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Completo, en español, el encuentro del Papa con el Movimiento Cursillos de Cristiandad

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Completo, en español, el encuentro del Papa con el Movimiento Cursillos de Cristiandad

Preguntas al Papa de los participantes en el Encuentro

Santo Padre: Quisiéramos plantearle algunas preguntas que creemos que dimanan de la naturaleza misma del carisma del Cursillo.
En todo movimiento se siente con fuerza una doble exigencia: la fidelidad al carisma inicial y la necesidad de cambio y novedad para responder a la transformación de las situaciones. ¿Cómo mantener en armonía estas dos tensiones? ¿Cómo discernir la novedad que el Espíritu Santo sugiere de la novedad que, por el contrario, aleja del carisma? ¿Cómo comprender si cierta fidelidad al carisma inicial es más un entumecimiento que una fidelidad auténtica al Espíritu?
La amistad con Cristo y la amistad con los demás constituyen el corazón de los Cursillos. ¿Cómo vivir hoy esta doble amistad? ¿Cómo crecer en la amistad con Cristo y con los demás, en las circunstancias que hoy nos toca vivir?
El Cursillo nace con un carisma «en salida», misionero, encaminado a la fermentación cristiana de los ambientes y al anuncio. ¿Cómo fiarnos del Espíritu Santo hasta el punto de atrevernos a llevar el anuncio de la misericordia de Dios allí donde no se lo busca y donde más se sufre por el alejamiento de él, para que se realice la profecía de Isaías: «Me han encontrado los que no me buscaban» (Is 65, 1)?
Son varias las resistencias que se oponen a esta «salida misionera». Algunas proceden del exterior, del mundo: indiferencia, desconfianza, contraposición. Otras las descubrimos dentro de nosotros: incapacidad, indecisión, desilusión, inseguridad, miedos, reacciones de defensa.

Discurso del Papa

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenas tardes!

Ante todo, tengo que pediros perdón, porque este encuentro estaba previsto para mañana, y creo que habéis tenido que hacer muchos cambios y también con dificultades, en los transportes, en los medios de transporte. ¡Os pido sinceramente perdón! Ha habido una confusión. Vosotros sabéis que el Papa es infalible cuando hace definiciones dogmáticas —algo que se hace, aunque raramente—. Pero también el Papa tiene sus defectos, ¡y la infalibilidad no tiene nada que ver con sus defectos! Y este Papa es poco ordenado, e incluso indisciplinado. Y de ahí ha surgido la confusión. Os pido perdón por ello. ¡Gracias!
Yo conocía vuestras preguntas; he escrito un discurso que responde a ellas, pero a veces volveré a contestar a alguna pregunta, porque hay cosas que quisiera subrayar.
Como ha dicho el presidente, habéis  venido a Roma para vuestra Ultreya, nombre que reproduce el antiguo saludo de los peregrinos de Santiago de Compostela, que se animaban unos a otros a ir «más allá», «siempre más allá». Esta es, para vosotros, una auténtica reunión entre amigos, un encuentro fraternal de oración, de fiesta, de compartición de vuestra experiencia de vida cristiana. Doy las gracias a vuestros representantes, que me han manifestado los propósitos, las problemáticas y las perspectivas de vuestro movimiento. Por mi parte, quisiera ofreceros algunas sugerencias útiles para vuestro crecimiento espiritual y para vuestra misión en la Iglesia y en el mundo.

Vosotros estáis llamados —no lo habéis escogido antes, no; habéis sido escogidos, habéis sido llamados— a hacer que fructifique el carisma que el Señor os ha encomendado y que está en el origen de los Cursillos de Cristiandad, en cuyo grupo de iniciadores destacan Eduardo Bonnín Aguiló y el a la sazón obispo de Mallorca, Juan Hervás y Benet —¡era valiente!—, que supo acompañar el crecimiento del movimiento con paternal desvelo. En los años cuarenta del siglo pasado, ellos, junto con otros jóvenes laicos, se percataron de la necesidad de alcanzar a sus coetáneos, al vislumbrar el deseo de verdad y de amor que estaba presente en sus corazones. Aquellos pioneros de vuestro movimiento fueron auténticos misioneros: no dudaron en tomar la iniciativa, y se acercaron valientemente a las personas, involucrándolas con simpatía y acompañándolas por el camino de la fe con respeto y amor. Esto es importante: la simpatía, la compañía… Una cosa quiero decir de vuestro movimiento: ¡Vosotros no habéis hecho proselitismo! Y esta es una virtud. «La Iglesia no crece mediante el proselitismo, sino mediante el testimonio», nos dijo el Papa Benedicto. ¡Y es así! Vosotros no habéis hecho proselitismo. Es una gracia de Dios. Siguiendo el ejemplo de ellos, vosotros también queréis anunciar hoy la Buena Noticia del amor de Dios, haciéndoos cercanos a vuestros amigos, conocidos, compañeros de estudio y de trabajo, para que ellos también puedan vivir una experiencia personal del amor infinito de Cristo, que libera y transforma la vida. ¡Cuán necesario es salir, ir más allá, sin cansarse jamás, para reunirse con los así llamados «alejados»!

Para ayudar a los demás a crecer en la fe recorriendo un itinerario de acercamiento al Señor, hay que experimentar en primera persona la bondad y la ternura de Dios. Esta experiencia es el inicio del camino que vosotros recorréis. Cuando veis, cuando advertís que en vuestra vida Dios ha sido tan bueno, tan tierno, tan misericordioso, eso necesita salir, necesita llegar a los demás. El Señor quiere  encontrarse con nosotros, el Señor quiere habitar con nosotros, ser amigo y hermano, maestro nuestro que nos revela el camino que hemos de recorrer para alcanzar la felicidad. Él no nos pide nada a cambio; solo pide que lo acojamos, porque el amor de Dios es gratuidad, puro don. ¡Esto es importante! Para dar testimonio, es preciso reconocer que todo lo que tenemos es puro don, es regalo, es gratuito, es gracia. ¡Y eso no se compra ni se vende! Es un camino de gratuidad, es un camino que no se puede explicar: —«Pero ¿por qué a mí, Señor? ¿Qué tengo que hacer?». —«¡Díselo a los demás!». Comunicar lo que el Señor ha hecho conmigo, con tanta ternura, con tanta bondad, con tanta misericordia. Este es el testimonio. El testimonio amigable propio de un diálogo entre amigos. El encuentro con Cristo, y con la misericordia del Padre que él nos da, es posible, ante todo, en los sacramentos, particularmente en la eucaristía y en la reconciliación. En la santa misa, celebramos el memorial de su sacrificio: hoy todavía, él entrega realmente  su Cuerpo por nosotros y derrama su Sangre para redimir a la humanidad. En la penitencia, Jesús nos acoge con todas nuestras limitaciones y pecados    para darnos un corazón nuevo, capaz de amar como él, que amó a los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13, 1). Y cada vez que volvemos a pedir perdón, él perdona, porque sabe que somos débiles, que somos pecadores. ¡Somos pecadores licenciados! Todos. Y él lo sabe. Y él nos recibe siempre, con amor. Otra vía es la meditación de la Palabra de Dios, especialmente la lectio divina: leer la Palabra de Dios, leer la Biblia. Muchas veces he aconsejado —y lo hago ahora también— llevar siempre en el bolsillo o en el bolso un Evangelio, pequeño. En los viajes, cuando estoy en la sala de espera del dentista o esperando para hacer algo, leer un pasaje del Evangelio y después pensar con calma en él. Esta familiaridad con la Palabra de Dios nos acerca al Señor. Y así podemos escuchar al Señor, que nos indica el camino a recorrer y nos anima ante las incertidumbres y las dificultades que la vida presenta. Por último, encontramos el amor de Cristo en la Iglesia, que testimonia en sus diferentes actividades la caridad de Dios. El amor de Jesús en las obras de misericordia. Os haré una pregunta: ¿Sabríais decir, todos vosotros, cuáles son las siete obras de misericordia corporal y las siete obras de misericordia espiritual? Seamos valientes… ¡Que levante la mano quien no se las sepa! [Muchos levantan la mano]. Fijaos… ¡Aquí hay trabajo para vosotros, los obispos! ¡Trabajo para vosotros! Es importante leer cuáles son las obras de misericordia corporal. Algunas —estoy seguro— las recordaréis, pero son siete… Y las espirituales: son siete. Deberes para casa: buscar y estudiar las obras de misericordia. ¿Para qué? Para ponerlas en práctica. Todo, en la comunidad eclesial, tiene como fin hacer palpable a las personas la infinita misericordia divina. Algunos piensan: —«No, Dios está lejos. Iré al infierno… ¡Cuántas cosas malas he hecho!». —«Pero si tú has hecho tantas cosas, tantas cosas malas, él estará muy contento y hará fiesta si te acercas a pedir perdón». Y esta es la labor de persuasión que debéis realizar con vuestros amigos, en los Cursillos. Porque es verdad: ¡Dios hace fiesta! Dios hace fiesta. Y alguno siente también celos por eso: pensad en el hijo mayor de aquel padre misericordioso (cf. Lc 15, 11-32), que hace fiesta porque aquel otro hijo suyo, que se había llevado todo el dinero, que lo había gastado en darse a la «buena vida», vuelve sin nada… Y hace fiesta. ¡Es un rasgo extraño de nuestro Dios! Hacer fiesta cuando llega un gran pecador. ¡Esta sí que es gorda!

El método de evangelización de los Cursillos nació precisamente de este deseo ardiente de amistad con Dios, de la que brota la amistad con los hermanos. Desde el inicio se comprendió que solo en el marco de unas relaciones de amistad auténtica resultaba posible preparar y acompañar a las personas en su camino: un camino que arranca de la conversión, pasa por el descubrimiento de la belleza de una vida vivida en gracia de Dios y llega a la alegría de convertirse en apóstol en la vida diaria. Y así, desde entonces, miles de personas en todo el mundo se han visto ayudadas a crecer en la vida de fe. En el actual contexto de anonimato y de aislamiento típico de nuestras ciudades, ¡qué importante resulta la dimensión acogedora, familiar, a la medida del hombre, que ofrecéis en vuestros encuentros de grupo! Se hace amistad.  Habrá problemas, aquí o allá… Los habrá siempre, hay problemas. Pero hay que hacer que crezca la amistad. «Pero, padre, cuando hacemos que crezca la amistad, crecen también algunas disputas, celos,  envidias…». ¿Qué dijo el Señor? Cuando el diablo siembra cizaña, dejadla crecer. Vosotros, haced crecer la buena semilla, la amistad. Y, a la hora de la siega, la cizaña será quemada y la buena semilla  dará su fruto. Yo os pido que mantengáis siempre un clima de amistad y de fraternidad en el que rezar y compartir cada semana las experiencias, los éxitos y los fracasos apostólicos.

Me viene a la memoria el recuerdo de una señora, nacida en una familia atea, y ella también atea: no agnóstica, sino atea. Pero era una buena mujer, una profesional, una mujer que desempeñaba su oficio, casada, con hijos, pero sin religión. Una hija suya encontró a Jesucristo —o, mejor dicho, fue encontrada por Jesucristo—. Se convirtió, y llevaba una vida cristiana. Y su madre respetó eso: «Es tu decisión, hija. ¡Sigue adelante! Yo no creo en ello, pero tú sigue adelante». Pasaron los años; la hija era católica convencida, incluso se puede  decir que era católica militante —no me gusta el término, pero lo diremos para entendernos bien—. Después, su madre, anciana de más de 80 años, se pone enferma, próxima ya a la muerte, pero lúcida. El día antes de morir, mientras la hija estaba a su lado y la cuidaba, ella le preguntó: «Pero tú, dime —nunca le había hecho esta pregunta, por respeto—, ¿qué sientes cuando rezas?». Y la hija, respetando a su madre, dijo que le hablaba a Dios, al Señor… Así empezó una conversación sobre este tema, ligera, tranquila. Después salía otro tema, y volvía este… Al final, la madre le dijo: —«Pero ¿tú eres feliz con lo que has encontrado en la religión?». —«¡Sí, porque yo, mamá, creo en Jesús, creo que Jesús nos ama!». —«¡Cuánto me gustaría sentir lo mismo!». Y la hija cobró ánimos y dijo: —«Dime, mamá: ¿Te gustaría eso?». —«Sí, pero es demasiado tarde…». —«Nunca lo es, mamá. ¿Quieres que te bautice?». Y la madre dijo: «¡Sí!». La hija no podía llamar a un cura, porque su madre se habría asustado. La hija bautizó a su madre, y dos horas después esta entró en coma y murió a medianoche. Estos son los milagros de Dios a través de la cercanía, a través del servicio. ¡No a través del proselitismo! Jamás aquella hija hizo proselitismo. Yo la conocía bastante, hasta el punto de que vino a decirme lo que había hecho y temía haber hecho mal. «No, ¡has hecho bien!  ¡Has hecho entrar a tu madre en el paraíso!». Pero se necesita paciencia. Se necesita paciencia. ¡El proselitismo no es paciente! «Lee esto, haz eso, ven aquí, ve allá», llaman a tu puerta… No, no. Amistad. Y ahí sembrar, en la amistad.  Y ese sembrar en amistad es una auténtica penitencia.

Esas reuniones de pequeño grupo importa acompañarlas de momentos que favorezcan la apertura a una dimensión eclesial más grande, implicando también a quienes han entrado en contacto con vuestro carisma pero no participan habitualmente en un grupo. Una dimensión social y eclesial más grande, que implique también a quienes no tienen contacto con vuestro carisma, a quienes no participan habitualmente en el grupo. Y es que la Iglesia es una «madre de corazón abierto» que nos invita a veces a «detener el paso», a «renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, n. 46: ecclesia 3.704-05 [2013/II], pág. 1824). Es bonito ayudar a todos, también a quien más le cuesta vivir su propia fe; ayudar a permanecer siempre en contacto con esta madre Iglesia, siempre cerca de esa gran familia acogedora que es la madre Iglesia, nuestra santa madre Iglesia.  Durante los últimos años, en la Argentina, había algunos problemas con los Cursillos, pero se trataba de problemas externos. Porque antiguamente se trabajaba hasta un determinado momento, y luego disponía uno del sábado, del domingo, tal vez del lunes, tal vez… Podían hacerlo. Hoy se trabaja los sábados, incluso los domingos. Y no tenían tiempo para esas reuniones fuertes, de oración, de tres días. Perdían el sueldo, perdían la prima laboral, y corrían el peligro de perder incluso su puesto de trabajo. Y ellos intentaban actualizar su carisma con arreglo a esa situación. ¿Cómo actuar en esa situación? Como hicieron los cristianos —pensadlo— en tiempos del nazismo, del comunismo: intentaban hacer la catequesis de otra manera, en otros momentos, la misa algo a escondidas… No sé. Buscar modalidades que permitan seguir adelante con vuestro carisma. ¡Esto es muy importante! No dejar que los condicionamientos externos nos bloqueen.

¡Os animo a ir «siempre más allá», fieles a vuestro carisma! A mantener encendido el fervor y ardiente la llama del Espíritu, que impulsa siempre a los discípulos de Cristo a alcanzar a los alejados, sin hacer proselitismo, a «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (ibíd., n. 20: ecclesia cit., pág. 1820). Esto vosotros lo habéis oído, os lo he dicho varias veces: en las grandes ciudades, ciudades cristianas, incluso en familias cristianas, hay niños que no saben hacer la señal de la cruz. Y esta paganización de la sociedad nos interpela: haced algo para evangelizar. El Espíritu impulsa a salir de la propia comodidad. ¡Qué hermoso es anunciar a todos el amor de Dios que salva y da sentido a nuestra vida! ¡Y ayudar a los hombres y a las mujeres de hoy a descubrir la belleza de la fe y de la vida de gracia que es posible vivir en la Iglesia, nuestra madre! Hay comunidades cristianas y católicas —¡las hay!— en las que no se habla de la vida de gracia, no se habla de la belleza de tener a la Trinidad dentro de nosotros, de la presencia del Dios Vivo en nosotros. Y vuestra tarea consiste en ir y en llevar esta bonita noticia: Dios habita en nosotros, Dios está en nosotros. ¡Esta es la gracia! Ayudar a los hombres y a las mujeres de hoy a descubrir la belleza de la fe y de la vida de gracia. Y lo haréis si sois dóciles, en actitud de humildad y confianza, a la guía de esta santa madre, la Iglesia, que siempre procura el bien de todos sus hijos; si estáis en sintonía con vuestros pastores y unidos a ellos en la misión de llevar a todos la alegría del Evangelio.

Que os asista en vuestro camino y en vuestro apostolado la Virgen María, Madre de la Divina Gracia.
Antes de dar la bendición, quiero ver las preguntas, por si hubiera algo que no he dicho…

«¿Cómo fiarnos del Espíritu Santo hasta el punto de atrevernos a llevar el anuncio de la misericordia de Dios allí donde no se lo busca?». Pero si no te fías del Espíritu Santo, ¡apaga y vámonos! Y búscate otra religión más agnóstica, más ideológica. Jesús nos dijo: «Yo no os dejo solos. Yo os enviaré el Espíritu». ¿Y qué hace el Espíritu? Dos cosas. Nos recuerda lo que Jesús nos enseñó y nos enseña lo que tenemos que hacer. ¡Y, además, esta confianza en el Espíritu resulta sorprendente! Saber cuándo es el Espíritu el que te impulsa. A mí me gusta pensar en Felipe, cuando el Espíritu le dice: «Ve por ese camino», por el camino de Gaza (cf. Hch 8, 26-40). Y va. En un determinado momento, ve un carruaje, una carroza de viaje, donde iba sentado el «ministro de Economía» de Etiopía, de la reina Candaces, leyendo a Isaías… Empieza un diálogo: «Explícame esto…». Y después, cuando encuentran agua, ese «ministro de Economía» pide el bautismo… El Espíritu te guía. ¡Precisamente el Espíritu! ¡Fíate del Espíritu! Piensa en Felipe, piensa en tantos, en tantos que se fían del Espíritu. Es bonito leer el Libro de los Hechos de los Apóstoles: después de Pentecostés, ¡qué cosas hizo el Espíritu! ¡Cosas grandes! Y fiarse.

«En todo movimiento se siente con fuerza una doble exigencia: la fidelidad al carisma inicial y la necesidad de cambio y novedad para responder a la transformación de las situaciones». Y la pregunta era: «¿Cómo mantener en armonía estas dos tensiones? ¿Cómo discernir la novedad que el Espíritu Santo sugiere de la novedad que, por el contrario, aleja del carisma? ¿Cómo comprender si cierta fidelidad al carisma inicial es más un entumecimiento que una fidelidad auténtica al Espíritu?». Esto es importante. Comprender y conocer los espíritus: «No os fiéis, amadísimos, de todo espíritu», nos dice el Apóstol. Conocer cuándo una inspiración guarda armonía con el carisma inicial y cuándo no. Este ir más allá te lleva al encuentro de situaciones distintas, de culturas distintas, por lo que el carisma inicial ha de ser traducido a esa cultura. ¡Pero no traicionado! Traducido. ¡Tiene que ser el carisma, pero traducido! —«Yo no quiero problemas, yo hago el carisma inicial…». —«Así te convertirás en una hermosa exposición, en un museo. Harás de vuestro movimiento un museo de cosas inservibles hoy». ¡Todo carisma está llamado a crecer! ¿Por qué? ¡Porque lleva en su interior al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo hace crecer! Todo carisma ha de confrontarse con culturas distintas, con distintas maneras de pensar, con valores distintos. ¿Y qué hace uno? Se deja llevar adelante por el Espíritu Santo. Aquí tengo que hacer esto, allí tengo que hacer aquello… ¿Y cómo hago esto? ¡Reza, pide! La oración: sin la oración no puede seguir adelante ningún movimiento. ¡Ninguno!

Os doy las gracias otra vez por este encuentro. Os doy las gracias por todo lo que hacéis en la Iglesia, que es tan hermoso: ayudar a encontrarse con Jesús, ayudar a comprender que vivir en gracia de Dios es hermoso. ¡Es hermoso! Os lo agradezco mucho, y os pido, por favor, que recéis por mí. Rezad por mí, porque también el Papa ha de ser fiel al Espíritu Santo.

Y ahora os doy la bendición, pero recemos juntos a la Virgen, nuestra Madre.  «Dios te salve, María…». [Bendición] Y no olvidéis aprender las siete obras de misericordia corporal y las siete obras de misericordia espiritual.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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