducirá a una vida plena y de mayor felicidad.

En este camino cuaresmal, el volvernos a la Palabra de Dios y la contemplación de cualquier acción salvadora de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal. Pero el máximo motivo de gloria es la cruz y la resurrección del Señor, el Misterio Pascual que conmemoramos en la Semana Santa. El tema siempre nuevo, en estos cuarenta días, es quién me garantiza a mí la felicidad, el sentido de mi vida, de mi enfermedad y de mi muerte. ¿Quién me ayuda en esos verdaderos problemas para el ser humano?

Es muy sencillo lo que nos presenta la Iglesia en estos días, cuando nos dice: fue ciertamente digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en la piscina de Siloé (véase el texto de Jn 9); pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y más allá de lo natural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto (Jn 11,1-44); pero este beneficio le afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Cosa admirable fue el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres (Jn 6,1-14); pero, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años (Mc 5,21-34); pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que estábamos ligados con cadenas de nuestros pecados?

En cambio, el triunfo de la cruz iluminará a todos los que padecían y padecemos la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, y así redimió a todos los hombres. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre. En otro tiempo el cordero sacrificado por orden de Moisés alegaba al exterminador; con mucha más razón el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos librará del pecado, nuestro gran problema. Si la sangre de una oveja irracional fue signo de salvación, ¿cuánto más salvadora no será la sangre del Hijo ingénito de Dios?

Lo que celebramos es la entrega de Jesús hasta dar su vida, porque Cristo no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza; Él, condenado por el Sanedrín, fue llevado a la muerte, pero voluntariamente, porque Él quiso. Oye lo que dice: “Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar”. Fue a la pasión y muerte por su libre determinación, feliz por la gran obra que iba a realizar, gozoso porque, por su triunfo en su resurrección, llegaba la salvación de los hombres. El que sufría no era un hombre vil, sedicioso, sino el Dios humanado, que luchaba por el premio de su obediencia. ¿Querrás tu luchar para ser como Él, dando vida donde no hay vida?

Esa es la preparación que hemos de hacer hasta llegar a la Semana Santa y celebrar el Misterio Pascual. Es muy saludable confesar nuestros pecados confesándolos, leer más la Palabra de Dios, celebrar los domingos de Cuaresma con más intensidad, orar al Señor por la conversión de los pecadores y por los que están preparando su Bautismo, los catecúmenos, ofrecer ayunos obras de penitencia, volver el rostro a los más necesitados, perdonar a los que nos han ofendido, hacer el ejercicio del Vía Crucis y, si es posible, un retiro de oración o ejercicios espirituales. Gustar de Dios y de Jesucristo, de su Alianza con nosotros, del perdón de Padre que nos espera siempre.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

 

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