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Clara, alma Franciscana

Clara Favarone nació en Asís hacia 1.193, en el seno de una de las familias nobles de la villa. Muy de niña hubo de emprender el éxodo junto a su familia hacia la vecina Perugia, una vez que se produjo el levantamiento del pueblo contra el estamento nobiliario. Era aún muy niña, pero seguramente tuvo que intuir que aquello que sucedía no podía ser algo bueno. Con el tiempo, su familia regresaría a su casa familiar, después de la derrota de Asís contra la noble Perugia (batalla en la que Francisco hubo de sufrir su primera gran crisis existencial soportando el cautiverio y la enfermedad consiguiente). Su acomodada familia educó a la pequeña Clara para ser una dama digna de su condición. Vivían en la misma plaza catedralicia, junto al “duomo”, a la catedral, en la que ella, al igual que Francisco, había sido bautizada.

Los años pasaban y la niña se hizo mujer. Gozaba de un instinto natural de solidaridad hacia los más desfavorecidos. Sin duda Clara estaba al tanto de las andanzas, venturas y desventuras, de su paisano Francisco. En su corazón había ido cimentándose una libertad de espíritu que iba más allá de los muros de su casa colmada de comodidades y de la vanidad de la apariencia. Clara apuntaba más alto. Había llegado el momento oportuno de seguir las indicaciones de su fe: vivir el Evangelio con radicalidad, seguir a Jesús de Nazaret como lo habían hecho aquellas mujeres que le acompañaban y le cuidaban.

Sucedió un domingo de ramos, corría el mes de marzo del año 1.212. Clara sabía que aquel día no era un día como los demás, que aquel domingo no era un domingo común. Después de participar en las celebraciones de inicio de la Semana de Pasión, la joven meditaba acerca de un gesto que le había sorprendido. Poco antes, el obispo Guido, en un gesto sencillo pero muy significativo, le había entregado a ella, precisamente a ella, una ramita de olivo. Y esa misma noche, quizás teniendo como silentes testigos a las estrellas, Clara decidió huir de su casa, de la opresión de la vanidad del mundo, por la puerta que estaba destinada a ser la salida de los difuntos de la familia, puerta que permanecía cerrada a cal y canto, y que sólo se abría coincidiendo con acontecimientos luctuosos. Huyendo a través de esta puerta se significaba así que ella también moría a su vieja vida y que resucitaba a la vida de luz del amor de Dios.

Su huida tenía un destino: Santa María, la “Porciúncula”. Clara había decidido sumarse a aquella fraternidad de hombres penitentes para dedicarse a cuidar a los más desfavorecidos (algo que ella, siendo una damisela, ya trataba de hacer con frecuencia, a veces a escondidas, para que no pudiesen prohibírselo, ya que no estaba bien que una chica de familia noble se mezclase con el populacho), y para alabar al Dios de la vida que no podía querer la injusticia de la miseria.

El encuentro entre Francisco y Clara tuvo que ser realmente emotivo, y sorprendente. Él había entendido que era voluntad de Dios el tener hermanos que se sumasen a su vida de penitencia, pero no sabía muy bien si era plan divino el acoger en su pequeña fraternidad a una mujer. Clara era además muy joven, unos dieciocho años. Se abría ahora un período de tiempo para el discernimiento. Lo que no dudó un instante fue en acoger a aquella jovencita entusiasta puesto que sus ojos hablaban de Dios. Allí mismo, en “la Porciúncula”, nacería una nueva vida de luz para la Iglesia y la Humanidad entera. Francisco mismo cortó con sus propias manos los cabellos de aquella dama cuidada hasta entonces entre algodones. Pero la prudencia animaba a tratar con cierto mimo a esta recién nacida experiencia de feminidad. Por eso los frailes decidieron que lo mejor sería que Clara fuese acogida en algún monasterio de clausura, un tiempo al menos, mientras las aguas volvían a su cauce, porque la tormenta había estallado en su casa familiar, una vez sabida la voluntaria ausencia de Clara.

Francisco daba gracias a Dios por el hermoso regalo de la vida de Clara al servicio de los más pobres, pero al mismo tiempo no dejaba de pensar que la fuerza de los acontecimientos estaba desbordando todas sus previsiones. Él mismo había profetizado, mientras reconstruía la capilla de San Damián, que algún día unas “damas” darían renombre a este lugar gracias a su vida de santidad. Quizás la profecía comenzaba a cumplirse, pero aún era demasiado pronto para afirmarlo. Clara era una muchacha bienintencionada pero muy joven. Y su familia no se iba a desprender de ella así como así. De hecho, una vez advertida su partida, su tío organizó una cuadrilla de hombres armados que tratarían de rescatar a su sobrina incluso, si fuese preciso, por la fuerza. Pero Clara, armada de amor, había decidido seguir otros caminos…

Antes de esta inesperada sorpresa del advenimiento de una muchacha, la fraternidad ya había emprendido un nuevo rumbo. Tan pronto fueron ocho los componentes del grupo, decidieron partir por el mundo entero, comenzando entonces por el territorio de la Italia peninsular, para hacer partícipes a todos los pueblos del gran tesoro escondido que ellos habían logrado descubrir. Nació así la fraternidad itinerante y misionera, que iba a tener como claustro el mundo entero sin otros límites que los que pudiesen imponer las circunstancias de la vida. Partieron de dos en dos -tal y como había sugerido Jesús en su “regla de la comunidad”- tomando como dirección los cuatro puntos cardinales, para regresar al poco tiempo y reencontrarse en la amada “Porciúncula”, hogar común y fraterno. Lo cierto es que no les fueron bien las cosas, puesto que habían sido recibidos con recelo por parte de la población. Los tiempos eran recios, y la gente no confiaba en el primer desconocido que apareciese a la puerta, por mucho amor de Dios que predicase. De hecho, incluso llegaron a ser maltratados física y anímicamente. Pero el éxito humano no formaba parte del lema de vida de estos hombres. Se había cumplido el anhelo de predicar el amor de Dios por los caminos del mundo, y estaban felices por ello. Francisco solía pedirles que previamente, antes de partir en misión, depositasen todos sus afanes y ansias en Dios, y que confiasen en su Providencia, pasase lo que pasase.

Ellos partieron en misión arriesgada por el “claustro” del mundo. Poco después, Clara, y sus primeras hermanas de fe (“damas pobres”) habitarían en San Damián, orando en la iglesia reconstruida por sus propias manos por el “arquitecto” Francisco. El movimiento franciscano ya tenía alma femenina. Ya era un proyecto completo, al estilo genesíaco. Clara es el alma materna que acogió en su seno esta nueva forma de ser y estar en el mundo, contribuyendo así a la reconstrucción espiritual de la Iglesia de su tiempo.

Fr. Francisco X. Castro Miramontes. OFM.



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