Carta del Obispo Iglesia en España

Con la primavera y con las flores, por el arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil

Con la primavera y con las flores, por el arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil

(Un canto a María)

La Virgen María siendo la Madre de Dios encarnado, es la primavera que anuncia una etapa nueva, misericordiosa y bella para la humanidad empecatada.

María, por ser llena de gracia, es la flor que destaca en el inmenso y verde prado de la Iglesia en que brillan los santos de todos los tiempos.

María, como primavera de la vida, nos alivia de los molestos rigores del invierno que empobrecen el paisaje y hacen peligrar el optimismo en la espera de abundantes frutos.

María, como flor, que destaca en el mundo por su belleza y singular figura, llena la tierra con la fragancia de la gracia de Dios que la hace bendita entre las mujeres.

María, como flor de primavera, anuncia los frutos que el amor infinito de Dios, manifestado en Jesucristo, hará brotar entre los hombres con la fuerza renovadora de su amor universal convertido en canto de ternura y de misericordia.

María, como parte del árbol humano que integramos los hijos de Dios, está radicalmente vinculada a nosotros con el sacratísimo título de Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres. Título que le corresponde por ser Madre del nuevo Adán, y porque lo recibió en el Calvario como el testamento de amor de su Hijo.

María, como intercesora nuestra nos lleva en sus brazos ante el trono del Padre, haciendo de nosotros una ofrenda que Él mismo ha creado y por la que ha dado su vida en la cruz.

María, como Madre amantísima, nos enseña, con su testimonio y con pocas y acertadas  palabras, cómo quiere Dios que correspondamos al amor que nos tiene a pesar de nuestros pecados y torpezas.

María, como un dulce canto de ternura cultivada junto a Dios, va sembrando en el mundo la gratitud al Señor, que todo nos lo da y que a todos busca y llama hacia sí.

María es como un inmenso candelabro que, situado en el centro de la historia, eleva la luz de Cristo para que alumbre a los hombres de todos los tiempos, razas y lugares.

María, dando a luz al Hijo de Dios, y mostrándolo a cuantos iban conociendo su nacimiento, es, para todos los discípulos de Jesucristo, la Estrella de la Evangelización. Por ello es maestra en el cumplimiento del mandato que nos dio Jesucristo para que anunciáramos el Evangelio a todos los pueblos.

María, como esposa del Espíritu Santo, por quien engendró en sus purísimas entrañas al Mesías redentor, es, a la vez, el Templo más preciado de la Santísima Trinidad.

María, con su fe intachable, con su humildad capaz de mover el corazón generoso de Dios, con la belleza de su alma que fue espejo de la grandeza y magnanimidad divinas, y con el testimonio de su entereza ante el dolor, se ha convertido en la voz humana más armoniosa al cantar el gozo que brota de la fidelidad cristiana.

María, como criatura humana, por su irrepetible y sobresaliente santidad, es maestra de jóvenes y adultos, de hombres y mujeres. María es maestra de humanidad y, especialmente, de la nueva humanidad.

María, puesto que ha brillado como astro de ejemplar fidelidad al Señor, es guía de coherencia para todos nuestros comportamientos; especialmente en los momentos de mayor dificultad.

María proclama la grandeza del Señor y manifiesta alegrarse en Dios nuestro Salvador, porque reconoce cuánto ha recibido de Él. Por ello se alegra su espíritu hasta exclamar en un canto de gratitud. Y nos llama a mirar a Dios de frente, como a un Padre, con tanto amor como arrepentimiento, con tanta esperanza como ilusión, y con la plena seguridad de que Dios, que ha comenzado en nosotros la obra buena, él mismo la llevará a término.

En el Mes de Mayo, tradicionalmente dedicado a la Virgen, mes de la primavera y de las flores, de la ilusión y de la esperanza, y tiempo oportuno para nuestra salvación, miremos a María con cariño filial, con  fe cristiana, con humildad y plena confianza. Sentiremos entonces la mano que nos ayuda y el beso de ternura que alivia nuestras tensiones interiores y las oscuridades que nos hacen temer en el camino hacia Dios.

+ Santiago

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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