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Conferencia en Polonia de Julián Barrio, arzobispo compostelano, sobre el Camino de Santiago

Conferencia en Polonia de Julián Barrio, arzobispo compostelano, sobre el Camino de Santiago

EL SENTIDO TRASCENDENTE DEL CAMINO DE SANTIAGO

 

Agradezco la invitación a participar en este Congreso con el título “Fides et Actio”, tema actual y sugestivo cuando estamos celebrando el Año de la Fe, que nos invita a confesar, celebrar y testimoniar nuestra fe. La invitación es un honor por mi parte inmerecido.

 

Escribió Dante:

Entonces se movió una luz hacia nosotros

de aquella esfera de donde salió la primicia

que de sus vicarios dejó Cristo;

y mi dama, llena de alegría

me dijo: Mira, mira; aquí el varón

por quien allá abajo Galicia se visita.

Riendo entonces Beatriz dijo:

Ínclita vida, por quien la largueza

de nuestra basílica quedó escrita,

haz resonar la esperanza en esta altura”[1].

 

Peregrinos en esta encrucijada de civilización e historia, estamos llamados a hacer una lectura creyente de la realidad actual con la luz de la lámpara misteriosa de la fe, confiada por Cristo: la Luz del mundo, el Camino, la Verdad y la Vida. Así buscamos con el deseo de encontrar y encontramos con el deseo de seguir buscando, como escribía san Agustín. En este sentido hemos de ir oteando horizontes nuevos, sabiendo de donde parte nuestra peregrinación y teniendo en cuenta la meta de la misma. Valles, montañas, llanuras, caminos fáciles de recorrer unas veces y difíciles otras, día y noche, son paradigmas en nuestro peregrinar religioso, espiritual, social y cultural. También hoy mientras peregrinamos por el desierto de nuestra existencia necesitamos los Moisés que cumplan el milagro golpeando en la roca de la verdad, de la bondad y de la belleza para que siga brotando el agua siempre fluyente de la espiritualidad católica.

La sabiduría no nos permite ser agoreros pesimistas ni ingenuos entusiastas. El hombre sabio está en armonía con todo lo que existe, no percibe la fricción y sabe que antes de mejorar algo en el mundo, hay mucho que mejorar dentro de si mismo. Es preciso un análisis sereno y ponderado, de modo que no se oscurezcan las luces que lo iluminan ni pasen desapercibidas las sombras que lo ensombrecen. Vivir es aprender y tomar conciencia de que una sociedad no puede reinventarse en cada momento, echando por la borda el bagaje cultural y moral que le han legado las generaciones pretéritas como si no hubiera nada en todo ello que mereciese ser conservado; como si todo cambio equivaliese a un verdadero progreso; como si pudiese haber progreso cuando se ha perdido toda perspectiva de hacia dónde hemos de encaminar nuestros pasos. Para comprender el sentido trascendente del Camino, hemos de percibir lo invisible, observando lo visible, en este escenario de crisis antropológica y cultural en la que estamos moviéndonos.

Josep Berdier dice que “al principio era el camino”, un camino que unas generaciones han ido haciendo al andar y otras lo han encontrado hecho; un camino que en todo caso une pueblos y ciudades y orienta siempre al caminante hacia la meta que quiere alcanzar. Pero no hay camino sin meta ni meta sin encuentro y la Ciudad del Apóstol propicia el encuentro con la tradición apostólica que fundamenta nuestra fe. El Camino de Santiago ofrece al peregrino un espacio nuevo con exigencias, conocimientos y experiencias también nuevas. Sánchez Albornoz escribió: “Camino en el suelo y en el cielo. Camino material sobre la faz diversa de las tierras… Y camino más sutil pero más duradero, en los dominios del espíritu; camino etéreo e invisible, por donde no pasaban cuerpos, sino por el que cruzaron en tropel: ideas, formas artísticas o literarias, instituciones, sentimientos, hábitos”. El Camino se ha ido marcando por las preguntas, la búsqueda y la esperanza para llegar al corazón espiritual de la tradición apostólica. Más allá de la visión estética y artística, en el latir del Camino, se percibe la línea trascendente de la vida espiritual que subyace en el caminar azaroso unas veces, sosegado otras, del peregrino.

 

¿Qué era Santiago de Compostela?

Santiago de Compostela antes que una ciudad fue la memoria apostólica y la cuna de esta ciudad es el sepulcro del Apóstol. La ciudad se comprende en una milenaria tradición como meta mundial de los peregrinos que se encaminaban a la Tumba del Apóstol. Sus orígenes remontan a la época prerromana con el asentamiento denominado Lovio, entre los ríos Sar y Sarela, donde parece ser se ubicaba un lugar sagrado de culto. En el siglo I d. C. se asienta una guarnición romana, que con el tiempo va adquiriendo mayor importancia al poseer un recinto fortificado. A lo largo del siglo IV fue decayendo la influencia romana, llegando al abandono del asentamiento con la caída del Imperio. Pronto el antiguo asentamiento romano, abandonado y en ruinas, se fue convirtiendo en un bosque: el bosque del Libredón, al que los lugareños consideraban como lugar santo por contener restos sagrados. A comienzos del siglo IX Teodomiro, obispo de Iria, descubre en este bosque la tumba del apóstol Santiago y este hallazgo es confirmado por el rey Alfonso II el Casto, quien en una peregrinación restauró “la iglesia en honor de tan grande Apóstol [y] cambió el lugar de la residencia del obispo de Iria por este que llaman Compostela”[2].

Estos son los humildes orígenes de una meta de peregrinación que en algunos momentos de la historia se equiparó e incluso superó a las otras dos de Jerusalén y Roma. Hasta entonces, Compostela no ofrecía ni pasado ni presente. Era un lugar perdido en los confines de Galicia, en el que se redescubrió la tumba del Apóstol Santiago en una vieja necrópolis abandonada. Es cierto que sobre ella se va levantando en el correr del tiempo un santuario de singular belleza y ornato. “Quedaba fundada Compostela: la ciudad espiritual desde el mismo momento en que el Apóstol la eligió como sepultura; la histórica y terrena, desde que Alfonso el Casto mandó edificar la primera basílica. Ambas estaban desde el principio en la mente de Dios. Los hombres, un año y otro, entre dolores y alegrías fueron realizando, en piedra y en gracias espirituales, los esquemas divinos”[3]. A su sombra crece una pequeña ciudad de aspecto notoriamente sórdido, como bien sabemos a través de los comentarios de los viajeros. En suma, ¿qué puede atraer con esa fuerza y facilidad a los peregrinos y viajeros? La trayectoria del fenómeno jacobeo es sorprendente, si la examinamos con objetividad. De la nada y en la Alta Edad Media surge, por un lado, una sede episcopal, que no sólo se hace un lugar en una Galicia ya llena de ellas, sino que prevalece sobre la ya existente Iria, hasta sustituirla en 1095; por otro, se fue formando “una ciudad que sólo explica el Espíritu y no la ciencia”, guardando uno de los tesoros más preciados del Orbis Christianus, y convirtiéndose en meta de peregrinos, encuentro de corrientes espirituales, de tendencias artísticas, económicas y sociales. De esta forma, “la peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes como los latinos, germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente”[4]. Solo quien tiene capacidad de admirarse, entenderá la urdimbre del tejido de esta ciudad que es más para contemplarla que para escribirla y leerla.

La historia nos deja constancia de la amplitud inusitada de la peregrinación a Santiago de Compostela desde sus inicios en el siglo IX, durante el medioevo e incluso en períodos amplios de la época Moderna, reflejando su decadencia a partir de la Revolución Francesa, del final del Antiguo Régimen y de la desamortización eclesiástica. El peregrino para llegar a Santiago necesitaba alojamiento, alimento y, a veces, asistencia médica. La desamortización eclesiástica erosionó la base económica y contribuyó al abandono de monasterios y hospitales que atendían a los peregrinos. Sin techo ni comida gratis o a módico precio, la peregrinación dejaba de ser asequible para el pueblo llano.

 

La vida como peregrinación

“Peregrinar no es simplemente visitar un lugar cualquiera para admirar sus tesoros de naturaleza, arte o historia. Peregrinar significa, más bien, salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios allí donde Él se ha manifestado, allí donde la gracia divina se ha mostrado con particular esplendor y ha producido abundantes frutos de conversión y santidad entre los creyentes. Los cristianos peregrinaron, ante todo, a los lugares vinculados a la pasión, muerte y resurrección del Señor, a Tierra Santa. Luego a Roma, ciudad del martirio de Pedro y Pablo, y también a Compostela, que, unida a la memoria de Santiago, ha recibido peregrinos de todo el mundo, deseosos de fortalecer su espíritu con el testimonio de fe y amor del Apóstol”[5].

El hombre, peregrinando es fiel a si mismo aunque no consiste la gracia del viaje en felicidad terrena sino vivir en Cristo. El peregrino hace el camino con esa seguridad que sólo dan las cosas de Dios venidas. Dado que la peregrinación es un viaje, cuyo motivo primordial es religioso, puede resultar oportuno detenerse a considerar qué suponía para el hombre antiguo viajar y qué relaciones se establecían entre los viajes, los caminos y la religión. Viajar en los remotos tiempos conllevaba un peligro y reportaba una experiencia. Estas dos facetas son constitutivas de toda peregrinación. Por un lado, en la medida en que los viajes implicaban peligro y no uno cualquiera, sino un peligro de muerte, no es de extrañar que se estableciera una relación entre los viajes, las peregrinaciones, los caminos y la muerte, ni que cristalizaran cultos a dioses tutelares de los viajeros o peregrinos y adquirieran los viajes una componente religiosa. Viajar, peregrinar era lo que daba pericia y experiencia y, viceversa, sólo poniéndose en marcha o en camino, cabía adquirir experiencia. Era un medio de adquirir experiencia, conocimiento e incluso prestigio y, en la medida que peligroso, era también una aventura, un reto atrayente para los audaces. Asociar el viajar, el peregrinar y los caminos con el saber es una constante en todas las culturas por más ancestrales que sean.

Todavía en el Renacimiento hay quienes sostienen, como Cristóbal de Villalón en su obra Viaje de Turquía, que “aquel insaciable y desenfrenado deseo de saber y conoscer que natura puso en todos los hombres… no puede mejor ejecutarse que con la peregrinación y ver tierras extrañas”[6]. Para el médico renacentista Paracelso “la naturaleza es un ‘códice’ que es preciso leer ‘peregrinando’ y vagabundeando por ella”[7]. Pero aunque ésta haya podido ser una de las motivaciones que incitaban en el pasado a viajar ?una de cuyas modalidades era la peregrinación?, dista de ser la única clave que puede ayudarnos a entender el fenómeno de la peregrinación a Santiago de Compostela. En sentido estricto, peregrinar es viajar a un santuario más o menos distante, o sea, desplazarse lejos por una motivación religiosa, lo cual no quita que junto a esta motivación se puedan dar otras muy dispares, como las apuntadas anteriormente: de aventura, comerciales, políticas, sociales, psicológicas o militares.

En este contexto, poco a poco toma fuerza la idea de que el camino que hay que recorrer es el de la vida. Se pasa del camino físico al camino como símbolo, del culto externo al interno. O dicho con palabras de Tomás de Kempis en el siglo XV: “El que sabe andar dentro de sí y tener en poco las cosas exteriores, no busca lugares ni espera tiempos para entregarse a ejercicios devotos”[8]. Fue el propio Cristo quien dijo de sí que era “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), imagen que Pablo retoma cuando habla de el “camino nuevo y vivo inaugurado por él [Cristo] para nosotros” (Heb 10, 20). San Pedro, por su parte, sostiene que el cristiano ha de vivir en el mundo como en el extranjero, que es casi como decir de viaje (1Pe 1,1). Pero quien desarrolló más el simbolismo del camino y de la vida como viaje fue quizás Agustín de Hipona, que insistió en que se viene al mundo, no para permanecer en él, sino de paso.

Todos estos precedentes cristalizan en la Baja Edad Media en la noción de homo viator. Gonzalo de Berceo, en la primera mitad del siglo XIII, lo expresó así en la introducción a los Milagros de Nuestra Señora:

 

“Todos cuantos vivimos que en piedes andamos

siquiere en prisión, o en lecho vayamos,

todos somos romeros que camino andamos

San Pedro lo dice esto, por él os lo probamos

Cuanto aquí vivimos, en ajeno moramos;

la fijanza durable suso la esperamos,

la nuestra romería entonz la acabamos

cuando a paraíso las almas enviamos”

 

Este es el presupuesto antropológico y religioso-teológico sobre el que se asienta la peregrinación a Santiago de Compostela. Es decir, la condición de viajero, propia del hombre, es algo que desde el principio forma parte de la historia humana, la historia tanto religiosa como la profana. Dentro de la perspectiva bíblica, está claro que el camino es algo importante, ya que inspira, en gran medida, la historia bíblica desde sus mismos inicios. En este sentido, cabe afirmar que el camino no sólo simboliza las raíces de lo sagrado, sino que es expresión de las posibilidades históricas del cristianismo. “El camino de la peregrinación, refiere el Liber Sancti Jacobi, es cosa muy buena, pero es estrecho. Pues es estrecho el camino que conduce al hombre a la vida; en cambio ancho y espacioso el que conduce a la muerte. El camino de peregrinación es para los buenos, carencia de vicios, mortificación del cuerpo, aumento de las virtudes, perdón de los pecados, penitencia de los penitentes, camino de los justos, amor de los santos, fe en la resurrección y premio de los bienaventurados, alejamiento del infierno, protección de los cielos. Aleja de los suculentos manjares, hace desaparecer la voraz obesidad, refrena la voluptuosidad, contiene los apetitos de la carne que luchan contra la fortaleza del alma, purifica el espíritu, invita al hombre a la vida contemplativa, humilla a los altos, enaltece a los humildes, ama la pobreza…”.

 

La peregrinación, fenómeno religioso universal

Una aproximación global nos lleva a afirmar que uno de los grandes fenómenos religiosos de todos los tiempos es la peregrinación; no en vano la historia de las religiones concede un amplio espacio a la praxis peregrinatoria. Es una de las expresiones antropológicas con mayor alcance más allá de la confesionalidad religiosa y puede ser calificada como una “parábola” de la existencia del hombre.

Calderón de la Barca escribía: “Aunque la esclavina trueque al cortesano vestido, no por eso el Hombre deja de ser peregrino, pues la vida es un camino. Que al nacer empezamos y al vivir proseguimos y aun no tiene su fin cuando morimos”[9]. El “Sermón del Santo Papa Calixto en la solemnidad de la traslación de Santiago Apóstol, que se celebra el 30 de diciembre” fundamenta la peregrinación desde el comienzo de la humanidad, recordando que la peregrinación “toma el nombre en Adán; continua por Abrahán, Jacob y los hijos de Israel hasta Cristo y se completa en Cristo y en los apóstoles”[10]. Adán es el primer peregrino al que se le promete, después de la salida (caída, pecado), el regreso (promesa). La vida de la primera criatura no es más que una peregrinación en espera de volver al paraíso definitivo. Su origen y su meta son dos referencias únicas para saber quién es.

“En lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad”. Ser peregrino, como parábola de la existencia humana, es saber de dónde venimos, cómo vamos y hacia donde caminamos; es vivir acorde con las preguntas fundamentales del ser humano: de dónde, por dónde y hacia dónde. “Peregrinar es mucho más que un deporte, mucho más que una aventura, mucho más que un viaje turístico, mucho más que una ruta cultural a través de monumentos admirables, testigos silenciosos de una historia secular. Sin negar el sentido específico de los motivos indicados, la peregrinación posee un alma humana y cristiana, amortiguada la cual pierde su íntima elocuencia, su llamada a desperezar el espíritu, su capacidad fraternizadora de hombres y pueblos. Sin alma el camino sería una realidad inerte”[11].

 

Espiritualidad del peregrino

El hombre espera gozar un día de la felicidad eterna. Hasta entonces vive esa sensación de exilio, constatando la dureza del camino con el peso de la soledad y de la duda. La espiritualidad del éxodo es la del hombre que lucha por liberarse de toda opresión hasta conseguir la tierra prometida. La parábola del Hijo pródigo es el arquetipo de la peregrinación donde se describe el alejamiento que precede al retorno y a la conversión. Esto comporta unas actitudes como son la austeridad, el desprendimiento voluntario, el pasar de lo conocido para encaminarse a lo desconocido, obedeciendo una voz interior, la voz del espíritu que nos invita a sentirnos forasteros en la propia patria, llamados a ser conciudadanos de los santos.

El espíritu de la peregrinación lleva consigo dejar la propia tierra y la parentela para ir lejos, es decir, más allá de lo inmediato, de lo que uno conoce o posee. Es signo de la apertura a la trascendencia. El desprendimiento es substancial para el peregrino.  No hay salida de lo propio sin abandono. El relato genesiaco: “Sal de tu tierra, de tu pueblo y de la casa de tu padre; emigra al país que te indicaré y fija allí tu morada” (Gen 12,1) es un referente esencial para el peregrino. En el carácter peregrinante del hombre de fe sobresale la esperanza como el elemento dinámico de la existencia. Sólo el que espera puede considerarse peregrino quien al igual que Abraham peregrina por el mundo, preguntándose a veces donde está Dios y aunque flaquee y tenga la tentación de desistir en la búsqueda, Dios tiene piedad del que en soledad le busca en el silencio. El peregrino se convierte en intercesor de los demás hombres y acoge desde la profecía en la historia la manifestación total de Dios en la persona de su Hijo encarnado.

Quien peregrina aprende a tener las puertas abiertas porque antes se le han abierto a él. Toma conciencia de que la existencia humana es paradójica. Por una parte habita en un contexto que no es definitivo, la realidad histórica, y por otra desde la provisionalidad está en camino hacia la ciudadanía permanente. “Pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la venidera” (Heb 13,14).

La alabanza, la súplica y la confianza son manifestaciones del hombre que se está moviendo y desplazando, del hombre en camino (Ps 120-134), que vive esa tensión entre la tierra ajena y la ciudad propia, que sale de la patria y vuelve a ella, que pertenece a la sociedad de los ángeles y a la sociedad de los hombres: “peregrino por gracia aquí abajo y por gracia ciudadano allá arriba”. Así aparece ya en alguna forma que los peregrinos deben comportanse “viviendo según el Espíritu y no según la carne, según Dios y no según el hombre”. Esto define una espiritualidad que junto a la opción básica comprende la variedad de recorridos personales, que no se desentiende de la condición humana histórica y de sus compromisos de liberación y de promoción donde el cristiano tiene que ser fermento de libertad y progreso, de fraternidad y justicia, con conciencia eclesial y valorando la vida comunitaria. El peregrino siente la ausencia, la precariedad y el erradicarse de su propia tierra porque espera y camina hacia la ciudad celestial. La conciencia de ser peregrinos ayuda a superar los obstáculos con serenidad.

 

El peregrino a Santiago: viajero de lo sagrado

El peregrinar a la Tumba del Apóstol, desde lejos, con sus noches y sus días, con los gozos y las penas del camino se convierte en imagen de la vida cristiana. El Camino de Santiago fue desde los comienzos, por su significación y por sus aportaciones múltiples, un fenómeno importante que condicionó el modo ser de gran parte de Europa; y ello, porque el peregrino jacobeo ha venido cumpliendo ininterrumpidamente una vocación itinerante, que lo hacía ser “viajero de lo sagrado” y transmisor de saberes. Su meta es la tumba del Apóstol que, según la tradición, había evangelizado España. Ese peregrino era el peregrino por excelencia, esencialmente distinto de cualquier viajero. La meta era encontrarse con Cristo de la mano del Apóstol Santiago. En este sentido, puede decirse que no faltaron nunca o casi nunca las intenciones de carácter espiritual, dado que se trataba de un viaje de conversión y de transfiguración, de un viaje sagrado a través de la cristiandad entera. El móvil fundamental era la devoción a Santiago, la búsqueda de una relación personal con él. Esa era la actitud del peregrino imbuido de fe y profundamente devoto del Apóstol, lo cual no excluía otras motivaciones tales como el deseo de una santificación personal, la necesidad de una mayor práctica de oración, el reconocimiento y gratitud por las gracias y favores recibidos, la obligación de cumplir una promesa, sin olvidar un cierto afán por conseguir indulgencias[12], o la búsqueda del deseado milagro. Esencial en esa peregrinación era, sin duda alguna, el espíritu de penitencia. Se iba a Compostela “por penitencia”, ya fuera por decisión personal, ya por delegación o por encargo de alguien que no podía realizar ese viaje sagrado. El recorrido a pie, de todo o parte del camino, fue siempre uno de los medios humildes de hacer penitencia. Es decir, el Camino de Santiago y la peregrinación jacobea han sido desde sus inicios una historia de fe, de testimonio de vida cristiana, de caridad fraterna; una historia que configuró a la Europa cristiana.

No obstante ser el viaje que se realiza a Santiago un viaje esencialmente sagrado, debe tenerse muy en cuenta que el peregrino jacobeo es hombre curioso y atento, que sabe admirar y asimilar todo lo que encuentra, desde las canciones, los cuentos y las leyendas hasta las peculiares técnicas de los árabes en los reinos hispánicos. Esto significa que con los peregrinos jacobeos viajaban también ideas, instituciones, leyendas, en una palabra, importantes elementos culturales. Los peregrinos llevaron a los reinos hispánicos consigo nuevas formas de expresión artística, símbolos, creencias y formas de vida que incorporaron a los lugares que atravesaban; incluso, al final del trayecto, en actitud penitencial, cargaban con piedras calizas para contribuir a la construcción de la basílica compostelana.

El Codex Callixtinus, primera guía de viajes y de peregrinos de Occidente, nos describe al jacobita como el más característico de los peregrinos cristianos. No en vano, posteriormente, Dante llamó peregrino al que va a la Casa del Señor Santiago, palmero el que va a Jerusalén y romero el que va a Roma. Supo bien el Renacimiento captar que el fenómeno jacobeo aglutinaba el de la peregrinación.

El Camino de Santiago ha sido desde sus inicios un camino de fe y un camino de cultura, es decir, el acontecimiento más importante en la configuración de la Europa medieval como Cristiandad occidental. Esta convicción la recogía Eneas Silvio Piccolomini, el papa humanista Pío II (1405?1464), al enunciar en su obra cartográfica una especie de unidad religioso?cultural europea, en oposición a lo que consideraba la barbarie asiática. Piccolomini dejó claramente establecido, en sus consideraciones, la existencia de una ecuación entre Europa y civilización, entre cristianismo y civilización, que es precisamente una de las grandes aportaciones hechas por el Camino de Santiago y las peregrinaciones jacobeas.

En la misma línea que su antecesor Pío II, ya en nuestros días el beato Juan Pablo II reconocía sin ambages la contribución de la peregrinación jacobea a la unidad e integridad de Europa: “Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la ‘memoria’ de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando”[13].

 

Aportación para Europa

La Peregrinación Jacobea reclamó la primacía  de los bienes del espíritu; mantuvo la tensión hacia los bienes de Dios; inspiró y favoreció iniciativas e instituciones para la promoción de los valores humanos; y sigue siendo una luz para todos aquellos que están preocupados por un auténtico humanismo y el futuro de Europa, a fin de que sepan descubrir, apreciar y defender el rico patrimonio cultural y religioso.

 

Primera aportación: la antropología cristiana

Es menester resaltar las dimensiones antropológicas que se encierran en el mensaje del peregrino: la bondad de la creación y de la criatura; la amenaza y consecuencias del pecado; las posibilidades que tiene el hombre para ser sanado, convertido, perdonado; la presencia de la gracia en la creación imperfecta, creación que está en camino de llegar a la plenitud. Sólo la fuerza espiritual de la verdad de Cristo puede vencer la debilidad mental y moral que padecemos, y ayudarnos a recuperar la confianza: “Sin confianza en la existencia sobre la que nos apoyamos, reconociéndole crédito y capacidad para darnos continuidad en el futuro, no es posible aquella acción creadora que transforma la naturaleza para un mejor servicio al hombre, que suscita y redime al hombre, que lucha por superar la muerte”. La falta de confianza nos lleva a la trivialidad.

 

Segunda aportación: la unidad

La peregrinación jacobea descubre que el cristianismo por ser apertura a lo universal, ha configurado una Europa abierta y capaz por ello de integrar nuevos elementos. Pero esto no podrá hacerse sin respeto a la identidad cultural de Europa. Es necesario decirlo, sabiendo de donde venimos para caminar hacia el futuro con esperanza. “Europa se comprende sobre todo desde el punto de vista cultural y no la ha creado otra cosa que la tradición cristiana. La cultura europea no podrá sobrevivir a la desaparición completa de la fe cristiana. Si el cristianismo desapareciese, toda nuestra cultura desaparecería con él”. La tradición jacobea ha tenido un influjo decisivo en la unidad de Europa. Abandonar esta tradición es prescindir de una inspiración y ayuda para uno de los mayores retos del presente: la unidad. La autoridad de Dios que vincule nuestras conciencias y la atracción de lo santo que nos mueva a la acción, son presupuestos ineludibles.

 

Tercera aportación: Un proyecto ético-moral

Es preciso avivar una conciencia europeísta viva y operante cuyo primer contenido, previo a los tratados y reglamentos político-económicos, sería el logro de una solidaridad moral que ha de ser la verdadera médula de Europa, dice Salvador de Madariaga. La conciencia de Europa  se especifica  y se significa en el aprendizaje del aristotelismo de París, del derecho romano de Bolonia, de la ciencia arábiga de Toledo, del comercio y de la navegación de Venecia o Brujas. Las raíces del europeísmo hay que encontrarlas en la común cultura de todos los pueblos europeos. La fuerza dominante en la creación de una cultura común entre distintos pueblos es la religión. El cimiento de la cultura es la religión. Las más íntimas convicciones del hombre sobre su destino determinan su actitud ante los problemas que la vida plantea, de cuyas soluciones nace la cultura. La religión es universal y trascendente; la cultura se desarrolla en el plano de lo particular y lo temporal.

Ciertamente, no se trata de crear una Europa paralela a la existente, sino de mostrar a esta Europa que su alma y su identidad están profundamente enraizadas en el cristianismo, para poder así ofrecer a Europa la clave de interpretación de su propia vocación en el mundo. La unidad de Europa será duradera y provechosa si está asentada sobre los valores humanos y cristianos que integran su alma común, como son la dignidad de la persona humana, el profundo sentimiento de justicia y libertad, la laboriosidad, el espíritu de iniciativa, el amor a la familia, el respeto a la vida, la tolerancia y el deseo de cooperación y de paz. “La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo”[14].

El articulado sistema de valores –fe, solidaridad, caridad, sacrificio, actitud penitencial y trascendencia- relacionado con la peregrinación jacobea maduró y reforzó una concepción cristiana de las relaciones entre los hombres de países y costumbres diferentes, unidos en una misma fe y en una misma civilización que sigue siendo referente en este momento. Por eso, Europa no puede considerarse solamente una estructura económica basada en su sistema monetario común. “Yo quisiera invitar a España y a Europa a edificar su presente y a proyectar su futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos. Una España y una Europa no sólo preocupadas de las necesidades materiales de los hombres, sino también de las morales y sociales, de las espirituales y religiosas, porque todas ellas son exigencias genuinas del único hombre y sólo así se  trabaja eficaz, íntegra y fecundamente por su bien”[15].

La unidad europea ha de fundamentarse sobre un sistema de valores, personales y colectivos donde la existencia se comprenda como don y tarea para el hombre, donde el prójimo sea aquel de quien cada uno se hace responsable y donde la vida de cada uno se ponga al servicio de los demás.

En este horizonte, la peregrinación jacobea pasa de tener un valor simple y exclusivamente cultural e histórico a ser un valor constitutivo y constituyente de la común civilización europea. En medio de la indiferencia religiosa, la incertidumbre moral, la falta de discernimiento y la pérdida de la visión trascendente, en estos momentos hemos de salir del camino trillado y empezar a explicar maneras diferentes de hacer algo o respuestas más certeras (cf. M. Scout Pecto, Un camino sin huellas). “¿Qué amenaza la vida personal? La amenaza el anonimato, la trivialización del mal, la reducción técnica y publicitaria del lenguaje, el tópico repetido hasta la saturación, la uniformación expresiva, el olvido de los mundos lejanos a nuestra percepción inmediata con las correspondientes palabras que los nombran, el silencio sobre realidades sagradas inaccesibles por métodos cuantitativos. Que los hombres buenos, los artesanos, los poetas, los santos, nos recreen esas palabras verdaderas y necesarias, que agradecía Machado, con las que decimos el mundo, a nosotros mismos y decimos a Dios”[16]. Como ayer y también hoy “Santiago es la tienda del encuentro, la meta de la peregrinación, el signo elocuente de la Iglesia peregrina y misionera, penitente y caminante, orante y evangelizadora anunciando la cruz del Señor hasta que vuelva. Compostela, hogar espacioso y de puertas abiertas quiere convertirse en foco luminoso de vida cristiana, en reserva de energía apostólica para nuevas vías de evangelización, a impulsos de una fe siempre joven”[17]. Muchas gracias.



[1]DANTE ALIGHIERI, Cántico tercero de la Divina Comedia. El Paraíso, Canto XXV.

 

[2]    Historia Compostelana, ed. de M. SUÁREZ y J. CAMPELO, Santiago 1950, 21s.

[3]    GONZALO TORRENTE BALLESTER, Compostela y su ángel, Madrid, Alianza Editorial, 1998, 55.

[4] Cf. E. MORENO BAEZ, Los cimientos de Europa, Santiago de Compostela, 1996, 7-8. Cit. por en Peregrinos por gracia. Carta pastoral del Arzobispo de Santiago en el Año Santo Compostelano 2004, Santiago de Compostela 2002, 102

[5] BENEDICTO XVI, Alocución en su llegada a Santiago de Compostela, 6 de noviembre de 2010.

[6] C. de VILLALÓN, Viaje de Turquía, Buenos Aires – México, 1946, 13

[7] Cf. J. ORTEGA Y GASSET, Ob.cit., 192 s.

[8] TOMÁS DE KEMPIS, Imitación de Cristo, Libro II, cap. 1

[9] Cit. Por L.M.Herrán, Mariología poética española, Madrid 1988, 913.

[10] Liber Sancti Jacobi. Codex Calixtinus (trad. De A. Moralejo, C. Torres y J. Feo), Potevedra 1992, 207.

[11] RICARDO BLAZQUEZ, Dimensión antropológico-religiosa de la peregrinación: COMPOSTELA 6(1955)8-9.

[12] En 1294 el papa Celestino V concedió por primera vez una indulgencia plenaria por peregrinar.

[13] Cit. por Peregrinos por gracia. Carta pastoral del Arzobispo de Santiago de Compostela en el Año Santo Compostelano 2004, 99

[14] BENEDICTO XVI, Homilía en la plaza del Obradoiro, 6 de noviembre de 2010.

[15] BENEDICTO XVI, Discurso en la Catedral de Santiago, 6 de noviembre de 2010.

                [16] O. GONZALEZ DE CARDEDAL, Unas pocas palabras verdaderas, ABC 3 de abril de 2008.

[17] JUAN PABLO II, Alocución en la Plaza del Obradoiro, 19 de agosto de 1989, durante la celebración del rito del peregrino.



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