Carta del Obispo

Conclusión del “Año claretiano” y vigencia de Santa Clara

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Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

Hay fechas que están escritas en negrita y con subrayado, por haber condicionado la vida de pueblos y generaciones. Una de ellas es, sin duda, la noche del Domingo de Ramos de 1212. Ese día, la chica más elegante y aristocrática de la ciudad de Asís se fue de casa para pisar en las mismas huellas vitales que su paisano Francisco de Asís.

Alguien ha dicho que la realización de los grandes amores, humanos y divinos, es una gran aventura. En el caso de Clara de Asís es una evidencia. Así la describe su biógrafo. “Se acercaba el día solemne de Ramos cuando la joven, con el corazón lleno de fervor, fue a ver al varón de Dios (Francisco), pidiéndole el qué y el cómo de su conversión. El Padre Francisco dispuso que el día de la fiesta, compuesta y engalanada, se acercase a recibir la palma mezclada con la gente, y que por la noche, saliendo de la ciudad, convirtiera el mundano gozo en el luto de la Pasión del Señor. Llegó el Domingo de Ramos. La joven, vestida con sus mejores galas, espléndida de belleza entre el grupo de las damas, entró en la iglesia con todos. Al acudir los demás a recibir los ramos, Clara, con humildad y rubor, se quedó quieta en su puesto. Entonces, el obispo se acercó hasta ella y puso la palma en sus manos”.

Nadie podría imaginar lo que sucedería horas después. Porque –según el testigo XIII del proceso- la noche del Domingo de Ramos de 1212, Clara se fugó materialmente de su casa paterna, aprovechando la oscuridad y una puerta trasera. Corrió a Santa María de la Porciúncula, donde los frailes –que velaban en oración- le recibieron con antorchas. “De inmediato, despojándose de sus diversas galas, dio al mundo ‘libelo de repudio’”. Acto seguido, Francisco le cortó los cabellos y le condujo a la iglesia de san Pablo para que permaneciera allí hasta que la providencia dispusiera otra cosa.

Lo que ocurrió al día siguiente nos lo cuenta ella misma por boca de Tomás de Celano, su biógrafo: “Cuando la noticia llega volando a los parientes, con el corazón lacerado, condenan el hecho y el propósito; y todos a una corren al lugar, tratando de conseguir lo que no pueden. Echan mano de la fuerza, de la violencia, de la sugestión, de los consejos, del halago, de las promesas, induciéndole a desistir de tamaña bajeza, que ni es conforme a su nobleza , ni ofrece un caso igual en el contorno”.

Todo fue inútil. Para entonces, el camino abierto por su paisano Francisco le había subyugado y ella lo quería recorrer, aunque tuviese que superar las mismas dificultades familiares y ambientales de Francisco. Él también había provocado un gran escándalo entre los bien pensantes de Asís, comenzando por su propia familia, y había provocado la reacción violenta de su padre. Éste, próspero comerciante de telas, que formaba parte de la burguesía de Asís y viajaba constantemente a Francia, no podía tolerarlo e hizo lo posible para que desistiera de su empeño. Pero el amor a Jesucristo pudo más. Fue Él quien puso en su alma el afán de reforma y la opción por una vida de absoluta radicalidad evangélica. Clara quería vivir así. Dios lo quería también. Más aún, quería fuese una multitud de mujeres las que siguieran ese mismo camino y se valió de ella para fundar la Orden de las Clarisas. Dios –que siempre es buen pagador- le concedió la dicha de que su madre y su hermana Inés formaran parte de esa nueva familia. A su muerte, dejó a sus hijas la herencia de la sencillez, de la caridad, de la piedad y de la fraternidad alegre.

Ayer celebramos su fiesta y el final del “Año Clariano”. Yo he tenido la dicha de clausurarlo en las Clarisas de Burgos como la tuve al inaugurarlo en Vivar del Cid. Pero esta clausura no es la conclusión sino el prólogo de un itinerario que ha servido para recordarnos la actualidad del mensaje y de la herencia de Santa Clara.

                                                                                                 

                                                                                  (12 de agosto de 2012)

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