Carta del Obispo Iglesia en España

Comunicar, no manipular, por Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

Comunicar, no manipular, por Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

El título de estas líneas puede parecer un tanto duro. Es cierto. Pero, observando la propia experiencia, y reflexionando sobre algunos aspectos de la comunicación humana y de los valiosos medios de comunicación social, podemos entender que no es así. Nunca nada puede decirse de todos y del todo. No es ético tomar la parte por el todo y generalizar injustificadamente. Sin embargo, es cierto que determinados rasgos afectan en muchos casos y a muchos medios de comunicación, y no siempre corresponden a una forma ética de hacer y al buen estilo que todos gustaríamos.

Estas líneas no pretenden hacer un análisis de los comportamientos mediáticos, ni referirse a los aspectos deficientes o negativos en los que pueden caer algunas veces. Escribo esta página cuando la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Lo correcto es, pues, comenzar dando gracias a Dios por la riqueza de posibilidades humanas que ha sembrado en las personas desde su acción creadora y que experimentamos notablemente en este campo tan importante de la vida social que es la comunicación.

Esta gratitud a Dios debe tener presente no solo el hecho de la comunicación y de la riqueza y velocidad de crecimiento de los medios técnicos puestos al servicio de nuestras relaciones personales e institucionales. Debe ampliarse con la oración sincera y esperanzada a favor de quienes hacen posible tantos medios de comunicación con tanta abundancia de recursos técnicos que, como dice el Papa Francisco en su mensaje para esta Jornada, “ayudan a que nos sintamos más cercanos los unos a los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por una vida más digna para todos”.

 

Comunicación y naturaleza humana

 

La comunicación entre las personas forma parte constitutiva de la naturaleza humana. El libro del Génesis nos cuenta que Dios, al crear al hombre, estableció el principio de la relación en la alteridad como elemento esencial de la vida humana. Y estableció este principio: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen. 2, 18). A pesar del rico significado que indudablemente encierra la creación de la mujer y la exclamación de Adán “esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gen. 2, 23), no podemos reducir la sociabilidad humana a la enriquecedora relación entre el hombre y la mujer como individuos y como realidades sociales. Debemos entender también que, sin olvidar la necesaria integración de los valores propios de ambos sexos, la condición social del ser humano necesita de la relación personal en todos los ámbitos y dimensiones de su personalidad. Por tanto, es deber de todos, por los medios al alcance de cada uno, hacer de la comunicación humana un medio de enriquecimiento personal y de progreso en el entendimiento mutuo; una puerta que abra a la necesaria colaboración entre personas e instituciones; un medio de entendimiento y comprensión  en el seno de la pluralidad de situaciones personales y sociales; una fuente de información que contribuya al conocimiento objetivo de la realidad en este mundo globalizado; y que ayude a su justa valoración y al compromiso generoso, y limpio de intereses egoístas. Sólo así será posible vivir material y espiritualmente de acuerdo con la dignidad original e innegociable de la persona humana, y con la seguridad de que se respetan sus derechos y libertades fundamentales.

 

Manipulación y verdad a medias

 Por todo lo dicho, podemos concluir fácilmente, desde una ética fundamental y no dependiente en exclusiva de las leyes políticas, que no es legítimo hacer de la comunicación social un medio para desacreditar al prójimo en beneficio propio. No es ético manipular la verdad transmitiéndola a medias, o interesadamente adornada, para perjudicar al prójimo en función del beneficio propio. En esta línea de grave incorrección, y como expresión de una lamentable irresponsabilidad, está la utilización de los medios de comunicación social deformando la verdad, o urdiendo una calumnia al amparo del cobarde e inmoral anonimato.

Desde la fe cristiana sabemos que la difamación es pecado; y que su perdón sacramental requiere el compromiso firme de hacer lo necesario para devolver la fama a quien se ha perjudicado. Y si las consecuencias, directa o indirectamente procuradas, impiden la atención de acciones sociales legítimas y positivas, o van contra una acción eclesial claramente justificada y provechosa, la transgresión ética o moral es más grave. No es necesario esforzarse en demostrar que, en esos casos desgraciadamente no aislados, los medios de comunicación social, los correspondientes comunicadores, y los responsables de dichos medios y acciones, merecen  la censura de toda la sociedad. Desde la conciencia de los vínculos fraternales que nos unen como hijos de Dios, la constatación de estas formas de actuar deben movernos, al mismo tiempo, a procurar la ayuda posible para que, quienes así obran, se conviertan de su mal camino y abandonen su malicia, su cobardía, o su incompetencia.

Cuando se cometen las desviaciones a que hemos aludido, queda claro que la comunicación se convierte en manipulación. Entonces, la comunicación no contribuye al buen entendimiento, a la colaboración y a la unidad, sino que siembra la enemistad, entorpece las relaciones sociales a las que debería servir, y se convierte en instrumento de ruptura o de aislamiento social.

En la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales debemos hacer un esfuerzo por contribuir a la recta utilización de la comunicación humana y de los Medios de Comunicación Social para acercar más entre sí a los pueblos, a las instituciones y a las personas. Sólo así podremos contribuir a que este mundo sea más humano, y a que las personas gocen de la verdad de las cosas, de la fiel noticia sobre los acontecimientos sociales, y de la realidad integral de las personas, de las instituciones  y de los pueblos.

En verdad, estos objetivos o deberes, que muchas veces se conculcan o se incumplen en los instrumentos mediáticos, vertiendo apreciaciones sesgadas en nombre de la libertad de expresión, exigen de todos un esfuerzo de sinceridad  y de rectitud para la que necesitamos de la ayuda de Dios. Oremos, pues, por esta causa.

+ Santiago

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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