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Opinión

Católicos y científicos: Juan de Arfe, por Alfonso V. Carrascosa, científico del CSIC

Católicos y científicos: Juan de Arfe, por Alfonso V. Carrascosa, científico del CSIC

En nuestra particular celebración del Año Internacional de la Cristalografía 2014 –que sigue el magnífico estudio histórico de Martínez Ripoll (An. Quim. 2010, 106, 319-329)- y después de haber presentado a san Isidoro y Alfonso X El Sabio como recopiladores, traductores y transmisores del saber clásico, les ha llegado el turno a los orfebres, que acumularon conocimiento sobre la naturaleza y propiedades de las joyas, cristales al fin y al cabo. Juan de Arfe (1535-1603) fue uno de ellos.

Se encuadra en una época y ambiente absolutamente de cristiandad. Casi toda su actividad se desarrolla en estrecho contacto con las autoridades eclesiásticas que, de existir la más mínima desviación en su piedad, le habrían relegado. Su actividad fue polifacética: arquitecto, escultor de oro y plata, experto en metales y en piedras preciosas, dibujante y grabador…

En su obra “Quilatador de la Plata, Oro, y Piedras” (1572), concretamente en su quinto libro, habla del valor y conocimiento de las piedras preciosas, y perlas, y parte de sus virtudes. Sus trabajos están considerados la cumbre de la orfebrería española. Dedicó gran empeño a elaborar custodias catedralicias (Ávila, Burgos, Sevilla) siguiendo cánones eclesiásticos de la época. Acabó haciendo encargos para Felipe II y Felipe III. Se dice que ayudó a Pompeo Leoni en los grupos orantes de Carlos I y Felipe II del monasterio del Escorial.

Se consideraba a sí mismo como artista, no como orfebre, debido a que su actividad, decía, era mezcla de estética y conocimientos científicos, y no meramente la ejecución técnica de habilidades manuales. Un arquitecto y escultor de plata y oro, que contaba entre sus amistades con los humanistas y canónigos más cultos de la época, lo que denota una alta actividad intelectual, parte de la cual llegó a plasmarse en sus obras escritas. Algunas de sus obras religiosas fueron robadas –como otras tantísimas en España- por el insigne Napoleón.



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