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Rincón Litúrgico

Comentario homilético Domingo 22 Tiempo Ordinario C (1-9-2013), por José-Román Flecha

Comentario homilético Domingo 22 Tiempo Ordinario C (1-9-2013), por José-Román Flecha

“La humildad y el cínico” es el título de la reflexión homilética y comentario del sacerdote y teólogo José-Román Flecha Andrés para el Domingo 22 Tiempo Ordinario, ciclo C de lecturas, correspondiente al domingo 1 de septiembre de 2013

“Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes”.  Son  hermosos y siempre actuales estos consejos de Jesús, hijo de Sirac, que recoge la primera lectura de la misa de este domingo (Eclo 3, 17-18.20).

Efectivamente, la misma experiencia nos dice que las personas más sencillas son las más agradables en la vida social. Además, los más humildes están con frecuencia más dispuestos a escuchar la palabra de Dios. Y a percibir el paso de Dios en los acontecimientos y, sobre todo, en la vida de cada día.

El texto bíblico es muy realista. El sabio, en efecto,  contrapone a la actitud del humilde la soberbia del orgulloso: “No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta”  (Eclo 3, 28). Otras traducciones nos recuerdan que “para la adversidad del orgulloso no hay remedio, pues la planta del mal ha echado en él raíces”.

 

HUMILDAD Y GRATUIDAD

El evangelio que hoy se proclama recoge un hecho que parece una parábola (Lc 14, 1.7-14). Es un sábado: día de oración y descanso. Jesús es invitado a comer en casa de un fariseo importante. Observa que los invitados se apresuran a escoger los primeros puestos. Y el Maestro aprovecha la ocasión para impartir dos consejos aparentemente muy humanos.

– El primero se dirige a los invitados a un banquete.  Quien elige uno de los primeros puestos puede verse en el bochorno de ser obligado a cederlo a otro invitado más importante. Pero quien elige uno de los últimos, puede verse honrado cuando lo inviten a situarse en un puesto de más prestigio. Así que conviene ser humilde y modesto.

– El segundo consejo se dirige al anfitrión que ofrece el banquete. Quien convida a sus amigos, a sus parientes o a sus vecinos ricos, espera ser recompensado con otra invitacion semejante. Eso es lo habitual. Quien convida a pobres, lisiados, cojos y ciegos parecerá ir contra corriente. Porque generalmente no recibirá una invitacion semejante.

Los dos consejos parecen normas de conducta o de protocolo social. Pero Jesús las eleva al rango religioso, mediante la bienaventuranza que sigue al segundo consejo: “Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagaran cuando resuciten los muertos”. Así que la humildad va unida a la generosidad de quien ama gratuitamente. Porque así es como ama Dios.

 

SOBERBIA Y HUMILDAD

“Toda afectación es mala”, se repite varias veces en el Quijote. Cualquier manual de educación nos exhortará a ser  modestos y sencillos. Todo este relato responde, pues, a una experiencia humana y muy humana. Sin embargo, encierra una profunda lección de fe. No sólo habla del hombre, sino de Dios.  Basta reflexionar sobre la frase central.

• “Todo el que se enaltece será humillado”.  Quien se enaltece a sí mismo se coloca con frecuencia en el puesto del mismo Dios. Olvida su profunda verdad y se engaña a sí mismo.  “De soberbia y vanagloria os libre Dios”, escribe Santa Teresa. Cuanto más alto sube el necio más estrepitosa es su caída.

• “El que se humilla será enaltecido”. El modelo es el mismo Cristo, que se abajó hasta someterse a la muerte y muerte de cruz, por lo cual fue ensalzado hasta recibir un nombre sobre todo nombre (cf. Flp 2, 6-11). Quien de verdad ama a Dios, va por el valle de la humildad, como escribe también Santa Teresa.

– Señor Jesús, tú nos has convidado al banquete de tu Reino. Que tu gracia nos ayude a vivir en la Iglesia y en el mundo con la sencillez de los pobres y los humildes. Porque “tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”. Amén.

 

José-Román Flecha Andrés



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