Carta del Obispo Iglesia en España

¿Cómo educar desde el corazón?, por el arzobispo de Madrid, el cardenal Carlos Osoro

¿Cómo educar desde el corazón?, por el arzobispo de Madrid, el cardenal Carlos Osoro

En su última carta semanal del curso, el cardenal Osoro lamenta que «nuestra sociedad se deja dominar por una actitud instrumental, que desprecia y suprime la trascendencia; una sociedad en la que la visión de la vida humana está vacía, sin compromisos de por vida…», y propone «que la educación del corazón sea objeto de vuestra conversación en familia, entre vuestros amigos, en este tiempo de vacaciones».

En el texto, titulado precisamente «¿Cómo educamos desde el corazón?», el arzobispo de Madrid anima a plantearse «¿qué tienes en tu corazón?» y, con la mirada puesta en los «tesoros» que puso en él el Creador, descubrir que «es mucho más que un músculo que bombea sangre: bombea vida, emociones, actitudes, valores…». «Todo ello nos hace crecer como personas y nos humaniza y regala humanidad», asevera.

Texto completo de la carta

Hay aspectos que son fundamentales de la vida y para la vida, que siempre deben ser iluminados, estudiados y reflexionados; entre ellos, uno de capital importancia: ¿qué estamos dando al ser humano para que crezca como tal? ¿Solamente ideas? ¿Solo proyectos de vida que nacen de nuestras ideas sobre el hombre y la humanidad? ¿Cómo puede la Iglesia acercar más y más a Jesucristo a los hombres y entregarles la sabiduría, la novedad y la riqueza que inunda el corazón cuando dejamos entrar en nuestra vida a Él y a todo lo que viene de Él?

Estos días estamos conmemorando la llegada del ser humano a la Luna. Este mundo de las grandes conquistas científicas y técnicas, ¿ha logrado acercarnos a lo profundo de la conciencia humana y tocar el misterio interior del hombre que, en lenguaje bíblico, lo expresamos con la palabra corazón? Sinceramente creo que no y, sin embargo, lo barruntamos como lo más necesario. Muchos pensadores contemporáneos alertan de que nuestra sociedad se deja dominar por una actitud instrumental, que desprecia y suprime la trascendencia; una sociedad en la que la visión de la vida humana está vacía, sin compromisos de por vida… Ahí surge la necesidad de educar desde el corazón, como nos enseñó Jesús. Y no es esto una niñería ni un despropósito, no es un ir por los aledaños de la vida, sino precisamente entrar donde se fragua lo más noble y bello y también lo más terrible y feo. ¿No recordáis la entrada que hizo el Señor en la vida de los hombres y encontró a uno que le gritaba? El Señor, volviéndose, le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?». La respuesta de aquel hombre fue clara: «¡Que vea Señor!». Jesús le hizo ver lo que cura: «Tu fe te ha salvado». Y comenzó a ver y a ver desde el corazón.

Tengo el atrevimiento de proponeros que la educación del corazón sea objeto de vuestra conversación en familia, entre vuestros amigos, en este tiempo de vacaciones. Sé que hay otras conversaciones que quizá parezcan más de actualidad, pero ninguna como esta: la educación refleja las preocupaciones que sostienen y construyen la vida del ser humano de todos los pueblos y culturas. El Papa san Juan Pablo II, en su primera encíclica que tituló Redemptor hominis, nos decía: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. […] Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, la esfera –queremos decir– de los corazones humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas» (RH 10).

Urge educar desde el corazón. ¿Vamos progresando moral y espiritualmente? ¿Prevalece entre nosotros el bien sobre el mal? ¿Crecemos en el amor social, en el respeto a los derechos de los demás? Constatamos que el ser humano es infeliz, no se gusta a sí mismo, no tiene claves de discernimiento en su vida por sí mismo, no toca la raíz de donde fluyen los alimentos necesarios para vivir y dar vida. Por eso, ante este ser humano intranquilo en todas las épocas históricas, las palabras de san Agustín siguen teniendo una vigencia singular: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (Confesiones I 1, 1). Con estas palabras, nos expone dónde está la raíz de la fragmentación espiritual y psicológica que experimenta en estos momentos el ser humano y la urgencia de educar desde el corazón, es decir, de la prioridad de la ética sobre la técnica, de la persona sobre las cosas, del espíritu sobre la materia. Por ello os invito a:

1. Descubrir todo el espacio del corazón. El corazón es un espacio que hay que descubrir y entender: ¿qué tienes en tu corazón?; ¿qué es lo que mueve tu vida? El corazón es como un inmenso continente por descubrir. Cuando seguimos algunos encuentros de Jesucristo, descubrimos a un Maestro que tiene una especie de arte de descubrir o de destapar lo que está cubierto. ¡Qué fuerza tiene el arte de educar desde el corazón! Es la fuerza de mostrar algo que a primera vista no es visible, que está escondido y puede darse a conocer, pues está en el ser humano. Me viene a la memoria el diálogo con Nicodemo (cfr. Jn 3, 1-21), quien descubre en Jesús a alguien que le interpela: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». La pregunta de Nicodemo, «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo?», da pie a Jesús para hacerle ver algo nuevo: «Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas». El Señor seduce a Nicodemo, conquista su atención y su corazón. Le hace ver que puede tener en su vida unos tesoros que llenan su corazón. ¿Ayudamos a descubrir el espacio del corazón o retenemos en la pobreza más grande a quien tenemos a nuestro lado? Una cultura que empobrece es la que no tiene hombres y mujeres que escuchen. Educar en el corazón nos vincula y hace posible que descubramos lo que somos y tenemos, nos abre más y más a los demás, nos hace encontrarnos. Las palabras de Jesús son clave para entender de alguna manera lo que provoca educar desde el corazón: darnos cuenta de que hay luz y ser conscientes de que a veces nadie nos dijo lo que supone vivir desde la luz y, por eso, nuestras obras no alcanzan a ser obras de luz, sino que se quedan en la tiniebla o en la oscuridad.

2. Vive con los tesoros que hay en el corazón. Cuántos tesoros alberga el corazón puestos por Dios cuando «nos creó a su imagen y semejanza», pero también cuántas miserias acogidas por nuestras distancias con respecto a Él. Hay unas palabras del apóstol san Pablo que llenan nuestra vida: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Rom 5, 5). Y en este sentido, educar desde el corazón es acompañar y descubrir esos tesoros que Dios puso, que no solamente nos hacen felices a nosotros, sino que hacen felices a quienes nos rodean. El corazón es mucho más que un músculo que bombea sangre: bombea vida, emociones, actitudes, valores… Todo ello nos hace crecer como personas y nos humaniza y regala humanidad.

3. Creadores de una atmósfera que da sentido y significado a la vida. Estar desnortados es terrible; vivir a la deriva es arruinarse como persona. Qué importante es ir aprendiendo de lo que vivimos, comprender el porqué de muchos acontecimientos, saber descifrar situaciones. Ayudar a descubrir, a leer e interpretar el significado de todo lo que hacemos es esencial. Cuando en una familia, en una institución educativa sea la que fuere, los niños y los jóvenes preguntan: «¿Por qué tengo que hacer esto?», hay una interpelación. Las atmósferas que creemos tienen que provocar en el corazón de quienes viven en ellas la sabiduría del saber el qué, por qué y para qué. Qué bien suenan aquí esas palabras de Jesús en las que manifiesta la atmósfera que Él ofrece a todos los hombres: «El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. […] Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; […] conozco a las mías, y las mías me conocen, […]. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (cfr. Jn 10, 1-16).

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid

Madrid. Infomadrid, 24-07-2019.-

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