Opinión Última hora

Como el buen samaritano

El día 3 de octubre de este año 2020 el papa Francisco nos entregaba su encíclica Fratelli tutti. Evocando el espíritu de san Francisco de Asís, y firmándola ante su sepulcro, nos invita a reflexionar sobre la necesidad de vivir en fraternidad.

En la encíclica se dedica un amplio espacio a comentar la parábola evangélica del Buen Samaritano, que ya había sido comentada por san Juan Pablo II en su carta apostólica sobre el dolor humano. En ella se menciona a un hombre que fue asaltado por unos ladrones que lo dejaron herido y tirado en el camino que bajaba de Jerusalén a Jericó.

Jesús anota que pasaron varios viajeros a su lado, pero no se detuvieron para prestarle atención y la ayuda necesaria. Según el Papa, todo hace pensar que «eran personas con funciones importantes en la sociedad, que no tenían en el corazón el amor por el bien común».

Aquella parábola es aplicable a nuestro mundo. Todos estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades y en nuestros proyectos personales o partidistas. Por eso «ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos».

De sobra sabemos que las cosas no deberían ser así. El Papa nos pide que no caigamos en la miseria de los que ignoran al que ha sido apaleado por los bandidos. Nos exhorta a imitar el modelo del Buen Samaritano. «Es un texto que nos invita a que resurja nuestra vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero, constructores de un nuevo vínculo social».

En realidad, ese es el núcleo de toda la encíclica. En este momento, todos estamos llamados a salir de nuestro individualismo, a preocuparnos por los demás, a poner los cimientos para la construcción de algo nuevo. Una nueva sociedad basada en la fraternidad universal, soñada, vivida y promovida por San Francisco.

Esta parábola evangélica ha de resonar en nuestras conciencias y reflejarse en unas estructuras renovadas según un criterio más humano y humanizador. No podemos  identificarnos con los salteadores. Tampoco queremos parecernos a los caminantes apresurados o distraídos que no prestan atención a las personas que yacen en las cunetas  del camino.

Así que la única opción respetable es la de ser y comportarnos como el Buen Samaritano. Según el papa Francisco, «hemos sido hechos para la plenitud que solo se alcanza en el amor. No podemos dejar que nadie quede a un costado de la vida».

No basta con escandalizarnos de la falta de humanidad que todos los días presenciamos. No podemos limitarnos a ver en una pantalla la miseria que afecta a millones de personas. Es preciso trabajar para alcanzar un mundo más humano. Hay que pedir al Buen Samaritano que pase por aquí. Y tenemos que procurar aprender su lección y ponerla en práctica.

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME