Santa Sede

Celebración del Santísimo Nombre de Jesús en la iglesia del Gesú de Roma

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Celebración del Santísimo Nombre de Jesús en la iglesia del Gesú de Roma

 Papa Francisco: la fuerza de la Iglesia se esconde en las aguas profundas de Dios

El Papa Francisco ha celebrado esta mañana la Santa Misa de la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús en la iglesia del Gesù, en acción de gracias por el nuevo santo jesuita Pierre Favre. Con el Papa concelebraron el cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos; el cardenal Agostino Vallini, vicario general de Su Santidad para la diócesis de Roma, los obispos Luis Francisco Ladaria Ferrer, S.I., secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Yves Boivineau, de Annecy (Francia), en cuya diócesis nació Favre y el vicario general, Alain Fournier-Bidoz; el Preposito General, P. Adolfo Nicolás, S. I., y siete jóvenes sacerdotes jesuitas.

Canonizado por el Papa Francisco el pasado 17 de diciembre, Pierre Favre fue el primer compañero de san Ignacio de Loyola -por esto se le llama «el segundo jesuíta»-, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús y el primer sacerdote de la misma. Las tumbas de san Ignacio y de san Pierre Favre están en la iglesia del Gesú, en Roma.

El Papa Francisco dedicó su homilía al nuevo santo y dijo que era un hombre «inquieto» y «de grandes deseos»: «Hay que buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo una y otra vez. Sólo esta inquietud da paz al corazón de un jesuita, una inquietud también apostólica, no nos tiene que cansar el anunciar el kerigma, el evangelizar con valentía. Es la inquietud que nos prepara para recibir el don de la fecundidad apostólica. Sin inquietud somos estériles”.

«Es esta –dijo el pontífice- la inquietud que tenía Pierre Favre, hombre de grandes deseos, otro Daniel. Favre era un “hombre modesto, sensible, de profunda vida interior y dotado con el don de hacer amigos con personas de todo tipo». Sin embargo, también era un espíritu inquieto, indeciso, nunca satisfecho. Bajo la dirección de San Ignacio aprendió a combinar su sensibilidad inquieta pero dulce, diría esquisita, con la capacidad de tomar decisiones. Era un hombre de grandes deseos; se hizo cargo de sus deseos, los reconoció. De hecho, para Favre, precisamente cuando se proponen cosas difíciles es cuando se manifiesta el verdadero espíritu que mueve a la acción”.

“Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. Es esta la pregunta que debemos hacernos: ¿tenemos esas grandes visiones y el impulso? ¿Somos audaces? ¿Nuestro sueño vuela alto? ¿El celo nos devora? ¿O somos mediocres y nos contentamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio? Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no está en sí misma y en su capacidad de organizar, sino que se esconde en las aguas profundas de Dios. Y estas aguas agitan nuestros deseos y los deseos expanden el corazón. Es lo que dice San Agustín: rezar para desear y desear para agrandar el corazón. Precisamente, en los deseos Favre podía discernir la voz de Dios. Sin deseos no se va a ninguna parte y es por eso que se tiene que ofrecer los propios deseos al Señor. En las Constituciones se dice que «se ayuda a al prójimo con los deseos que se presentan a Dios nuestro Señor”.

“Favre -afirmó el Papa Francisco- tenía el verdadero y profundo deseo de “dilatarse en Dios”: estaba totalmente centrado en Dios, y por esto podía caminar, en espíritu de obediencia, a menudo a pie, por toda Europa, para dialogar con todos con dulzura y para anunciar el Evangelio. Me hace pensar en la tentación, que tal vez podamos tener nosotros y que muchos tienen, de anunciar el Evangelio con bastonazos inquisidores, con condenas. No, el Evangelio se anuncia con dulzura, con fraternidad, y con amor. Su familiaridad con Dios lo llevó a comprender que la experiencia interior y la vida apostólica van siempre de la mano. Escribió en su memorial que el primer movimiento del corazón debe ser el de “desear lo que es esencial y original, es decir, que el primer lugar se deje a la solicitud perfecta de encontrar a Dios nuestro Señor”. Favre siente el deseo de “dejar que Cristo ocupe el centro del corazón”. ¡Sólo si estás centrado en Dios es posible ir hacia las periferias del mundo! Y Favre ha viajado incansablemente, incluso en las fronteras geográficas que se decía de él: “parece que ha nacido para no estar quieto en ningún lugar”. Favre fue devorado por el intenso deseo de comunicar el Señor. Si nosotros no tenemos su mismo deseo, entonces necesitamos detenernos en oración y, con fervor silencioso, pedir al Señor, por intercesión de nuestro hermano Pierre, que vuelva a seducirnos: con ese hechizo del Señor que llevaba a Pierre a todas estas “locuras” apostólicas”, concluyó el Papa Francisco.

Ciudad del Vaticano, 3 enero 2014 (VIS).-

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