Carta del Obispo Diócesis Iglesia en España

Centenario del que fue arzobispo de Toledo durante más de 23 años, cardenal Marcelo González Martín

Centenario del que fue arzobispo de Toledo durante más de 23 años, cardenal Marcelo González Martín

La archidiócesis de Toledo ha celebrado, este martes 16 de enero, el centenario del que fue su arzobispo durante más de 23 años, el cardenal D. Marcelo González Martín.

Los actos tenían lugar en la Catedral Primada, donde reposan sus restos mortales.
D. Santiago Calvo Valencia secretario particular del cardenal durante 43 años ofrecía una ponencia: D. Marcelo de cerca. Ofrecía datos sobre el amor que D. Marcelo que profesaba a la Iglesia y su gran afición, predicar el evangelio.

Luego era el arzobispo de Toledo el que presidía la misa funeral en sufragio por su alma. Con D. Braulio Rodríguez concelebraban, el arzobispo de Santiago de Compostela, D. Julián Barrio, el obispo de León D. Julián López, el obispo de San Sebastián D. José-Ignacio Munilla, el obispo auxiliar de Toledo D. Ángel Fernández, los obispos eméritos de Segovia y Orihuela-Alicante, D. Ángel Rubio y D. Rafael Palmero, también el cabildo primado y unos 150 sacerdotes.
Texto de la homilía del arzobispo de Toledo D. Braulio Rodríguez Plaza:

Homilía en el centenario del nacimiento del cardenal D. Marcelo González Martín

Queridos hermanos:

Conviene hoy citar un pasaje de la Carta a los Hebreos: “Acordados de vuestros guías, que os anunciaron la Palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre” (Heb 13, 7-8). Don Marcelo no fue un guía, fue un obispo de Astorga, de Barcelona y de Toledo. Pero los guías a los que el autor de la Carta alude son probablemente quienes vieron en Cristo a Aquél que había cumplido Las Escrituras y así lo predicaron a sus compatriotas, hijos de Israel, en las décadas anteriores al año 70 a.C. Tal vez alguno era sacerdote, de los hijos de Leví o descendiente de Aarón. Fueron testigos valientes. Audaz fue también don Marcelo, sin duda en otras circunstancias históricas. Hoy celebramos su vida y su muerte: lo celebramos con acción de gracias al Señor, pues su pastoreo significó mucho para esta Iglesia de Toledo, para la Iglesia en España; lo celebramos también teniendo en cuenta su muerte, ofreciendo esta Eucaristía por él.

  1. Marcelo está en la línea de tantos arzobispos toledanos, que todos conocéis en la larga historia de esta Archidiócesis. De uno de sus antecesores, también mío lógicamente, quiero hacer un subrayado especial: el Cardenal de España, Francisco Jiménez de Cisneros, cuyo 5º centenario de su muerte estamos celebrando desde el 8 de noviembre 2017. Las épocas no se intercambian, pero el arzobispo que nació en Villanubla (Valladolid) comparte con Cisneros el sentido de responsabilidad histórica y eclesial en el momento de desempeñar su ministerio episcopal, por las decisiones tomadas en su gobierno. No deseo narrar toda la existencia del Cardenal González Martín. Solo esbozar rasgos de su personalidad de pastor en Toledo, pero sabiendo que es la misma persona que fue sacerdote vallisoletano, obispo de Astorga y arzobispo de Barcelona. Por él damos hoy gracias al Señor y ofrecemos el misterio pascual en sufragio, aunque sé de personas que le tienen como bienaventurado. Pero ese es otro tema. Yo mismo tuve la dicha de conocerle un poco de cerca y horrarme con su cercanía y simpatía. Y conocí el enorme esfuerzo del Cardenal para, con otros muchos, posibilitar que el “viejo rito” hispano-mozárabe cobrara nuevo impulso en esa tradición celebrativa toledana ininterrumpida, para que no fuera solo arqueología litúrgica.

Espigando en el tomo X de las Obras Completas del Cardenal, veo una curiosidad que nos descubre un deseo profundo de don Marcelo. Prologa él una obra titulada, “Jesús, escándalo de los hombres” (P. Braulio Manzano Martín S.J., en 1974). Don Marcelo confiesa que si no hubiera sido un prólogo para un estudio fiel del Evangelio, se hubiera negado a escribirlo, al menos por dos razones. “La segunda, dice él, es más personal, pero más íntima. Se la voy a confesar con humildad, ya que no se lo dije, cuando Ud. me visitó en Barcelona para exponerme su ruego. Toda mi vida de sacerdote, desde los años ya lejanos en que comencé a ejercer mi ministerio, he alimentado dentro de mí el designio de escribir una “Vida de Jesús”. No me retraía del intento el que fuese una Vida más, seguramente poco valiosa y acertada. Yo quería escribir una Vida de Jesús – ¡qué desmesura! -, con atención preferente a eso que llamamos el hombre de hoy. Esto sucedía antes del Concilio Vaticano II. Los trabajos múltiples, en que tantas veces va quedando prendida la vida de un sacerdote, como la lana de las ovejas entre las zarzas, me impidieron realizar mi propósito”.

Pero no le impidieron predicar y hablar mucho de Jesús, de la vida de Jesús, como él mismo reconoce: “Mucho, muchísimo”. Pues de eso damos también gracias al Señor, pues podemos gozar con sus homilías y otros escritos siempre en buena dicción castellana, cuando hoy las leemos. Hablar de Jesucristo, y hablar de la Iglesia, Madre, Esposa, que anuncia a Jesucristo como Salvador, que da sentido a las vidas de las personas. ¿Y no escribió él del Seminario y el Sacerdocio? Bueno, no quisiera estar con ustedes hasta bien entrada la noche comentando en esta celebración obras, homilías, artículos sobre estos dos temas, como si se tratara de uno solo. Pero debo hablar algo del Seminario y de su pasión y cuidado por él como ámbito e institución necesaria para formar los sacerdotes que necesitaba la Iglesia de Toledo…. Y de otras muchas partes, en las que hoy hay obispos y, sobre todo, sacerdotes formados en este Seminario Diocesano. Este es otro motivo principalísimo que explica esta celebración hoy de la Eucaristía pidiendo por don Marcelo.

He conocido algo de la historia de los Seminarios de España de la segunda mitad del siglo XX, pues en el de Madrid viví formándome desde 1960 a 1972, el año que don Marcelo tomó posesión de Toledo. Desde 1967-68 hasta los años 80, la crisis fue honda, en momentos dramáticos. Por eso, decir en 1973: “El porvenir religioso de una diócesis depende en gran parte del seminario diocesano”, se puede considerar un atrevimiento y más cuando para el Cardenal hablar del Seminario es aludir al sacerdocio de Cristo perpetuado en los hombres elegidos por Dios y facultados para trasmitir a la humanidad la redención salvífica. Según su pensamiento, el Seminario es una realidad –institución, lugar, tiempo, método, todo a la vez- que la Iglesia utiliza para que siga habiendo sacerdotes”. Es decir, que de un modo u otro tendrá que existir siempre el Seminario, si queremos que haya sacerdotes, porque éstos no nacen ni se improvisan; se han de preparar debidamente. “Luego tendremos que formarlos como la Iglesia quiere y dispone”. Es la consecuencia lógica.

Este es el origen de la abundancia de sacerdotes en Toledo desde años 70, si pensamos cuantos han faltado en tantas diócesis por crisis de vocaciones. Nunca hay abundancia de sacerdotes; pero ciertamente es bueno que existan esas condiciones de vida cristiana buena en parroquias y grupos cristianos que permitan al Seminario desplegar su capacidad formativa con adolescentes y jóvenes seminaristas. También con vocaciones tardías. Tampoco faltaron en tiempo de D. Marcelo, pero no sin un enorme esfuerzo y mucha generosidad. Quiera Dios que sigan existiendo en el momento actual, gracia que pido para otros seminarios en España. Como una buena ambientación vocacional en parroquias y grupos cristianos.

“No hay mayor alegría para el pastor de una diócesis que contemplar el continuo florecer y madurar de las vocaciones sacerdotales bajo la siembra de su palabra y con la generosa colaboración del Presbiterio diocesano”. Son palabras del Cardenal en 1991. Para él, ningún hecho religioso, signo sagrado, institución o agente evangelizador proclama con tanta fuerza como el sacerdote la acción redentora de Cristo entre los hombres y mujeres. No va esta apreciación en contra de la misión que en la Iglesia tienen fieles laicos y consagrados, unidos como están por la comunión eclesial y la corresponsabilidad. El papel importante de los presbíteros en el Pueblo de Dios les viene, además, no por su capacidad personal exclusivamente, sino por la fuerza sacramental de su ministerio.

El Seminario no inventa los sacerdotes, sino que los configura según el modelo de Cristo y de su Iglesia. La actuación ministerial del sacerdote exige, por ello, una formación adecuada, que comienza en la etapa imprescindible del Seminario y se prolonga a lo largo de una vida de continua renovación en la entrega y la respuesta a Cristo Sacerdote. Eso supone en la voluntad de don Marcelo: cultura eclesiástica y profana en grado suficiente, santidad de vida, aceptación gozosa de sacrificios y renuncias por amor a Cristo y mejor servicio a los hombres, obediencia a la Iglesia cuando nos pide fe ardiente, oración y contemplación del misterio de Dios revelado, firmeza frente a las tentaciones del mundo, caridad con todos, fidelidad a las promesas libremente hechas.

Una vida tan densa como la de don Marcelo aquí sólo hemos podido esbozarla. Basta con este esbozo, porque él nos regañaría, al hacer en la Eucaristía de sufragio por él un panegírico. Sí, es cierto; por ello os invito, hermanos, a vivir esta celebración con el gozo del Misterio Pascual, orando por él; pidiendo que goce de la dulzura de la maternidad de la Virgen, a la que amó entrañablemente. Y que, si ya goza del abrazo infinito de Dios, no se olvide de nosotros, y nos consiga ser discípulos y maestros, dignos hijos de la Iglesia. Así sea.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España                                                                          

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