Opinión

Católicos y científicos: Juan Marcilla Arrazola, por Alfonso V. Carrascosa

El madrileño Juan Marcilla Arrazola ( 1886-1950) fue un ingeniero agrónomo catedrático de universidad y científico que se dedicó, en perfecta compatibilidad con su fe católica, a la investigación y el desarrollo de la enología española. En base a su historial tal vez pueda ser considerado el ingeniero agrónomo español más importante del siglo XX, y compaginó su catolicidad con la actividad científica y las aplicaciones de la ciencia a favor de su querida patria, España.

Número uno de su promoción, completó su formación en el extranjero especializándose en viticultura y enología.  Ejerció la profesión en la Estación Ampelográfica Central de Madrid, escribiendo obras como ‘Vinificación en países cálidos’ y ‘Química, viticultura y enología’ , ambas publicadas en 1922, y en las que se incluían sus ya entonces abundantes conocimientos sobre microbiología enológica.

En 1924 ganó por concurso-oposición la Cátedra de Viticultura y Enología de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de Madrid. Por iniciativa suya se crearía en 1928 la Cátedra de Microbiología Agrícola, que resultaba ser la tercera a nivel nacional dedicada a esa disciplina y la primera que abordaba la microbiología de productos vegetales, y de la cual fue catedrático hasta su muerte. Promovió la formación de cooperativas vitivinícolas, la construcción de modernas bodegas (Cintruénigo, Peñafiel, La Seca, Arganda, Alcázar de San Juan, Santa María de los Llanos, Aranda de Duero…) y la impartición de un sinfín de cursillos de capacitación agraria en los que cobró una importancia creciente la transmisión de conocimientos en microbiología enológica. En parte por su actividad de capacitación, en parte por su esfuerzo y apoyo a la reinjertación del viñedo filoxerado, en parte también por sus profundas convicciones católicas, fue considerado un auténtico apóstol en la profesión.

Su actividad científica en la microbiología de los vinos generosos de Andalucía Occidental, centrando su atención en el estudio de las denominadas levaduras de flor, lo que le llevó a ser director fundador en 1933 del Centro de Investigaciones Vinícolas creado por la Fundación Nacional para Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas (FENICER), organismo ligado a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE).

Los lamentables sucesos de 1936 afectarían no poco esta trayectoria, siendo depurado por el Frente Popular y apresado en la Checa de Fomento de donde le libró a él junto con dos de sus hermanas un guardia de asalto que había sido alumno suyo como capataz de bodega. Pasaría la Guerra Civil albergando en su casa al Santísimo y a católicos como el S.J. Padre Larequi,  Sor Angela Diaz del Sagrado Corazón de Jesús. En 1939 le vino el reconocimiento internacional siendo nombrado Vicepresidente de la ‘Office International du Vin’, actual OIV, máxima autoridad internacional sobre cuestiones vitivinícolas que más tarde premiaría su obra magna ‘Tratado práctico de viticultura y enología españolas’. Después contribuiría a la fundación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) siendo uno de sus primeros vicepresidentes y segundo director del Instituto Santiago Ramón y Cajal de Investigaciones Biológicas, que ahora en 2020 celebra su centenario. Juan Marcilla enviudó el 22 de enero de 1943, con 50 años y 11 hijos bajo su cargo. Poco después, y en continuidad con su papel institucionalizador de la microbiología científica, fue Presidente fundador de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), en 1946, cuya extraordinaria labor continúa en nuestros días. En el CSIC diversificó mucho sus líneas de investigación , abordando el aprovechamiento de residuos agrícolas mediante la fermentación microbiana, aspecto éste en el que fue un auténtico pionero en lo que a biorremediación se refiere, algo tan en boga hoy día para asegurar la sostenibilidad de la actividad industrial. Recibió múltiples condecoraciones, entre las que cabe destacar la Cruz al Mérito Agrícola y la Cruz de Alfonso X El Sabio.

En 1945 tomo posesión como académico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Al empezar su discurso decía: ‘Escasos méritos, ciertamente, y aun más si se considera que mi vocación halló apoyo al encontrar temas de aplicación a mis actividades profesionales, satisfacción en la acuciante aspiración de buscar la verdad, en la medida en que es posible a los humanos, y confirmación diaria de mi fe, al proporcionarme ocasión de meditar en la complejidad de la vida de los más pequeños seres vivos, en la que se refleja el orden y la grandiosidad de la obra divina con evidencia sólo comparable a la que nos ofrece la inmensidad de los espacios estelares”. Hablando de la producción de ácido cítrico en España, tema al que dedicó importantes esfuerzos científicos, dijo : ‘…puede llegar a ser exportadora del importante producto que nos ocupa, derivado, por fermentación, de los azúcares, sintetizados a su vez gracias a la energía fotoquímica que Dios nos concedió superabundante bajo los cielos españoles’.

En la ‘Contestación del Excmo. Sr. D. José Mª Albareda y Herrera’ – secretario general fundador del CSIC- al discurso de toma de posesión de Marcilla, señaló sobre éste cuestiones como las siguientes: ‘El cristianismo profundo de Marcilla produce esa sencillez que está en lo íntimo de su personalidad, y no ya sólo como una consecuencia virtuosa de la modestia, sino además como posición de una inteligencia religiosa abierta, que no concibe que la marcha del mundo vaya a pender del descubrimiento de una modalidad fermentativa, de una nueva representación del mecanismo atómico, o de cualquiera de esas obras culminantes del entendimiento, esfuerzo prócer de la razón humana, cuyo feliz resultado es como el parpadeo estelar en la inmensidad celeste’.

Preparándose para asistir en Rio de Janeiro al V Congreso Internacional de Microbiología, al que llevaba el estudio “Contribución al estudio del metabolismo carbonado de las levaduras multiplicadas en anaerobiosis sobre prehidrolizados de residuos agrícolas”, escrito por él mismo, L. Hidalgo y J. Garrido, falleció en Madrid el l 6 de agosto de 1950.

No menos detallada sería la descripción de su figura en lo que a conciliación ciencia y fe se merece al afirmar de él P. Guillem O.F.M.:

“Y don Juan Marcilla Poseía una ciencia grande y vastísima. Pero lo verdaderamente grande del hombre no es precisamente su saber, sino su obrar. Y el obrar excelso, sabio y constante sólo de una fuerte convicción religiosa puede dimanar. Galicia vió con emoción en don Juan Marcilla al auténtico sabio cristiano. Al sabio que desvela los misterios de la naturaleza en busca de la verdad científica, para mediante ella mejor conocer la Verdad eterna y mejor servirla. Para don Juan Marcilla Dios y su Santa Ley eran la norma suprema de su creer y de su obrar. La fe divina sobre la humana. Antes Dios que los hombres. Y en alas de la fe católica volaba él en vuelo desplegado a las cimas del saber más extenso y más profundo…Porque el otro grande amor de este hombre extraordinario era el amor a la patria. “Buscadme un hombre sólidamente religioso –escribió Donoso Cortés- que no sea buen patriota…no lo hallaréis”…Así pensaba, y según este pensar, obraba. ¿Quién no sabe que don Juan Marcilla era un hombre de comunión diaria? Así le premiaba Dios su fe, su amor y su trabajo. Así le premiaban también los hombres… Pero el sabio, sin despreciar las recompensas de los hombres – y agradeciéndolas, tanto que para él constituían un motivo más de correspondencia y de trabajo, algunas veces agobiador-, aspiraba a las eternas”.

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