Carta del Obispo Iglesia en España

Comienzo de curso pastoral en Sigüenza-Guadalajara, homilía del obispo

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Comienzo de curso pastoral en Sigüenza-Guadalajara, homilía del obispo, Atilano Rodríguez, misa en la concatedral, tarde del sábado 5 de octubre de 2013:

El año pasado, siguiendo las orientaciones del Papa Benedicto XVI, hemos programado distintas actividades pastorales con el fin de ayudar a todos los miembros de nuestra Iglesia particular de Sigüenza-Guadalajara a dar gracias a Dios por el don de la fe, a vivir con gozo el hecho de ser creyentes y a buscar caminos nuevos para proponerla y presentarla a nuestros semejantes.

En esta tarde damos gracias a Dios por el fruto espiritual de cada una de las acciones programadas pero, sobre todo, agradecemos a Dios que nos haya iluminado con su Palabra, regalándonos su perdón y alimentándonos con su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía. Esto nos ayuda a tomar conciencia de que no estamos nunca solos en la peregrinación por este mundo ni en el cumplimiento de la misión evangelizadora.

A todos, sacerdotes, religiosos y cristianos laicos, quiero agradeceros de corazón la actitud positiva con la que habéis asumido los proyectos pastorales del curso pasado y el interés que habéis puesto en la realización de los mismos. Que el Señor, buen pagador, premie vuestra entrega a la misión y vuestra fidelidad a la vocación recibida.

Cuando estamos a punto de clausurar el “Año de la fe”, hemos de preguntarnos qué podemos hacer durante el nuevo curso pastoral para ser fieles a la voluntad de Dios y para responder a los interrogantes que nos plantean las personas con las que convivimos y a las cuales hemos de mostrar con gozo la Buena Noticia de la salvación de Dios.

En principio, pienso que no debemos olvidar que el reto fundamental al que la Iglesia tiene que responder en estos momentos, es el de la transmisión de la fe. Cada día, en la convivencia diaria, nos encontramos con bastantes bautizados que viven en la indiferencia religiosa, que necesitan de Dios para dar respuestas fundadas y fundantes a los interrogantes más profundos de su existencia, pero que no tienen tiempo ni deseos de plantearse la cuestión de Dios.

Por otra parte, también podemos descubrir que muchos cristianos, debido a la rutina de unas prácticas religiosas vacías de contenido o debido a la falta de formación cristiana, no tienen la fuerza ni el vigor espiritual necesarios para dar razón de su fe y de su esperanza a los demás. Por lo tanto, aunque clausuremos el año de la fe dentro de unos días, no podemos caer en la tentación de pensar que, con lo vivido y celebrado durante este año, ya están resueltos los problemas de la fe y la transmisión de la misma.

En esta realidad de increencia e indiferencia religiosa, el Señor nos llama a ser sus amigos y nos envía para ayudar a otros hermanos a vivir el encuentro con Él. En esto consiste fundamentalmente la nueva evangelización, a la que nos invitan los últimos Papas. El nuevo ardor misionero y la búsqueda de nuevos métodos para la presentación del Evangelio a los demás pasan siempre por una profunda renovación espiritual que nos ayude a ser verdaderos amigos del Señor y por la conversión personal y comunitaria a sus enseñanzas.

Para ello hemos de volver cada día los ojos a Cristo a fin de que Él sea siempre el punto de partida y la meta de nuestra existencia. Hemos de llegar a la profunda convicción de que sólo podremos ser evangelizadores, si entramos en el corazón de Cristo para compartir sus sentimientos y si nos abrimos a la acción del Espíritu Santo, el único evangelizador.

En la carta pastoral que he escrito este año sobre “la nueva evangelización”, os propongo algunos caminos pastorales que deberíamos recorrer en toda la diócesis durante este curso y, tal vez, en los próximos años, pero también señalo que estas acciones evangelizadoras hemos de llevarlas a cabo, no sólo porque el Señor nos lo pide o porque está en juego la salvación de los hermanos y nuestra propia salvación, sino porque hemos llegado a la profunda convicción de que el Señor Jesús es el tesoro más grande para nosotros.

Esto nos exige a todos intensificar la vida de oración, la formación cristiana y la participación consciente y viva en la liturgia para crecer en la adhesión al Señor y para experimentar su salvación. Es el Señor quien nos salva a todos mediante la acción suave de su Espíritu Santo en nuestros corazones y en el corazón del mundo. Nosotros somos medios, vasijas de barro, instrumentos en sus manos para presentarlo y mostrarlo a los demás con nuestra palabra y con nuestras obras, pero sólo Él es el único Salvador de los hombres.

De la meditación de la Palabra de Dios, de la participación frecuente en los sacramentos y de la unión con el Señor en la oración surgirá la necesidad de vivir la comunión fraterna, la práctica del mandamiento del amor, la atención a los más necesitados, la búsqueda de nuevos métodos para evangelizar y la salida en misión, como nos dice el Papa Francisco, hacia las “periferias existenciales”, es decir, hacia los alejados de la fe y hacia los abandonados por la sociedad en el camino de la vida.

De la escucha creyente de la Palabra de Dios y de la respuesta confiada a sus invitaciones, brotará en toda la diócesis una pastoral más misionera y corresponsable, más comunitaria y participativa, con el reconocimiento afectivo y efectivo de los distintos carismas, dones y funciones suscitados por el Espíritu Santo en la Iglesia.

Estoy convencido de que el camino a recorrer no es nada fácil, si lo miramos con los criterios del mundo o desde planteamientos humanos. Pero, también estoy convencido de que los cristianos no podemos ver la realidad ni actuar en la misma desde criterios humanos sino desde el querer de Dios y desde la confianza en sus promesas.

Cuando contemplamos el presente y el futuro de la Iglesia, de la evangelización y de la misma sociedad con los ojos de Dios y, por tanto, con una mirada de fe, nace en nosotros la esperanza y la confianza en la acción de Dios en la historia. Los tiempos actuales, como los primeros momentos de la Iglesia, son tiempos de gracia y de salvación. Por eso no debemos asustarnos ni acobardarnos ante las dificultades para la transmisión de la fe y para el anuncio del Evangelio.

Al contrario, tenemos que dar gracias a Dios por habernos elegido para estar con Él, para participar de su amor, para acompañar en el camino de la fe a quienes se confiesan creyentes y para profesarla con valentía ante quienes viven alejados de la Iglesia pero necesitan experimentar el perdón de sus pecados y la salvación de Dios.

Que la Santísima Virgen, nuestra Madre, nos ayude a contemplar el mundo y a cada hermano con la mirada de Dios. Que María, la Estrella de la nueva evangelización, abra nuestros oídos a las palabras de su Hijo, aliente nuestros pasos para salir al encuentro de los necesitados, inunde nuestro corazón de alegría y nos descubra el amor de Dios para que sepamos amar a todos con este mismo amor sin esperar nada a cambio.

 

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