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Iglesia en España

Comunicación para el progreso humano, por el arzobispo de Mérida-Badajoz

Comunicación para el progreso humano, por el arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil

Negar la necesidad de la comunicación entre las personas sería negar la identidad humana.

El Hombre y la mujer, son creados por Dios como seres esencialmente sociables. Dios ha dejado constancia de ello en la narración bíblica de la creación del hombre diciendo: “no es bueno que el hombre esté solo”.

Más allá del valor imprescindible de la mujer para el equilibrio y la riqueza de la sociedad, lo que Dios dejó muy claro con esa expresión es que la vida de las personas está vitalmente abierta y necesitada de intercomunicación.Por eso la carencia de relación comunicativa con los demás produce la más dura sensación de soledad. De hecho, ni en las comunidades monásticas más exigentes en el silencio, hay tiempos bien señalados para hablar con los hermanos de la comunidad.
Con el paso del tiempo, el valor y la necesidad social de la comunicación han ocasionado investigaciones cuyo avance técnico nos ha facilitado medios de comunicación antes impensables. La prensa, la radio, la televisión, los teléfonos fijos y móviles, internet y sus distintos canales de transmisión de noticias, imágenes y comentarios, constituyen una verdadera riqueza para llegar a las personas en cualquier lugar y en todo momento. Hay que agradecer a la inteligencia humana, a la que Dios encomendó el dominio respetuoso de la tierra y el avance continuo en el descubrimiento de las potencialidades que esconde la creación, todo lo que supone la riqueza comunicativa de que disponemos. Y confiamos con agrado y esperanza que se vaya creciendo cada día más en este campo, ya que es el fundamento o la condición imprescindible para la vida y el crecimiento de la humanidad.
Sin embargo no debemos olvidar que la comunicación e obra humana; y que, por tanto, está supeditada a la intencionalidad humana. Por eso nos encontramos con diversos medios, programas y estilos de comunicación. Con ellos se pretende llegar a las distintas necesidades y dimensiones de las personas; y, de hecho, son inmensos los servicios que ofrecen hoy los distintos y cada vez más asequibles medios de comunicación. No obstante, puesto que están en manos de los hombres y mujeres quedan a expensas del uso que cada uno haga de ellos. Constatamos y podemos decir que los medios de comunicación repercuten en la vida de las personas de acuerdo con las intenciones, capacidades y estilos de quienes los utilizan. Por ello pueden ser informativos, causantes de la comunicación directa y en tiempo real con los semejantes. Siendo esto así, no cabe duda de que la comunicación, que por principio debe ser constructiva, resulte destructiva.
Detrás de esa aventura de los medios de comunicación están siendo motivos, radicalmente condicionantes de su bondad o maldad, las intenciones, los intereses y el estilo de las personas que los proyectan, los activan o los utilizan. Centrándonos en los medios de comunicación escritos o hablados, cuya Jornada eclesial celebramos en la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, constatamos grandes servicios que debemos agradecer y graves perjuicios que ensombrecen el brillo social del acercamiento entre personas, pueblos, intereses y acontecimientos en esta aldea global.
Ante todo esto no es justo guardar silencio. Por ello, en esta Jornada eclesial dedicada a los medios de Comunicación social, agradecemos a Dios la vocación periodística que él ha ido suscitando en sus diversas vertientes y especialidades. El ejercicio de esta profesión que despierta y estimula nuestra condición social, nos ayudan a vivir unas dimensiones que desbordan nuestra singularidad, con un espíritu solidario que supera diferencias de pueblo, de raza y de religión, abriéndonos a la conciencia de fraternidad universal.
Lamentamos, como es lógico, las frecuentes desviaciones de quienes utilizan tan nobles y provechosos medios de acercamiento humano para manipular la verdad, para alimentar apetitos morbosos, para la difamación, la calumnia y la sospecha. Por quienes actúan de este modo pedimos a Dios que purifique sus mentes, que despierte y renueve sus conciencias, que les libre de sufrir en carne propia los males que causan a otros con el irresponsable ejercicio de esta noble profesión. Y, para quienes, siendo ajenos a la profesión periodística, se aprovechan de los medios de comunicación social para sus propias fechorías, pedimos a Dios que calibren la responsabilidad de sus torpe actuación y lleguen a descubrir, valorar y respetar la dignidad e importancia de lo que fácilmente puede quedar desacreditado por una incorrecta actuación siempre lejana e incluso ajena a la información.
Felicidades, queridos periodistas, y que el Señor os conceda amar la verdad más que el interés noticiero de un buen titular.

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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