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Rincón Litúrgico

Confesión de la fe

«Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28)

Señor Jesús, hay muchas personas que para disculparse de su incongruencia y de sus dificultades de fe suelen apelar a la figura del apóstol Tomás. Sin embargo, yo creo que el evangelio no intenta presentarlo como un incrédulo.

Seguramente el texto evangélico pretende advertirnos de que la fe en tu resurrección no puede basarse solamente en las palabras de otros. Es necesario ver y palpar tus llagas, que son la señal que nos garantiza que eres el que fue crucificado.

Por otra parte, el relato nos recuerda que tú te hiciste presente en el grupo de tus discípulos precisamente cuando Tomás no estaba con ellos. Es evidente que él no pudo disfrutar de la alegría que los otros recibieron de tu visita.

En muchas ocasiones me pregunto si esa ausencia de Tomás no será una lección para los cristianos de hoy. El evangelio nos dice que tú te mostraste a la comunidad. No podemos  ignorar a nuestros hermanos. No debemos caer en la autosuficiencia.

De todas formas, Señor, tú conoces los pensamientos de tus discípulos. Conoces el temor de los presentes y se lo conviertes en entusiasmo. Y conoces también la resistencia del ausente y se la transformas en el asombro de la fe.

Yo sé que la alegría es el signo definitivo de tu presencia. Ya la habían anunciado los ángeles con motivo de tu nacimiento. Y la experimentan ahora los discípulos amedrentados que te reciben una vez resucitado de entre los muertos.

 Y sé también que ante ti no valen nada mis presuntas seguridades y mi arrogancia, mis pretensiones y mis absurdas expectativas. Tú eres el Señor y el Maestro. Tú eres mi Señor y es claro que solo en ti puedo depositar mi confianza.

Sé finalmente que eres un Señor llagado. No pretendes seducirme con fáciles juegos de magia. Tus llagas son el signo de tu verdad. Nadie como tú puede mostrar su grandeza por medio de la debilidad. Solo tú. Solo Dios puede presentarse así.



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