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Opinión

Confieso ante Dios todopoderoso… (en mi 25 aniversario de sacerdocio)

Confieso ante Dios todopoderoso…  (en mi 25 aniversario de sacerdocio)

 Hace 25 años… Hemos andado desde entonces. En Acción Católica, con el movimiento Junior, hoy tristemente desaparecido en nuestra diócesis y en otras; y donde tanto recibí y aprendí; y con la Acción Católica general; con Cáritas desde el inicio y de un modo creciente; con la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui, también desde sus inicios; con el teatro; con incursiones más o menos profundas y constantes en lo social y en las arenas movedizas de lo que llaman política, terrenos en los que los cristianos tenemos que ejercer radicalmente esa vocación de Jeremías que hemos escuchado: arrancar, destruir… lo viejo, lo que no sirve al ser humano, porque no lo pone en el centro; pero debemos también edificar y sembrar: construir, proponer, renovar. Y todo lo vivido y realizado no son ocasiones para ningún tipo de balance, porque si algo en todo esto pudiera insinuar un mínimo de vanidad y satisfacción, bastará el recuerdo para bajar los humos, sabiendo como sé, que la vasija de barro en la que transportaba estos tesoros se vino al suelo muchas veces. Unas, se quebró con dolor. Otras, dejé perderse el contenido.

El camino recorrido sirve solo para dar gracias. Gracias al Dios fiel que me llamó y me consagró y no ha dejado que se pierda el rescoldo de mi ministerio, de mi misión. Porque aun en las noches más oscuras del alma (y soy perito en ellas, como decía Miguel Hernández ser perito en lunas), he mantenido un compromiso, una esperanza, un esfuerzo, un anhelo. No todo junto a la vez, que eso es cosa de santos, sino por turno. Pero algo ha seguido marcando en todo tiempo el norte de mi sacerdocio, haya soplado el viento que haya soplado, sea el de la ignorancia convertida en poder, sea el de la insignificancia aparente del ministerio, sea el de la indignidad de mi persona. Siempre algo me ha ido conduciendo a acercarme a otros ambientes, otras personas, otras realidades de Iglesia que me permiten decir que ahora conozco mejor mi vocación, estoy más contento con lo que soy y tengo más claro que cada día podemos crecer. Que cada día podemos ser más libres, más capaces, vivir más erguidos; es decir, más dueños de nosotros y de nuestro destino. Solo habiendo sufrido en el camino se valora cada descanso como un paraíso, como un oasis que nos lleva a la paz y la luz. He sufrido en el camino, ¿quién no lo ha hecho en sus años de ministerio? Pero, tras la tiniebla, está la luz y la esperanza. Y la vida, fuera de la cual no hay salvación, nos va ratificando la llamada de Dios: no nos llama a un ghetto vistoso, no nos llama a una casta cerrada, no nos llama a ser espejitos brillantes tras los cuales no hay nada y parecen destinados solo a responder  siempre a la pregunta de quién es el más importante  en la Iglesia.

Mucho podría seguir hablando de lo que fue y lamentando el tiempo perdido. El que yo perdí y el que me hicieron perder. Pero ahora es momento de mirar hacia adelante. Por delante está una nueva etapa de nuestra diócesis. Catorce años de mi andadura tuve como obispo a don Antonio Montero, a quien guardo el afecto propio hacia el pastor que nos impone las manos y confirma así en nosotros la llamada a seguir a Cristo como pescadores de hombres. Después hemos vivido la etapa de once años con don Santiago García, y ahora nos disponemos a caminar junto a don Celso Morga, nuestro nuevo arzobispo. Un tiempo nuevo. Un nuevo tiempo para seguir dando gracias al Dios que sana los corazones y que nos llama a ser en nuestro mundo un hospital de campaña. La Iglesia y el mundo al que intenta dar vida, nos necesitan. Por eso, yo, que soy poco original, seguiré caminando como sé: en la Acción Católica, ahora en el Movimiento Rural Cristiano; en Cáritas siempre; en el teatro, si puedo, que seguro que podré.

Y con las comunidades cristianas que acompaño, claro está. Todo lo anterior no tendría sentido sin unas comunidades a las que se intenta servir, con libertad, capacidad y autenticidad. Y así llego a otro punto inolvidable para dar gracias: las personas. El pueblo que me acogió en tantos sitios ya; las comunidades con las que compartí proyectos, afectos, fracasos, realizaciones, ilusiones. Que en algún caso me acogieron en plena juventud y me despidieron ya con una madurez avanzada. En los balances siempre habrá luces y sombras. En el corazón, recuerdos y cariño…

Eugenio Campanario Larguero. Sacerdote de Badajoz



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