Editoriales Ecclesia

Sí, Chile y Perú necesitan siembras de paz y de esperanza, como ha hecho Francisco – editorial Ecclesia

Sí, Chile y Perú necesitan siembras de paz y de esperanza, como ha hecho Francisco – editorial Ecclesia

Los lemas de los viajes papales nunca son un trámite…  Y los lemas del viaje a Chile (“Mi paz os doy”) y a Perú (“Unidos por la esperanza”) encerraban y encierran dos necesidades muy apremiantes para estas dos queridas naciones. Y a sembrar paz, que es sinónimo de mayor justicia social, perdón y reconciliación, ha ido Francisco a Chile. Y sembrar esperanza ha viajado, entre entusiasmo y multitudes, a Perú.

Chile no vive en guerra, ni mucho menos. Pero necesita más cohesión e inclusión social, mayor reconciliación y convivencia nacional. Necesita sanar heridas: las de la dictadura pinochetista, las de la marginación a los pueblos nativos, las de la pederastia, las de su excesiva polarización y politización partidista. Y hasta las de su importante crecimiento económico (su PIB nominal per cápita asciende a 23.507 dólares, el 37 del mundo) quizás en demasía a dos velocidades y sin la precisa solidaridad y con significativos índices de paro y de exclusión. El vigor de su catolicismo se ha resentido en los últimos años (un 70% de bautizados) y ello también se ha notado en la visita papal.

El alma del pueblo peruano es alegre y esperanzada por naturaleza. Pero la corrupción política, casi sistémica y tan arraigada, su todavía deficiente nivel de desarrollo económico (el PIB nominal per cápita  en Perú se queda en tan solo en 6.819 dólares, el número 42 del mundo) y la grandes desigualdades sociales hacen que la esperanza se merme. Las miles y miles heridas abiertas por el terrorismo de Sendero Luminoso aún han de ser más justamente cicatrizadas. Mientras tanto, el notable catolicismo peruano (89% de bautizados)  tal vez adolezca todavía de mayor madurez y de más visible penetración e incidencia social.  Además, la lacra de la pederastia en el seno de la Iglesia, como el caso Figari, también ha hecho estragos. Por último,  Perú está también en deuda con sus pueblos nativos,  especialmente con la Amazonía.

Y precisamente por estas razones, junto a la vibrante piedad popular en ambos países y la fe sencilla y viva de su pueblo fiel, hicieron que Francisco los eligiera como destino de su ministerio apostólico itinerante, asumiendo riesgos y dificultades como las vividas en Chile, singularmente a causa de la pederastia. Pero -ya lo alertábamos la pasada semana- valorar la visita papal solo por este tema y a tenor de cómo nos lo han contado algunos medios de comunicación, es reduccionista, miope e injusto. Como ha escrito el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina,  hay que ir a las fuentes, “leer los mensajes del Papa; no, las crónicas de periódicos que hacen foco en temas particulares y oscurecen lo acontecido realmente”.

Este viaje, como ha sucedido en tantas otras ocasiones (sin ir más lejos, en su visita a Birmania y a Bangladesh respecto a los rohingya), ha servido para que, gracias al Papa, la situación, la marginación y los derechos de los mapuches, en la Araucanía chilena, y de los pueblos amazónicos en Perú (amén del deber de cuidar la Creación y la ecología integral), entren de lleno en la agenda de la opinión pública y de la  ocupación y preocupación de las Iglesias locales y toda la Iglesia universal, convocadas, además, para octubre de 2019  a un Sínodo de los Obispos sobre el tema.

La visita al penal de Santiago de Chile ha contribuido también a recordar que las mujeres que están en las cárceles tienen derecho a la maternidad y a la reinserción, ha ayudado a urgir a su efectiva implementación. Dígase lo mismo de la valiente denuncia en Trujillo del feminicidio, tan abundante como ignorado en Perú y en América Latina.

En fidelidad con su magisterio y estilo, Francisco ha urgido a las Iglesias chilena y peruana a evitar el clericalismo,  a potenciar la misión de los laicos, a hacer más real un ministerio ordenado en contacto y en servicio permanente y concreto al Pueblo de Dios y a potenciar e incluso revisar el diaconado permanente (realidad muy pujante en Chile, 1.138, pero casi marginal en Perú, 65).

Subrayado especial merecen también los encuentros de Francisco con los jóvenes de ambos países. Y lo merecen tanto por el fondo de sus intervenciones, como por su forma, propia de un extraordinario comunicador y evangelizador.

Todo ello, en suma, paz y esperanza sembradas por Francisco a manos llenas.

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