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Coronavirus

Con la vida en los talones, por Jesús Fernández

Redescubriendo la vida y el amor en medio de la crisis por el COVID-19

Aún dentro de la primera semana de confinamiento por el Coronavirus, me doy cuenta de que ya he redescubierto unos cuantos mundos que tenía casi olvidados; conmigo, otros muchos. Uno de ellos es el de las ventanas y, el principal, el de la televisión y de los Medios de Comunicación Social. Según las noticias, el 76% de los españoles miraron a través de ella el domingo pasado, lo que les permitió encontrarse con el tristemente famoso COVID-19 y con las medidas que nuestras autoridades han ido tomando para combatir su expansión y tratamiento.

Siempre me pareció muy aburrido mirar por la ventana. Y —os lo aseguro— no es porque mi residencia dé a un patio interior o a una colmena de viviendas precisamente. Tampoco porque el paisanaje que cruza “mi calle” sea aburrido. Pero —ya se sabe— el confinamiento nos impide pisar el pavimento y mirar la vida desde abajo. Esa mirada, sin embargo, me ha llevado a pensar en tantas y tantas personas que, en tiempos normales, no pueden pisar la calle y sólo alcanzan a posar sus ojos en el mundo real a través de los cristales. También me ha descubierto a un joven balbuceando palabras sin sentido y dando patadas a la papelera mientras su compañera intentaba calmarle y llevarle a un puerto seguro. Recuerdo su voz y hasta podría describir su ropa. En definitiva, descubrí a una persona cuya situación lamento profundamente desde la impotencia, al tiempo que me gozo con la ayuda de su compañera.

Otro redescubrimiento de estos días ha sido la familia, los amigos y la comunidad. Conozco algún núcleo familiar con hijos de corta edad. Y, lo confieso, surge en mí un sentimiento de admiración y ternura ante la perla social más hermosa. En estos días se tienen que reinventar: reorganizar los espacios, el tiempo, la conversación, los juegos, el rincón personal… ¿Acaso alguien puede poner en duda, más allá de cualquier polémica interesada, cuál es la primera pertenencia de los hijos? No debe faltar tampoco el recuerdo de aquellas familias que tienen en su seno personas mayores, enfermas, discapacitadas, frágiles. Su cariño y cuidado son la mejor medicina que existe en el mercado. Desde aquí, mi reconocimiento más sincero a los que han hecho y hacen cada día la apuesta más valiente y generosa por la vida, el amor y la esperanza.

Estamos saboreando también la amistad, la buena vecindad, la vida comunitaria. Ricos de tiempo, podemos centrar nuestra mirada en las personas, más que en sus funciones o roles, multiplicar los contactos aprovechando los múltiples medios técnicos de que disponemos, romper la costra de los prejuicios, y entrar en el corazón personal. Gentes jugando al ping-pon desde la ventana de casa, jugando al veo-veo, celebrando el cumpleaños de una vecina… son otras tantas manifestaciones de que estamos en un tiempo propicio para redescubrir y poner en juego nuestras mejores capacidades y aptitudes sociales y comunitarias.

Si hay un colectivo que estos días merece todo nuestro reconocimiento es el de los profesionales sanitarios; algunos han llegado a contraer la enfermedad en el desempeño de su trabajo e incluso han fallecido. Junto a estos héroes, situamos también a los investigadores; nuestra confianza está puesta en ellos. Justamente en estos momentos resuenan en el aire los aplausos tributados por el vecindario. Les encomendamos en nuestras oraciones.

Hay otro redescubrimiento que me está llenando de alegría: el de unos políticos que se preocupan por el bien común de su pueblo. Con esto no quiero decir que no lo hagan en el día a día y en otras circunstancias, pero es claro que, en este caso, han dejado al margen las consideraciones de otra índole para centrarse en el problema. Les confieso que me ha causado un enorme alivio dejar de oír comentarios sobre los conflictos territoriales, desacuerdos sobre temas esenciales para la convivencia, políticas de partido… En estos momentos, y trataré que sea por mucho tiempo, me siento reconciliado con ellos. Estoy seguro que así les sucederá a muchos de mis conciudadanos. Cuentan con nuestro apoyo y obediencia para superar juntos esta batalla sanitaria y, en el futuro, buscando el bien común.

Solo me resta hablarles de una última ventana: la ventana que nos acerca la trascendencia de un Dios que no nos ha olvidado y que sigue cuidando de nosotros; ¿acaso no lo está haciendo a través de las instituciones y personas que he ido identificando desde mi ventana particular? ¿Acaso no lo está haciendo a través de la Iglesia? Basta mirar los ofrecimientos de distintos arzobispos y obispos: lugares para acoger a los enfermos y necesitados, cartas pastorales, iniciativas celebrativas y oracionales… Basta recordar también el pronunciamiento profético de Cáritas española sobre las medidas necesarias para mantener cohesionado el tejido social y los apoyos reales a personas pobres y excluidas. Y, en fin, ahí está el testimonio de los capellanes de hospitales que siguen trabajando como siempre para acercar a Dios a aquellos que lo desean en momentos delicados de su existencia y, en general, el testimonio de todos los sacerdotes. A pesar de la fragilidad de muchos, con su oración y humilde servicio, siguen sirviendo al Pueblo de Dios y a todos los que llaman a su puerta. Lo digo con claridad: sin la inculturación del Evangelio serían impensables los frutos de los que vengo hablando. Y esa siembra, la han hecho ellos, junto con los demás apóstoles de la fe.

Cae la tarde y cierro las contraventanas. Miro hacia adentro, donde brilla la luz de Jesucristo; a Él os encomiendo contando con la intercesión de la Virgen María, el Apóstol Santiago y San Roque. Que el Señor os bendiga.

+ Jesús Fernández González
Obispo auxiliar de Santiago
Presidente de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social

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