Opinión

Católicos y científicos: Juan Eusebio de Niremberg y Ottin

El madrileño Juan Eusebio de Niremberg y Ottin (1595-1658) fue un importante humanista, físico y biógrafo del Renacimiento español, esa etapa sin la que según el científico Julio Rey Pastor no se explica la denominada Revolución Científica que ocurriría con posterioridad. Como la ciencia y la fe son compatibles, digan lo que digan los materialistas, laicistas, progres, etc., pues añadir que Niremberg fue además teólogo, asceta y miembro de la Compañía de Jesús. Todo ello cursando religión católica en la escuela sin parar, claro, esa que dicen los progres que es malísima para los niños y que les atonta…

Su biógrafo, discípulo y sucesor en el Colegio Imperial, universidad madrileña de los Jesuitas, Alonso de Andrade, describió así su experiencia:

Imprimiole Dios, como él confiesa en los apuntamientos que hizo de las mercedes que recibió de su mano, tres conocimientos en esta ocasión. El primero fue de la fealdad y gravedad del pecado…. El segundo del conocimiento propio de su miseria y vileza. El tercero fue de la intimiidad de Dios, su grandeza, en la que se anega sin hallar pie, ni fondo, ni medida a su inmensidad…

Hijo de alemanes pertenecientes al séquito de doña María de Austria, estudió el latín y las humanidades en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, pasando después a la Universidad de Alcalá, donde estudió artes, y a la de Salamanca –ambas fundadas por la Iglesia Católica- donde estudió cánones y leyes; y donde el 2 de abril de 1614 ingresó en la Compañía de Jesús, con fuerte oposición familiar incluída. Se ordenó presbítero católico en Alcalá en 1623, tras completar sus estudios eclesiásticos.

Después de esta fecha residió en Madrid donde fue profesor de gramática y Sagrada Escritura en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, del que también fue Catedrático de Ciencias Naturales, confesor y prefecto, actividades que compaginó con una infatigable vida pastoral, visitando cárceles y hospitales y dando siempre testimonio de su altísima espiritualidad, rasgo éste el más característico de su personalidad.

Menéndez Pelayo lo tuvo claro con él desde el principio: «Uno de los cinco o seis grandes prosistas de nuestro siglo XVII» (Historia ideas. Vol. I, p. 582, 583). Dejó más de setenta obras, dedicadas a una variada gama de temas, desde la ascética, en la que llegó a ser considerado uno de los autores más destacados de su tiempo, a las ciencias naturales

En el grupo de obras escritas desde su cátedra de historia natural en el Colegio Imperial tales como ‘Curiosa filosofía’, ‘Tesoro de maravillas de la naturaleza’, y su continuación ‘Oculta filosofía’, en las que habla sobre el reino mineral, vegetal y animal. También las tiene dedicadas a la astronomía, como ‘Filosofía renovada de los cielos’, en la que expone la teoría de Tycho Brahe a la que se adhiere, y comenta los descubrimientos de Galileo sobre la superficie lunar, las manchas solares, las fases de Venus, etcétera. Destaca entre todas su ‘Historia natural maxime peregrinae’, en cuya preparación se sirvió del trabajo del famoso naturalista Francisco Hernández.

Toda su producción tuvo su clara inspiración en  San Ignacio de Loyola, con su libro de los ‘Ejercicios’, también en el estoicismo, principalmente senequista, recibido a través de los Santos Padres, y finalmente en Platón y el neo platonismo cristiano.

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