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Coloquio sobre la vida consagrada: «seamos artesanos de la comunión»

Esta mañana ha tenido lugar el coloquio organizado por el Instituto de Vida Religiosa y la Conferencia Episcopal Española a propósito de la XXV Jornada de la Vida Consagrada, que tendrá lugar el próximo 2 de febrero.

Con la colaboración de CONFER y bajo el lema «La vida consagrada. Parábola de fraternidad en un mundo herido», cerca de 250 participantes de todas partes del mundo han querido escuchar a los intervinientes en este diálogo abierto sobre el papel del religioso en la Iglesia de hoy.

Conducido por el claretiano Fernando Prado, este encuentro comenzó con la intervención de María José Tuñón,  Esclava del Corazón de Jesús y directora del secretariado de la comisión episcopal de Vida Consagrada en la CEE.

Tuñón habló de la necesaria renovación del amor en el seno de la vida consagrada a la luz de la encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti. «Hacer más nuestras las penas y alegrías de este mundo» para que, «con un corazón encendido y lleno pasión»,  se pueda llevar a cabo una «conversión diaria». 

Acto seguido, el presidente de la comisión de Vida Consagrada y obispo de León, Luis Ángel de las Herasha recordado que «los consagrados tenemos que ser luz y esperanza para mucha gente». De las Heras no ha querido olvidarse de sus colegas obispos miembros de esta comisión y ha reflexionado sobre el llamado del Papa Francisco a todos los que tienen la condición de consagrados a Cristo: «estar siempre en las periferias, con los últimos. Anunciar que Cristo está vivo y que tenemos que mancharnos las manos. Para la Iglesia y para la vida consagrada no hay fronteras. Las únicas que existen es la de los pobres y tenemos que romperlas»

«Necesitamos recuperar la fuerza de las palabras»

Este ha sido el mensaje central que el arzobispo emérito de Tánger, Santiago Agrelo, ha querido destacar durante su participación en el coloquio.

«Los eclesiásticos solemos usar un lenguaje que no llega. Dios se ha quedado fuera de la vida de los hombres y mujeres de nuestra sociedad. Ha desaparecido de forma indolora. Vivimos en un mundo en el que nada parece tener consistencia y es por eso que  necesitamos recuperar la fuerza de las palabras». 

Por último, monseñor Agrelo, ha aseverado  que «los religiosos y religiosas han de estar comprometidos —prometidos con— la justicia y ser artesanos de la comunión» en un mundo repleto de heridas y soledad que nos exige un profundo discernimiento de nuestras propias faltas para salir al encuentro del otro.  

«Ser sal, luz y fermento»

«Con una vocación discreta pero apasionante»,  Vicenta Estellés, ex presidenta de  la Conferencia Española de Institutos Seculares (CEDIS) y actual miembro del Instituto secular de las Obreras de la Cruz, quiso hacer especial énfasis en la operatividad de «permanecer en la sociedad para curar las heridas emocionales, materiales y afectivas de nuestros hermanos en Cristo». También tuvo un gesto de cariño y recuerdo a todas las hermanas de distintos institutos religiosos que se han visto afectadas por la covid-19. 

En una de sus participaciones, expresó el carisma de los institutos seculares, que no es otro que «mostrar la belleza del seguimiento de Cristo en las condiciones ordinarias de la vida.  Nuestra manera de aplicar la fraternidad universal es ir al encuentro de los que no piensan como nosotros». 

«Los monjes y las monjas, simplemente con nuestra vida, apuntamos hacia Dios»

Pilar Tejada monja benedictina— habló de la vida consagrada desde las peculiaridades de una comunidad contemplativa, que funciona en torno a la intercesión por los hombres y la alabanza a Dios. 

«Si amamos a nuestro Padre, no podemos no amar a nuestros hermanos.  En estos tiempos difíciles la invitación de Jesús que nos llama a ser compasivos como nuestro padre es compasivo». 

Una mirada a la realidad desde la fe puede revertir, según comentaba Pilar Tejada, en una acogida a las personas que sufren en nuestro entorno buscando consuelo y orientación. 

«La encíclica Fratelli tutti nos anima a ver si está en armonía nuestra vida contemplativa con la solidaridad necesaria en el mundo.  La vida en comunidad se constituye por el amor. Éste es expansivo. Hay que salir del propio grupo. Cuanto más auténtico es el amor, más dispuesto está a abrirse. En una comunidad como la nuestra, el orden y el silencio son  importantes pero no dejan de ser medios porque el amor es lo fundamental». 

 

 

 

 

 

 



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