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Al abrir la puerta

Conmigo o contra mí

Teme uno hablar de la situación de Oriente Medio. Hay una correlación de situaciones tan compleja y tan antigua, tan manchadas de sangre, tan enrevesada, con tantas ofensas, con tantas razones, que solo cabe condenar a todos por igual, a todos por igual entender, y a todos por igual pedir paz.

Y ahí comienzan los temores.

Si te atreves a decir algo sobre Israel, nace la acusación del antisemitismo. Es algo así como la situación de España. En el momento en el que criticas algo del progresismo ideológico, la izquierda y el gobierno, eres acusado de facha y ultramontano. Allí aparece enseguida la shoah, el argumento ad hitlerum y la acusación de defender al terrorismo islámico. Aquí Franco, el fascismo y la ultraderecha.

Sugerir que hay culpa en todas partes, te lleva directamente a una extraña condena de equidistancia, como si fuese eso el más terrible de los insultos. Que a veces lo es, nadie dirá que no. Equilibrar a víctimas y verdugos es dañino y moralmente perverso como vemos en el caso de ETA. El problema es que en Oriente Medio sí que se confunden, en el tiempo y en las causas, unos y otros. Se roban constantemente la condición. Todos son víctimas y todos verdugos. Palestinos e Israelitas. Desde el origen de los tiempos.

Pero decir eso, te puede suponer el ostracismo.

Sugerir que quizás, siquiera teóricamente, los palestinos tienen algunas razones propias es dejarse en manos de una batería de ataques terrible. Ya puedes condenar la violencia y el terrorismo de antemano, diciendo que Hamas no defiende a Palestina sino sus propios intereses islamistas, que si osas decir que el estado de Israel no existía hasta el siglo XX, y que allí había comunidades palestinas antes, siquiera atreverse a decir algo así, te condena a la expulsión.

Enseguida aparecerá el complejo argumento de la historia de la zona, donde razones para Israel hay tantas como para los Palestinos. O el de la compasión con los judíos y su sufrimiento en la historia como argumento político desde un ayer alejado del hoy. Enseguida saldrá el derecho a la defensa ante los ataques salvajes de Hamas, como si Israel fuese una hermanita de la caridad que no hubiese atacado nunca, o como si la defensa no fuese también un derecho de quienes son agredidos. Se nos dirá sin duda que es la única democracia de la zona donde hay libertades, olvidando que los palestinos que viven en su zona son tratados en una extraña opacidad que roza la falta de igualdad, o que las comunidades cristianas no dejan de menguar ante las presiones gubernamentales. O se nos recordará que el modelo islamista es aún más peligroso. Y, evidentemente, no se puede decir a eso que no. Pero en el fondo, toda la situación, acaba colocándote en un conmigo o contra mí. Sin matices. Solo con los argumentarios de la propaganda.

Y ahí acaba la posibilidad de la paz. Del diálogo. Del equilibrio. De la prudencia y de la solución.

No sé bien qué caminos puede haber para un mañana –ojalá un hoy– en paz. No sé cómo se podría alcanzar la convivencia y el respeto mutuos. Pero cada nueva crisis parece que la aleja un poco más, y que apuntala aún más el conmigo o contra mí. No sé si, apoyándonos cada vez más en la fe, sólo nos queda orar a Dios para que llegue la paz cuanto antes. No sé bien qué se puede hacer más que pedir la paz. Pedir la paz.

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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